POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Regresaba hace unos días de Seclantás, nombre que recuerda a los “Seclantas” (sin acento), una etnia indígena vallista, vinculada al mundo diaguita–calchaquí. Agricultores de altura, organizados en ayllus, al modo incaico, que dominaron la cerámica, la agricultura en terrazas y tuvieron una fuerte relación simbólica con el territorio.
Resistieron durante décadas la avanzada española, como lo hicieron otros pueblos diaguitas, hasta ser finalmente sometidos y en gran parte desarraigados tras las guerras calchaquíes del siglo XVII.
En tiempos donde la historia suele reducirse a efemérides vacías, recordar a los Seclantas es recordar que los valles no empezaron con la colonia, y que la cultura andina que todavía respira allí tiene raíces profundas, anteriores al Estado y a cualquier frontera.
En el trayecto de altura anterior a la curva que desemboca en el Parque Nacional “Los Cardones”, de pronto -casi al alcance de la mano-, dos cóndores marcaban círculos a metros de mí. Verlos tan cerca, desplegando su libre vuelo a punto de advertir sus ojos mirándome es un raro privilegio.
No hay palabras para describir aquello, pero sí decir que verlos con ese marco del paisaje eleva la imaginación y nos enseña qué pequeños somos frente a tanta magnificencia. ¡Cómo no enamorarse del Valle Calchaquí!
Vinieron a la memoria inmediatamente los acordes de “El Cóndor pasa”, esa obra -una zarzuela originalmente- compuesta por Daniel Alomía Robles, y que hoy es un himno cultural a los Andes. Su melodía condensa algo que no se aprende en conservatorios: la experiencia de los pueblos que viven en altura, el dolor, la dignidad y la obstinada voluntad de seguir en pie.
El cóndor, ave sagrada de las culturas andinas, no canta desde el encierro ni desde la obediencia. Vuela alto, observa, espera. Hace su nido en las alturas, donde no llega el hombre ni la mediocridad.
Su música no celebra la derrota, sino la persistencia. Por eso “El Cóndor Pasa” ha atravesado generaciones, fronteras y lenguas, hasta convertirse en una voz común de la América genuina.
Escucharla hoy no es un gesto nostálgico. Es recordar que la Libertad no se declama: se defiende.
Y que, aun después de los muros, siempre queda la posibilidad de habitar el Cielo.