POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
TODO ES CULTURA, es una sentencia que nos indica que cultura no sólo es lo clásico, lo épico, sino que en ocasiones aquello que parece más alejado del significado del término, también forma parte de nuestro acervo cultural.
Y nada más cercano a la cultura popular que la “Marcha Peronista”, cuya música -dicen- se la robaron al club de fútbol Barracas Juniors. No ingresaremos en el espinoso terreno de afirmar que esa tendencia a la cleptomanía también forme parte de la cultura popular peronista, pero lo cierto es que está demostrado que la música que tanto emociona a los compañeros, en su origen, no era peronista.
La historia argentina tiene una virtud innegable: incluso en sus momentos más solemnes, siempre hay un detalle menor que desacomoda la épica. Algo así como una mancha de tuco en el traje de gala de la Patria.
En efecto, como decimos, a Marcha Peronista -esa pieza que durante décadas ordenó multitudes, encendió plazas y erizó pieles- no es la excepción. Porque antes de ser himno político, antes de ser doctrina cantada, antes incluso de ser “Los muchachos peronistas”, fue… otra cosa.
Fue barrio. Más precisamente, fue tablón.
La historia nos cuenta que allá por los años treinta, cuando la Argentina todavía discutía su destino en cafés con mozos de chaleco y los domingos se resolvían en la cancha, un bandoneonista llamado Juan Raimundo Streiff había compuesto una melodía pegadiza, con ese aire entre marcial y festivo que tienen las músicas destinadas a ser gritadas más que escuchadas.
La pieza encontró su destino natural en el club Barracas Juniors, donde se la adoptó como marcha. Tenía letra, tenía ritmo y, sobre todo, tenía esa cualidad indispensable para cualquier consagración popular: se podía cantar sin pensar demasiado.
Después vino lo inevitable: la melodía se escapó… digamos.
Pasó por los corsos, se mezcló con la murga, se dejó manosear por el barrio y empezó a circular como circulan las cosas en la Argentina profunda: sin dueño claro y con múltiples usos. Era, en términos modernos, un éxito viral… sin derechos de autor.
Hasta que un día alguien -probablemente un obrero con más intuición política que formación musical- entendió que esa tonada servía para algo más que alentar un equipo de fútbol. Y ahí ocurrió el pequeño milagro argentino: lo que era canto de tribuna se convirtió en consigna.
El resto es historia. O, mejor dicho, es apropiación creativa.
La letra cambió, el destinatario también, y la melodía -esa misma que había sonado entre tablones y bombos de carnaval- terminó convertida en una de las marchas políticas más reconocibles del siglo XX argentino. De Barracas a la Plaza de Mayo. Del offside a la justicia social.
Algunos dirán que fue un robo. Otros, más indulgentes, hablarán de resignificación. En la Argentina, esas dos categorías suelen confundirse con una naturalidad pasmosa.
Lo cierto es que la Marcha Peronista nació donde nacen las cosas que perduran: en el pueblo, en el ruido, en la mezcla. No en un despacho, sino en la calle. No en un conservatorio, sino en el desorden creativo de una sociedad que siempre está inventándose a sí misma.
Y tal vez por eso funciona.
Porque, en el fondo, cada vez que alguien canta “Perón, Perón, qué grande sos”, hay un eco lejano de tribuna, un resto de carnaval, una memoria de barrio que se niega a desaparecer.
Como si la política -aun en sus versiones más solemnes- no pudiera evitar del todo su origen más sincero: el de un coro improvisado, desafinado y feliz.
Después de todo, en este país, hasta las ideologías entran cantando. Y si la melodía ya venía probada en la cancha… mejor todavía.
En definitiva, la única revolución verdaderamente exitosa en la Argentina fue musical: empezó en la tribuna y, sin pedir permiso, terminó en el poder. –
© – Ernesto Bisceglia
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