REDACCIÓN – www.ernestobisceglia.com.ar
El Bolero de Maurice Ravel -esa maquinaria sonora obsesiva, hipnótica, inevitable- existe gracias a una negativa. O mejor dicho: a un portazo elegante, de esos que la historia del arte sabe transformar en destino.
En 1928, la bailarina Ida Rubinstein le encargó a Ravel la música para un ballet de inspiración española. La idea original no incluía ninguna obra nueva: se trataba de orquestar fragmentos de Iberia, la célebre suite para piano de Isaac Albéniz. Ravel, fascinado por ese universo sonoro, aceptó el desafío.
Pero el proyecto naufragó antes de zarpar. Los herederos de Albéniz negaron el permiso para una nueva orquestación porque ya existía una versión firmada por Enrique Fernández Arbós y el encargo quedó, en apariencia, sin música.
Fue entonces cuando Ravel hizo lo que hacen los grandes: no discutió la negativa; la convirtió en método. En lugar de imitar a Albéniz, decidió inventar una España mental, rítmica, casi mecánica. Una melodía mínima, repetida hasta el agotamiento, sostenida por un crescendo orquestal implacable. Nada de desarrollo temático, nada de modulaciones virtuosas. Solo insistencia.
El Bolero nació así: como un experimento, como un gesto de ironía, casi como una provocación. Ravel llegó a decir que había compuesto “una obra sin música”, una afirmación tan falsa como reveladora. Porque lo que creó fue una de las piezas más reconocibles del siglo XX, una obra que demostró que la repetición —bien administrada— también puede ser belleza.
Paradójicamente, la música que no pudo usar terminó dando origen a la música que nadie pudo olvidar. A veces, la historia del arte avanza no por permiso, sino por prohibición.
Presentamos en este espacio, “El Bolero de Ravel”, interpretado por Jorge Donn.
© – Ernesto Bisceglia
