POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Entre empresas que cierran, salarios que se evaporan y una política reducida a gritos, la Argentina vuelve a caminar por la cornisa de su historia económica.
La casta éramos nosotros
A esta altura ya no se trata de ser oposición o libertario; se trata de ser argentino y ciudadano simplemente. La coyuntura nacional muestra signos visibles de un desmoronamiento económico que se puede convertir en un alud y llevar puesto todo el andamiaje social.
De pronto, los de a pie nos hemos convertido en casta, porque aquello de que “el ajuste lo va a pagar la casta”, “lo va a pagar la política”, jamás sucedió. Si alguien está pagando este ajuste salvaje son las clases medias -ya desaparecidas oficialmente- y los sectores más bajos.
Nos prometieron que el ajuste lo pagaría la casta. Lo estamos pagando nosotros… y recién ahora descubrimos que la casta éramos nosotros.
La Argentina no está discutiendo un modelo económico: está discutiendo si todavía es capaz de funcionar como país.
Un país experto en crisis
A un ritmo de una empresa que cierra por hora, el fenómeno es inédito. Desde los años setenta del siglo pasado, los que tenemos memoria hemos vivido todas las crisis posibles: el desabastecimiento bajo Isabel Martínez de Perón y el Rodrigazo; la “tablita” de José Alfredo Martínez de Hoz; el conato de guerra con Chile; la Guerra de Malvinas; la hiperinflación de Raúl Alfonsín; el diciembre de 2001; la ilusión de la convertibilidad durante el gobierno de Carlos Menem y su posterior derrumbe.
En otras palabras: los argentinos sabemos lo que es una crisis. No hace falta que nadie venga a explicárnoslo.
La política que desapareció
Sin embargo, en medio de todas esas catástrofes siempre hubo algo que funcionaba como amortiguador: la política. A su modo, tal vez; con sus defectos, pero había política.
Existían partidos, dirigentes, sindicatos y negociaciones. Había discusiones ásperas, pero también acuerdos que evitaban que el sistema se rompiera del todo. Hoy ese mecanismo aparece evaporado.
De un lado aparece el experimento personalista de Javier Milei, con su estilo volcánico y su desprecio por cualquier forma de mediación política. Del otro, un mosaico de dirigentes que se proclaman herederos del peronismo mientras intentan reciclarse eternamente.
La supuesta “renovación peronista” que impulsan figuras como Miguel Ángel Pichetto, Guillermo Moreno y Gildo Insfrán parece más bien un chiste de humor negro.
Nos prometieron que el ajuste lo pagaría la casta. Lo estamos pagando nosotros… y recién ahora descubrimos que la casta éramos nosotros.
El riesgo del aislamiento
Como si el panorama interno no fuera suficiente, el gobierno argentino insiste en un alineamiento internacional que nos coloca innecesariamente en el centro de conflictos globales.
El entusiasmo con el que el presidente proclama su alineamiento con el eje Estados Unidos–Israel podría convertir al país en actor de una disputa que está muy lejos de nuestras verdaderas urgencias.
Y las consecuencias económicas de una escalada internacional -sobre todo en los precios de la energía y los alimentos- podrían golpear de lleno a una economía que ya está caminando por la cuerda floja.
Un barco que hace agua
La Argentina no está discutiendo un modelo económico. Está discutiendo si todavía es capaz de funcionar como país.
Porque cuando un barco empieza a hacer agua, lo que salva a la tripulación no es la ideología del capitán sino la capacidad de todos de remar en la misma dirección. Hoy ocurre exactamente lo contrario.
El capitán grita, la oposición grita más fuerte, y mientras tanto la bodega se llena de agua. ¿Quién mira el nivel del agua?
En la Argentina siempre hubo tormentas; lo nuevo es que ahora el barco navega sin capitán… y con los marineros peleándose en cubierta.
La Argentina ha sobrevivido a hiperinflaciones, defaults, golpes de Estado y crisis sociales devastadoras. Siempre apareció alguien -mejor o peor- que logró enderezar el timón.
Hoy, en cambio, la discusión política parece desarrollarse mientras el barco se inclina peligrosamente hacia un costado.
Y lo más inquietante no es la tormenta. Lo inquietante es que nadie parece estar mirando el nivel del agua. –
© – Ernesto Bisceglia
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