POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Indagar en la historia siempre es interesante, porque la historia no sólo es el raconto de hechos heroicos o políticos, sino que como titulaba Félix Luna, su revista: Todo es Historia.
Y en la historia de la música, hallamos que en sus orígenes hacia fines del siglo XIX, en los arrabales de Buenos Aires, la desproporción entre varones y mujeres -producto de la inmigración- hacía que en los patios, academias y orillas prostibularias, los hombres practicaran entre sí. Pero no solo eso: competían. La danza era un remedo del duelo criollo pero sin cuchillo.
La música destacaba al que marcaba mejor, al que dominaba el eje y al que tenía estilo. El otro no era pareja: era medida.
La curiosidad es que ese origen, medio áspero y bastante físico, fue luego cuidadosamente limado cuando el tango empezó a viajar a Europa. En París lo adecentaron, lo perfumaron… y nos lo devolvieron con modales.
Pero en el fondo, el tango nunca dejó de ser eso: una conversación de cuerpos donde alguien conduce… y otro decide si vale la pena seguirlo. Así, el “compadrito” terminó convirtiéndose en el “gentleman”, el “niño bien”, que asistía de traje y perfumado a lo Hansen.
A su tiempo, Jorge Luis Borges, señalaba que el tango se inspiraba en el duelo criollo porque no habla sólo de cuchillos sino de una ética del enfrentamiento que luego se volverá estética.
Según Borges, esa liturgia del coraje, la distancia medida y el riesgo sostenido que se daba en el duelo criollo, sobrevive en el tango, donde uno “marca” y el otro responde. Es la tensión constante entre avance y retroceso, en esa cortesía tensa donde nadie pierde del todo… hasta que pierde.
Borges incluso desconfiaba del tango sentimental posterior -el de la nostalgia llorosa- porque sentía que había traicionado ese origen más seco, más valiente, casi silencioso. Para él, el verdadero tango no decía “te extraño”, decía, más bien, “acá estoy”. Y eso -como en todo duelo- ya era suficiente provocación.
Por eso, antes de ser abrazo, el tango fue desafío. Antes de ser nostalgia, fue duelo. Y a veces -como en “Duelo criollo”- la música no hace más que contar lo que la coreografía ya sabía: que en el Río de la Plata, incluso el amor… se dirime.
© – Ernesto Bisceglia
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