POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Cuando en 1894, el presidente, Nicolás Avellaneda, firmó la Ley de Inmigración, el grueso de los europeos llegados eran italianos. Hacia 1910, de cada cinco varones de 18 años, tres eran italianos, y del conjunto de los arribados, el 52% eran de ese origen. Esto explica la influencia de la cultura italiana en todos los ámbitos de nuestra vida argentina: la arquitectura, la gastronomía, la cultura, los oficios y hasta la música militar.
Escuchamos marchas que nos traen aromas de infancia, de guardapolvo blanco y tiza, de pizarrón verde con la Bandera argentina dibujada con tizas de colores por una maestra impecablemente vestida de blanco. Marchas que tienen olor a plaza de domingo en la glorieta de la Plaza 9 de Julio, y los viejos de la mano nos llevaban a escuchar.
Esas marchas continúan sonando en actos escolares, desfiles, ceremonias oficiales y las sentimos tan nuestras, tan criollas. Sin embargo, basta rascar un poco la partitura para descubrir algo curioso y hermoso a la vez: buena parte de la música militar argentina fue compuesta por italianos o por hijos de italianos.
La célebre Avenida de las Camelias, por ejemplo, no nació en una estancia ni en un cuartel del interior profundo, sino de la mano de Pietro (Pedro) Maranesi, inmigrante italiano, en Rosario de la Frontera, en Salta y escrita la partitura en el parche de un bombo. Mi Bandera, himno marcial cargado de épica nacional, fue compuesta por Juan Imbroisi, nacido en Italia. Y si bien la Marcha de San Lorenzo pertenece a Cayetano Alberto Silva —uruguayo—, su formación musical responde a la fuerte impronta europea que dominaba las bandas militares del período, muchas de ellas dirigidas y nutridas por músicos italianos.
De hecho, los músicos italianos trajeron e incorporaron a la música militar argentina los bronces.
La paradoja es fascinante: la música que acompañó la construcción simbólica del Estado argentino fue escrita, en gran medida, por quienes llegaron de afuera. Tal vez por eso esas marchas tienen algo de solemnidad operística, de dramatismo contenido, de épica aprendida. La Patria desfilaba, sí, pero lo hacía al compás de una cultura inmigrante que aprendió a ser argentina escribiendo notas, no discursos.
Nuestra “Aurora” con que izamos la Bandera, es el aria de una ópera de ese nombre, inspiración de Héctor Panizza.
En tiempos donde algunos creen que la identidad es pureza y no mezcla, conviene recordarlo: incluso cuando la Argentina marchó firme, lo hizo hablando —musicalmente— con acento italiano.