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Se trata de un ballet breve y alegórico compuesto por Amilcare Ponchielli e integrado como intermedio del acto III de la ópera La Gioconda (1876). Aunque nació como pieza operística, se volvió célebre y autónoma por su potencia musical y visual.
El ballet representa el paso del tiempo a lo largo del día, personificado mediante grupos de bailarinas que encarnan distintas horas:
La mañana: movimiento suave y luminoso, símbolo del despertar.
El mediodía: ritmo más firme y expansivo, asociado a la plenitud.
La tarde: tono elegante y melancólico, insinuando el declive.
La noche: danza más misteriosa y envolvente, cerrando el ciclo.
No hay argumento narrativo en sentido dramático: no hay conflicto ni personajes, sino una alegoría coreográfica del tiempo, ordenada, circular e inevitable. Todo culmina en un final conjunto, donde las horas se reúnen, subrayando la idea de continuidad y repetición eterna.
En este ballet, Ponchielli combina: Claridad melódica, Ritmos marcados y una orquestación brillante y teatral
Eso explica que la obra haya trascendido la ópera y se haya vuelto una de las piezas de ballet más reconocibles del repertorio clásico, incluso popularizada en versiones satíricas y animadas (famosamente, Fantasia de Disney).
“La danza de las horas” no cuenta una historia; ordena el tiempo, lo viste de música y lo hace bailar. –
© – Ernesto Bisceglia
