Un Cacho de Cultura: El día cuando entré al Moulin Rouge y salí en otro siglo

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

Hay ciudades que uno visita. Y hay otras -pocas- que lo visitan a uno. París pertenece, sin discusión, a esta segunda categoría.

Mi paseo parisino preferido fue siempre el barrio de Montmartre, en esa deriva elegante que los franceses llaman flânerie, con ese aire latino, esa bohemia que flota en el ambiente y se exhala desde esas librerías donde pernoctan libros de todas las eras. En fin… Y en eso andaba cuando el azar, ese gran editor de la vida, me empujó hacia el Moulin Rouge. Pararse delante de esas aspas que giran envolviendo el tiempo, produce la misma sensación de fascinación que uno siente cuando contempla la Basílica de San Pedro desde la Piazza.

Indagué precios y partí a cambiarme, porque París puede ser indulgente, pero el Moulin Rouge no perdona lo “casual”. Ya entonces, sólo la entrada más champagne costaba entre €110 y €140. Claro, los precios suben si la fantasía uno la quiere con cena y depende también la ubicación de las mesas. Durante dos horas, uno es abducido por las volutas imaginarias de un tiempo que al menos allí se resiste a fenecer.

Adentro, el tiempo no había pasado. O peor: había decidido quedarse. Rojo, dorado, terciopelo, una penumbra cómplice y mesas donde el champagne cumple una función más moral que alcohólica. París, cuando quiere, sabe ser una puesta en escena de sí misma.

Entonces ocurrió.

Sin previo aviso -como ocurren las cosas importantes-, estalló la música de Jacques Offenbach. Ese ritmo inconfundible, ligero y frenético, que la historia bautizó como el Can-Can pero que en rigor es el Galop infernal de Orfeo en los infiernos.

Y ahí estaban ellas.

No eran bailarinas: eran una provocación organizada. Faldas al vuelo, piernas en alto, risas coreografiadas con precisión quirúrgica. El Can-Can -conviene recordarlo- no nació como postal turística sino como escándalo. Fue, en su tiempo, una insolencia contra la moral burguesa, una carcajada pública en la cara de lo correcto. El escarnio para catolicismo victoriano.

Offenbach lo entendió mejor que nadie: la risa puede ser un arma. Y la frivolidad, una forma elegante de subversión.

Mirando esa escena, uno no puede evitar preguntarse en qué momento la rebeldía se volvió souvenir. Tal vez sea ese el destino inevitable de toda herejía: ser domesticada por el éxito.

Pero aún así, hay algo que resiste. Porque en medio del show, entre turistas que filman y copas que tintinean, hay un instante -breve, casi invisible- en que el Can-Can recupera su esencia. Un segundo en que deja de ser espectáculo y vuelve a ser gesto. Y en ese gesto, ligero, desfachatado, irreverente, hay más libertad que en muchos discursos solemnes.

París, al fin y al cabo, sigue enseñando lo mismo: que la cultura no siempre entra por la cabeza. A veces, como en el Moulin Rouge,  entra por las piernas.

© – Ernesto Bisceglia

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