POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Se dice que en las tardes, en el Cielo, los ángeles se reúnen para escuchar a Mozart, y eso a pesar de que fue Masón, porque los espíritus ascendidos sobrevuelan alto sobre la mediocridad religiosa. La música de Mozart, verdaderamente es celestial.
Está fehacientemente comprobada la filiación masónica de Mozart, con convicción ilustrada, con ese espíritu del siglo XVIII que creía que el ser humano podía mejorar a fuerza de razón, ética y fraternidad.
Cuando se habla de su “Misa Masónica”, en realidad se alude a obras que no pertenecen a la liturgia católica tradicional, sino a la atmósfera simbólica de la Masonería: música ceremonial, compuesta para reuniones o celebraciones de logias.
Entre las más famosas está la “Maurerische Trauermusik” (Música fúnebre masónica, K. 477), escrita para honrar a hermanos masones fallecidos. Ahí Mozart abandona la alegría operística y entra en un tono solemne, casi de piedra tallada: es un réquiem sin iglesia, un duelo sin crucifijo.
También está la “Cantata masónica” (K. 623), compuesta hacia el final de su vida, donde aparece esa idea tan masónica de la luz como conocimiento: la razón iluminando la oscuridad.
Lo fascinante es que Mozart, incluso cuando escribe para la Masonería, no hace propaganda: hace arte. No compone para convencer: compone para elevar. Y en ese gesto, la música se vuelve el templo.
En síntesis: la Misa Masónica es una ceremonia sonora, una liturgia de la Ilustración y una fe puesta en la fraternidad humana y en la luz del pensamiento.
Y como siempre con Mozart: incluso cuando parece escribir para un rito secreto… termina escribiendo para la eternidad.
