Un Cacho de Cultura: El Requiem de Mozart, el misterio de un encargo anónimo

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

Todos tenemos siempre un autor preferido, de lo que sea; en el caso personal, Wolfgang Amadeus Mozart, ha sido desde la adolescencia un personaje intrigante. El primer libro de biografías que supe comprar, allá por los 17 años, fue precisamente una biografía de Mozart.

Porque Mozart lo tiene todo: es sublime, complejo, misterioso, masón, pero sobre todo, profundamente libre. Creo, que una caricatura de Mozart, supo plasmarla Milos Forman, en aquel célebre film, “Amadeus”

De toda su obra, el Requiem, tal vez, resume todo lo antes dicho, incluso el misterio de su encargo.

Cuenta la historia que, en 1791, un emisario vestido de gris -casi una figura salida de un libreto operístico- se presentó ante Mozart con un pedido singular: componer una misa de difuntos. No reveló el nombre del comitente. Pagó un adelanto. Exigió discreción.

Ese “fantasma” era en realidad el conde Franz von Walsegg, quien acostumbraba encargar obras para luego firmarlas como propias en memoria de su esposa fallecida. Nada sobrenatural, pero sí suficientemente ambiguo como para alimentar la imaginación.

Mozart, ya debilitado de salud, comenzó la obra mientras trabajaba simultáneamente en La Flauta Mágica y en La Clemenza di Tito. La presión económica y el desgaste físico eran reales.

La premonición y el comienzo del mito

Según testimonios posteriores -especialmente el de su viuda, Constanze Mozart-, Mozart llegó a creer que estaba escribiendo su propia misa de difuntos. Decía sentirse “envenenado”. Hablaba del encargo como si fuera un presagio.

¿Paranoia inducida por la enfermedad? ¿Romanticismo retrospectivo de quienes contaron la historia? ¿Construcción literaria posterior?

Lo cierto es que Mozart murió el 5 de diciembre de 1791, dejando el Réquiem inconcluso.

Sólo el Introitus y el Kyrie quedaron completamente orquestados por él. El resto fue terminado por su alumno Franz Xaver Süssmayr, quien completó varias secciones basándose en bocetos y en indicaciones previas.

El resultado es un híbrido: parte genio absoluto, parte reconstrucción fiel, parte interpretación.

Y tal vez allí reside otra capa del misterio: el Réquiem es una obra que pertenece a Mozart y no le pertenece del todo.

El clima musical: ¿esotérico?

Más que esotérico, el Réquiem tiene algo de apocalíptico contenido. El Dies Irae irrumpe con una violencia casi teatral. El Confutatis contrapone voces infernales y súplicas luminosas. El Lacrimosa, cuya escritura se interrumpe abruptamente tras ocho compases de Mozart, parece detenerse exactamente en el borde de la vida.

No hay ocultismo doctrinal. No hay claves secretas ni sociedades secretas activando símbolos crípticos. Lo que hay es algo más poderoso: la coincidencia entre una obra sobre la muerte y la muerte real de su autor.

El Romanticismo posterior -siempre ávido de genios trágicos- hizo el resto. –

© Ernesto Bisceglia