POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
No recuerdo el año en que en Salta tuvimos la oportunidad de escuchar a la Filarmónica de Viena, en el desaparecido Cine Teatro Alberdi, un atentado de lesa cultura haberlo destruido cuando era el teatro con mejor acústica del norte. Eran los años en que el Mozarteum Argentino-Filial Salta, traía a esta provincia lo más granado de la música universal. También cuando la cultura no estaba en manos tan porras como ahora, claro.
Aquel concierto constaba de dos partes; en la primera, pudimos disfrutar de Las Cuatro Estaciones de Vivaldi, y cerrando, el Danubio Azul. Permítaseme la llaneza de decir que escuchar a la Filarmónica de Viena era partirse al medio.
La Obra:
El Danubio Azul no nació como himno ni como postal turística, aunque el tiempo se haya encargado de volverlo ambas cosas. Johann Strauss hijo —el “rey del vals”— lo compuso en 1867, en un momento paradójico: Austria acababa de sufrir una dura derrota militar frente a Prusia, y el ánimo del Imperio estaba lejos del esplendor que la obra parece celebrar.
Originalmente escrita para coro masculino y luego adaptada a versión puramente orquestal, la pieza terminó encontrando su forma definitiva en esa sucesión de valses que avanzan con elegancia flotante, como si el tiempo decidiera moverse en tres por cuatro.
El Danubio, en la obra, no es un río real: es un río idealizado, sereno, azul por convención poética más que por geografía. Strauss no describe el curso del agua: evoca una civilización.
El Danubio Azul, es una obra incorporada al imaginario colectivo. La escuchamos en conciertos de Año Nuevo, en bailes, en películas, en despedidas y particularmente en cumpleaños de 15 y casamientos. Es música de tránsito: une pasado y futuro, imperio y modernidad, nostalgia y promesa. Incluso en el espacio —Kubrick lo entendió bien— sigue siendo símbolo de elegancia humana frente al vacío.
Strauss logró algo excepcional: convertir un vals en identidad cultural. No habla de héroes ni de batallas, pero dice mucho más: que a veces una civilización se explica mejor por cómo baila que por cómo combate.
En la versión que ofrecemos, como “Bonus Track”, se puede escuchar también “Radetzky March”, sobre la cual volveremos en otra oportunidad con la magnífica dirección de Daniel Barenboim.
