POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Horas atrás, mientras vagabundeaba por la plaza central de Cafayate, en una de las esquinas, unos guitarreros entonaban “Balderrama”, esa icónica pieza concebida por el genio de Gustavo Leguizamón y Manuel J. Castilla.
Y me senté en un cantero, frente al edificio donde alguna vez hubo una municipalidad, mientras pensaba que, “Balderrama”, en realidad, es mucho más que una zamba: es una geografía emocional que nos describe como somos porque en esa letra hay vino, hay noche, se saborea esa tristeza digna que sólo el norte sabe cultivar mejor que nadie.
Mientras recorría con la mirada el contorno de la Catedral, evocando inolvidables paseos nocturnos por esas veredas, comprendía que “Balderrama”, en sus notas traza un camino que siempre nos hace volver a donde los recuerdos más queridos se quedaron amojonados en ese rincón del alma. Si, con esta zamba, la noche se vuelve memoria.
Repito, no es una zamba, es una escena detenida en el tiempo. Una conversación en un banco de esa plaza tejiendo una ilusión; un óleo nocturno donde el vino, la amistad y la nostalgia se vuelven materia.
“Balderrama” somos nosotros; somos esa Salta que nace de la conjunción casi mítica entre Gustavo Leguizamón -el “Cuchi”, abogado del silencio y del contrapunto- y Manuel J. Castilla, que sabía escribir como quien conversa con la sombra.
La zamba está dedicada a Juan Carlos Balderrama, dueño de la mítica Peña Balderrama, que en realidad, más que eso, era el anfitrión de una liturgia. Su peña era el lugar donde el folklore no se representaba: ocurría.
Allí caían músicos, poetas, noctámbulos, perdedores elegantes y algún que otro redimido por la madrugada. No había escenario: había ronda. No había espectáculo: había pertenencia. La letra retrata ese clima con una precisión casi fotográfica:
“A orillitas del canal, cuando llega la mañana…” Y uno ve la noche agotarse, como un caballo noble.
Fue inmortalizada por Los Chalchaleros: aunque muchos la cantaron, ellos le dieron esa voz coral que suena a patria íntima. A sabor de vino acunado a la ribera del Calchaquí, “Padre de toda la siembra”, como dicen otros versos.
Balderrama es, en el fondo, una elegía. No sólo a una peña o a un hombre, sino a una forma de estar en el mundo: sin urgencia, sin algoritmo, sin cálculo. Es la Argentina que se demora. La que conversa. La que pierde… pero con estilo.
La relectura mental de la letra de “Balderrama” nos descubre el abanico de imágenes pergeñado por Castilla, que parecen simples, pero son profundamente metafísicas, porque en la pluma del Gran Cerrillano, el mundo no es escenario, es protagonista.-
© – Ernesto Bisceglia
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