POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
La conquista de América tiene un capítulo especial, digno de ser estudiado con mayor detenimiento, en la misión evangelizadora de los hombres de la Compañía de Jesús. Como algún conquistador dejó escrito: “Bastarían unos cuantos jesuitas con sus instrumentos para conquistar todas estas tierras”. Y no era exageración retórica. Los jesuitas realizaron una tarea civilizadora extraordinaria, haciendo de las reducciones verdaderos estados dentro del Estado virreinal, donde se enseñaba a leer, a trabajar la tierra, a organizar la vida comunitaria y, sobre todo, a hacer música.
El celo que despertó esa experiencia —demasiado autónoma, demasiado humana, demasiado eficaz— llevó a Carlos III a expulsarlos de América “por razones que conservo en mi real ánimo”. Con esa decisión se desarticularon pueblos enteros y se frustró un modelo de desarrollo social que bien podría haber cambiado la historia del continente.
Este capítulo quedó plasmado de manera magistral en la película La Misión (1986), donde la figura del padre Gabriel encarna esa forma singular de evangelizar: no con la espada ni con el grito, sino con un oboe. En la banda sonora compuesta por el genio de Ennio Morricone, El Oboe de Gabriel se vuelve algo más que una pieza musical: es la voz de una civilización posible.
Ese oboe no es sólo un instrumento. Es un gesto. La música como lenguaje universal, como puente entre culturas, como acto de respeto. Mientras otros imponían, el jesuita tocaba. Mientras otros sometían, la melodía invitaba. Y en ese sonido suave, casi frágil, había más poder que en cualquier ejército.
Tal vez por eso la escena sigue conmoviendo. Porque recuerda que hubo un tiempo —y quizás aún pueda haberlo— en que civilizar no significaba destruir, sino afinar el oído para escuchar al otro.
«El Oboe de Gabriel» con la conducción de Enio Morricone