Un Cacho de Cultura: El día en que los radicales también se afanaron la música de su marcha

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

TODO ES CULTURA, dijimos, y la definición más clásica de cultura lo resume en la frase “Cultura es el hombre que camina”. Pero claro, traído esto a la mentalidad argentina donde suelen hacerse “caminar” muchas cosas, bienes, negocios, parejas, en fin…, vamos a demostrar que la cleptomanía simbólica no sólo es patrimonio de los “muchachos peronistas”.

Porque si los “compañeros” se “caminaron” la música para su Marcha del cancionero de un viejo club de fútbol, los conspicuos correligionarios radicales, también hicieron lo propio para entonar “¡Viva Hipólito Yrigoyen y el partido radical!”.

Es que existe algo profundamente argentino -y, por qué no, entrañablemente humano- en la costumbre de apropiarse de una melodía y jurar, con fervor casi religioso, que siempre nos perteneció.

Si el peronismo supo encontrar su épica en acordes prestados, el radicalismo no se quedó atrás. La llamada “Marcha Radical”, esa que sonaba en los actos frente al comité, hasta que en Salta, un petitero llamado Miguel Nanni, redujo al centenario partido a un salón de fiestas que se alquila, no nació precisamente entre boinas blancas ni discursos encendidos.

Su origen está lejos. Bastante lejos. En la Europa del siglo XIX, donde las marchas no eran partidarias sino militares, y donde los pasos no seguían consignas sino órdenes. De allí viene su pulso, su estructura, su espíritu de avance casi mecánico: una música pensada para mover cuerpos antes que ideas.

Pero claro, la inmigración no sólo nos trajo “lo peor de la Europa”, como rezongaba Sarmiento, lamentándose porque no habían llegado los finos ingleses que él había observado en el Missisipi, sino que trajo además la música de aquellos extranjeros. Y aquí ocurrió la alquimia.

Recordemos que entre 1905 y 1915, se produjo la segunda gran inmigración – unos 300.000 europeos- de los cuales casi el 60% eran italianos. A ellos les debemos nuestra música militar y las marchas más emblemáticas.

De modo que los correligionarios tomaron la marcha “Il bersagliere”, del compositor Edoardo Boccalari, le agregaron letras, le inyectaron una causa y la bautizaron: “¡Adelante radicales!”.

Así, de pronto, esa vieja marcha militar extranjera comenzó a decir “adelante radicales”, como si siempre hubiera estado esperando ese destino. Como si en su pentagrama ya estuviera escrito, en tinta invisible, el nombre de Hipólito Yrigoyen.

Claro, no queda elegante decir “los radicales se afanaron la música para su marcha”; en todo caso diremos que fue “una adopción con entusiasmo cívico”.

Y es natural, porque la política -como la cultura- no crean en el vacío. Toman, adaptan, resignifican. En este caso, hicieron propia una música ajena, tan antigua que nadie recuerda del todo de dónde vino. Y entonces sí: la melodía deja de ser extranjera para convertirse en identidad.

Tal vez por eso estas marchas sobreviven. No por su originalidad, sino por su capacidad de ser creídas.

Al final, la historia argentina tiene algo de gran orquesta improvisada: cada partido entra cuando puede, toca lo que encuentra… y jura, con absoluta convicción, que esa música siempre fue suya.

Quizás la verdadera grieta nunca fue ideológica, sino musical: quién se queda con la melodía… y quién logra que parezca propia. –

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A continuación, la «Adelante Radicales»