Un Cacho de Cultura: El hombre que le puso música al paisaje del norte

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

Alguna vez, hace muchos años, ingresé a comprar algún libro en esas librerías de la calle Corrientes, en Buenos Aires. El vendedor, al notar mi tonada del norte, me pregunta de dónde era y respondo que de Salta. El hombre enfatiza el tono diciendo: – ¡Ah, Salta! ¡Tierra de poetas! Y agrega: ¿Sabe? El otro día venía en el colectivo y vi al Cuchi Leguizamón comprando un diario en un quiosco. Hice parar el colectivo y me bajé entre los autos ¡Y pude saludar al Cuchi!

Recordé entonces que nosotros lo veíamos a diario, al mediodía, comiendo unas empanadas en “El Farito”, y lo saludábamos o no. Era uno más.

Pero corresponde decir que hay músicos que escriben canciones. Y hay otros, raros, decisivos, que logran que un territorio suene. En el norte argentino, ese prodigio tiene nombre propio: Gustavo “El Cuchi” Leguizamón.

No fue un folklorista en el sentido cómodo del término. Fue, más bien, un hereje elegante dentro de la tradición. Mientras muchos repetían fórmulas, él las torcía; donde otros buscaban pureza, él encontraba mezcla. En su obra, la zamba deja de ser un molde y se convierte en un idioma vivo, capaz de decir cosas nuevas sin perder acento.

Junto a Manuel J. Castilla -ese poeta cerrillano gigante que parecía escribir con polvo de camino y vino tinto-, el Cuchi armó una de las sociedades más fértiles de la cultura argentina. De ese encuentro nacieron piezas que ya no pertenecen a sus autores, sino al aire mismo del norte: La Pomeña, Balderrama, Zamba del pañuelo. Canciones que no se escuchan: se habitan.

Pero lo verdaderamente singular de Leguizamón no está sólo en lo que compuso, sino en cómo pensaba la música. Pianista formado, con oído abierto al jazz y a la música clásica, introdujo armonías que el folklore no conocía o, mejor dicho, no se atrevía a decir en voz alta. En sus manos, una zamba podía tener la melancolía de un adagio europeo y, al mismo tiempo, el pulso terroso de un bombo legüero.

El resultado fue un pequeño escándalo -como todo lo que vale la pena-. Porque el Cuchi no respetaba los límites: los corría. Y en ese gesto, casi sin proponérselo, modernizó el folklore sin traicionarlo.

Hay una escena, real o imaginada, da lo mismo, que lo define: un piano en una casa salteña, una noche larga, amigos, vino, y el Cuchi tocando como si conversara con el paisaje. No lo describía: lo traducía. Las quebradas, el viento, los cerros, la siesta, la soledad… todo eso que parece silencio, en él encontraba música.

Por eso decir que “compuso canciones” es quedarse corto. El Cuchi Leguizamón hizo algo más difícil: le dio sonido a una geografía. 

Quizá por eso sus obras siguen ahí, intactas, como si el tiempo no pudiera con ellas. Porque no hablan de una época: hablan de un lugar. Y los lugares, cuando están bien dichos, no envejecen.

En el norte, a veces, el viento parece traer una melodía conocida. No es nostalgia.

Es el Cuchi, que todavía anda por ahí, afinando el paisaje. –

© – Ernesto Bisceglia

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Zamba de Balderrama, Gustavo Leguizamón y letra de Manuel J. Castilla.