¿Tiene el peronismo nombre de mujer?

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

En tiempos previos al retorno de Perón en 1972, en el seno de la dictadura militar de entonces se discutía lo que se llamaba “La cuestión Perón”. Los militares advertían -Sobre todo Alejandro Agustín Lanusse-, que el proceso resultaba cada vez más inviable y había que llamar a elecciones. Pero “el problema era Perón”. Sabían que si “el viejo” retornaba al país, el peronismo volvería al poder, como efectivamente ocurrió.

Trasladando aquel escenario a nuestros días, el panorama político del país muestra diferencias obviamente y ahora parece que la cosa se llama «La cuestión es el peronismo». Porque tenemos un gobierno nacional empeñado en aplicar reformas que están exterminando las conquistas sociales del peronismo del ‘45, barriendo derechos elementales que afectan desde los niños, pasando por los trabajadores y alcanzando a la ancianidad. Toda protección social está siendo desmantelada.

El listado de empresas, desde pequeñas hasta las grandes cadenas internacionales están cerrando o abandonando el país. De continuar así, esto se parecerá a un Saigón cuando Estados Unidos perdió la guerra y donde no alcanzaban los aviones para salir de ese país.

Tendemos a pensar que, por una parte, el pueblo-base, todavía no toma conciencia de la hecatombe social que se avecina por eso continúa votando a este modelo; y por otra parte, el rechazo al kirchnerismo es tan fuerte que nadie quiere volver a ese modelo.

Sin partidos no hay paraíso

La desaparición de los partidos políticos -peronismo incluido-, ha creado en el país este monstruo bicéfalo imaginario: el modelo anarcocapitalista o el peronismo kirchnerista que fagocitó toda idea de orden y de país.

La cuestión es que aun los que no venimos del peronismo debemos reconocer que la única alternativa frente a este modelo, es precisamente ¡el peronismo! Pero aquí surge la pregunta ¿Cuál peronismo?

Porque el problema que tienen los peronistas y detrás los argentinos que pensamos -al menos creemos hacerlo-, es que el peronismo es como la fantasía del “cura sin cabeza”. Ahí va, esa entidad ensotanada que vaga por aquí, aparece por allá, pero no tiene cabeza. Al no tenerla, no tiene cerebro, no tiene ideas ni propuestas. Y sabemos que todo espectro político fantasmagórico, imposible de comprender a la razón, asusta.

Mal que les pese a los “compañeros”, deben admitir que el peronismo se ha convertido en lo mismo que una reserva indígena: todos son indios, pero los hay de diversas “etnias” y cada una ¡tiene un cacique! Para colmo, ahora parece que hay más caciques que indios, como suele decirse vulgarmente.

La historia del Lejano Oeste nos informa que cuando las tribus decidían ir a la guerra contra el “carapálida”  (y ahora encima un “carapálida peludo”), se reunían en el Gran Consejo, elegían un Gran Cacique, se pintaban la cara y salían en malón. Siempre al ritmo monótono de los bombos.

El peronismo sigue tocando el bombo pero no tiene líder. La “jefa” está presa y le interesa más dividir y reinar que ir contra el “carapálida”. El Gran Petiso bonaerense no tiene entidad nacional, y no hay más.

Decíamos alguna vez que el peronismo es como el rescoldo del sotobosque cuando pasa el incendio, se mantiene latente hasta que una chispa lo enciende de nuevo. ¿Cuál será esa chispa que encienda otra vez al peronismo que late en el pueblo?

Conviene recordar un dato que la propia historia del Movimiento no desmiente: cuando el peronismo fue mito fundante y expansión social, tuvo rostro de mujer. No fue únicamente la doctrina ni el liderazgo militar de Juan Domingo Perón lo que lo convirtió en fenómeno popular; fue la irrupción de una sensibilidad encarnada en Eva Perón, que tradujo el poder en emoción social y el Estado en reparación concreta. El peronismo, cuando fue religión civil, tuvo liturgia femenina.

Desde entonces, cada vez que el Movimiento intentó reorganizarse necesitó más que aparato: necesitó símbolo. Y los símbolos, en la Argentina, rara vez son neutros.

De la observación de la realidad actual, podría -remarcamos el potencial- ser que esa chispa sea una mujer. Pero nos preguntamos, no afirmamos ¿Efectivamente esa chispa tendrá rostro de mujer?

¿Se llamará Victoria?

© – Ernesto Bisceglia

Ernesto Bisceglia es periodista, escritor y docente. Autor de una extensa obra ensayística y narrativa sobre historia argentina, política, religión y cultura cívica, con más de treinta libros y ensayos con premios nacionales e internacionales. Columnista en diversos medios y conferencista, desarrolla una mirada crítica e histórica sobre el poder, la democracia y la identidad argentina. Dirige www.ernestobisceglia.com.