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En la escena final de Tosca, la tragedia ya ha ocurrido, pero aún no ha terminado. Como en las grandes obras del destino —las que parecen escritas por una divinidad caprichosa— el último gesto humano llega demasiado tarde.
La soprano Floria Tosca, esa criatura de amor y de celos, ha creído vencer al monstruo. Ha hundido el cuchillo en el pecho de Baron Scarpia, el jefe de policía que encarna el poder brutal, la lujuria y la tiranía. En ese instante cree haber salvado a su amante, el pintor Mario Cavaradossi. Cree que el fusilamiento al amanecer será apenas una farsa acordada con el verdugo muerto.
Pero en la ópera —como en la política y en la historia— los tiranos dejan trampas incluso después de muertos.
Cuando llega el amanecer en el Castel Sant’Angelo, el pelotón dispara. No hay balas de fogueo. Cavaradossi cae. Tosca, que hasta ese instante vive sostenida por una esperanza obstinada, corre hacia él y lo besa. Es el beso de la incredulidad, del amor desesperado, del instante en que la verdad irrumpe como un rayo: no estaba fingiendo. Está muerto.
Ese beso —uno de los más trágicos de la historia del arte— es también un gesto de revelación. Tosca comprende que ha sido engañada incluso en su victoria. Ha matado al verdugo, pero el poder del verdugo sobrevivió a su cuerpo.
Entonces ocurre el último acto de dignidad. Rodeada por los guardias que llegan para arrestarla, Tosca mira hacia el vacío y se arroja desde las murallas. No hay redención, pero sí una forma altiva de derrota.
En ese instante final, Giacomo Puccini logra algo extraordinario: convertir la muerte en una forma de música y el amor en una rebelión inútil pero hermosa.
Porque, al fin y al cabo, el beso de Tosca no revive a Cavaradossi. Pero lo convierte en eternidad.
© – Ernesto Bisceglia
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