REDACCIÓN – www.ernestobisceglia.com.ar
En 1924, cuando Nueva York era una caldera de ruido, inmigración y vértigo, un joven compositor decidió hacer algo casi insolente: meter el jazz en el salón sin pedir permiso. Ese joven era George Gershwin. La obra: Rhapsody in Blue.
Todo comienza con ese clarinete que parece desperezarse y termina en un glissando que es, al mismo tiempo, carcajada y desafío. A partir de allí, la música ya no vuelve a ser la misma. No es sinfonía, no es concierto, no es jazz puro. Es otra cosa: es América descubriéndose a sí misma.
Gershwin logró lo que muchos intentaron sin éxito: unir el mundo académico con el popular sin que ninguno se sintiera humillado. El piano dialoga con la orquesta como si discutiera en una esquina de Brooklyn, pero con modales de Carnegie Hall. No hay culpa en esa mezcla; hay orgullo.
La “Rapsodia en azul” no es solo una pieza brillante: es un manifiesto sonoro. Dice que la modernidad puede ser ruidosa y elegante al mismo tiempo. Que el swing puede convivir con el contrapunto. Que el siglo XX no iba a pedir permiso a Viena.
Desde entonces, cada vez que suenan esos primeros compases, uno escucha algo más que música: escucha una ciudad que despierta.
Y entiende que el jazz, ese hijo incómodo de la historia, se puso frac… y nadie pudo volver a sentarlo en la cocina.
© – Ernesto Bisceglia