POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Tiempos propicios para leer o releer “El Quijote de la Mancha”, de Miguel de Cervantes Saavedra, que fuera el primer libro en versión cuento con dibujos que me regalaran antes de cumplir la primera década. Cuando Cervantes concibió esta obra cumbre no fue durante su convalecencia -como suele enseñarse- luego de las heridas sufridas en la Batalla de Lepanto, sino durante su prisión en Sevilla, aproximadamente entre 1597 y 1603.
Era un tiempo convulsionado de aquella España del Renacimiento tardío; un momento tan confuso como el que vivimos actualmente, de donde -repito- vale volver sobre su lectura y sus frases mordaces que funcionan como espejos deformantes de la realidad.
La más célebre de esas frases, más parecida a un título metafísico: “La razón de la sinrazón que a mi i razón se hace» se puede interpretar como una contradicción que revela la locura del personaje. Hoy, esa frase mantiene una vigencia marmórea que explica a los hombres que, en nombre de la cordura, se pueden cometer las más delicadas locuras.
Obviamente, en estado de enamoramiento, como Alonso Quijano con Dulcinea, el hombre pierde todo equilibrio y razón, precisamente.
Porque, seamos sinceros, toda sociedad necesita sus quijotes: esos sujetos que, perseguidos por una lógica ajena, terminan creyendo que la desmesura es el único modo decente de vivir. La sinrazón, vista desde cierta distancia, suele ser el último refugio de la dignidad.
El mundo moderno —este que nos llena de gestores, consultores, expertos y opinólogos seriales— no tolera demasiado la épica íntima del desobediente. Pero ahí está Cervantes, guiñando un ojo desde el siglo XVII, recordándonos que lo verdaderamente razonable no siempre coincide con lo que la mayoría denomina sensato.
Don Quijote no enloquece por falta de juicio, sino por exceso de imaginación. Y eso, estimado lector, es un pecado imperdonable en tiempos donde pensar distinto se castiga más que equivocarse en masa. Su sinrazón es un acto heroico: la decisión —casi litúrgica— de ver gigantes donde otros ven molinos, de adivinar nobleza donde el resto percibe simpleza, de sospechar belleza aun en los lugares donde reina el polvo.
Así, la célebre frase deja de ser un juego barroco para convertirse en una declaración de principios: a veces, el sentido profundo de la vida sólo aparece cuando uno se atreve a razonar contra lo razonable. O, dicho a la manera cervantina: que la sinrazón también tiene su lógica, y que su lógica, como todas las cosas verdaderas, es asunto del corazón y no de los manuales.
En tiempos tan inclinados a la obediencia estética y moral, Don Quijote nos recuerda la necesidad de defender un territorio mínimo pero sagrado: el derecho a la propia extravagancia. Si la cordura colectiva se vuelve insoportable, siempre queda el recurso noble de cabalgar hacia la aventura, aunque sea con armadura herrumbrada y caballo flaco.
Porque, al fin y al cabo, la razón de la sinrazón es lo único que nos salva del aburrimiento universal.