REDACCIÓN – www.ernestobisceglia.com.ar
Se cuenta que durante la guerra civil española un pueblito de Aragón llamado Beltiche, fue tomado por los Nacionales.
Unos padres mandaron a su hija Ángeles a avisarle a sus tíos, pero cuando llegó ya los habían fusilado.
La niña volvió a su casa y se encontró con que sus padres también habían sido asesinados. Viéndose sola, Ángeles corrió y caminó junto a los rieles del tren hasta llegar a Barcelona.
Años más tarde, un 27 de diciembre tuvo un hijo… Joan Manuel Serrat.
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Joan Manuel Serrat nació en Barcelona en 1943, hijo de padre catalán y madre aragonesa. Esa doble pertenencia —lengua, memoria, identidad— marcaría toda su obra. Irrumpió en los años sesenta como una de las figuras centrales de la Nova Cançó Catalana, movimiento que defendía el catalán como lengua cultural en plena dictadura franquista. Pero Serrat no se quedó en la trinchera identitaria: dio el salto al castellano y se convirtió en un puente raro y valioso entre pueblos, generaciones y tradiciones.

Musicalizó a los grandes poetas españoles —Antonio Machado, Miguel Hernández, Rafael Alberti, León Felipe— cuando la poesía parecía un lujo inútil, y la devolvió a la calle, al bar, a la radio y a la sobremesa. Durante el franquismo fue censurado y se exilió tras negarse a representar a España en Eurovisión si no podía cantar en catalán. Nunca fue un revolucionario de consigna, pero sí un humanista obstinado, incómodo para el poder y demasiado libre para encasillarlo.
Serrat cantó al amor, al paso del tiempo, a la infancia, a la derrota, a la vejez y a la memoria sin solemnidad impostada. Se retiró de los escenarios en 2022, dejando una obra que no envejece porque habla de lo que no pasa.
A continuación, proponemos dos temas, tal vez los más emblemáticos de su carrera: