ERNESTOBISCEGLIA.COM.AR – POR ERNESTO BISCEGLIA. – Como suele ocurrir, cada vez que un Papa amenaza llegar a su final, los pasillos y despachos del Estado Vaticano se convierten en un hormiguero de ensonatados que comienzan a llegar desde distintos lugares del mundo para enterarse “de visu”, qué está ocurriendo y qué puede pasar.
Un caldero de reuniones y conspiraciones se pone en marcha porque ese concepto de que el buen Dios iluminará a los cardenales para que voten al “elegido” en el cónclave, es un cuento que sólo pueden creer los párvulos. De hecho, aunque la procesión de cardenales al ingreso a la Capilla Sixtina antes del “Extra Omnes”, vayan entonando el “Veni Creator Spiritu”, el Espíritu Santo, no estará invitado ni siquiera a sentarse en la parte exterior de la “Capella”.
El delicado estado de salud del Papa Francisco ha generado ya “soto voce” una serie de movimientos y preparativos dentro del Vaticano, ante la posibilidad de un próximo cónclave que defina el futuro inmediato de la Iglesia Católica. La incertidumbre en torno a su situación no sólo abre interrogantes sobre su eventual sucesión, sino que también expone las tensiones políticas e ideológicas que atraviesan a la institución en un mundo en constante transformación.
Actualmente, el Colegio Cardenalicio está compuesto por 252 cardenales, de los cuales 138 son electores con derecho a participar en un cónclave. Más allá de las cifras, lo verdaderamente relevante es el debate que se cierne sobre el perfil del próximo pontífice. Dentro de la curia, las líneas conservadoras presionan por una vuelta a una doctrina más rígida y ortodoxa, mientras que sectores progresistas abogan por mantener el camino de apertura y reforma que Francisco ha impulsado, especialmente en temas sociales, medioambientales y de inclusión.
Este proceso de transición ocurre en un contexto global sumamente complejo. La Iglesia Católica enfrenta crisis en múltiples frentes: la pérdida de fieles en Occidente, el auge de posturas secularizadas, los escándalos de abuso que han erosionado su credibilidad, y el ascenso de nuevas formas de espiritualidad que desafían su tradicional hegemonía. En medio de esta incertidumbre, muchos se preguntan si el próximo Papa podrá revitalizar una institución que parece cada vez más desconectada de la realidad contemporánea.
La cuestión central es si la Iglesia Católica podrá adaptarse a los nuevos tiempos o si su poder seguirá en declive. En diversas regiones, especialmente en Europa y América del Norte, la influencia eclesiástica se ha reducido de manera significativa, lo cual, diremos Nos, consideramos bueno para el progreso de la Conciencia. Sin embargo, en América Latina, África y Asia, el catolicismo sigue siendo una fuerza espiritual y política de peso. Este cambio de eje podría determinar el perfil del próximo Papa y las prioridades de su pontificado.
Es posible que la Iglesia experimente una transformación profunda en los próximos años. La disminución de su poder institucional podría dar paso a una espiritualidad más descentralizada, donde la fe no dependa tanto de una estructura jerárquica, sino de experiencias más personalizadas y comunitarias. En ese sentido, la elección del sucesor de Francisco marcará no sólo el futuro de la Iglesia como institución, sino también su papel en un mundo en crisis.
En definitiva, la situación del Papa Francisco no sólo es un hecho relevante en sí mismo, sino el síntoma de una Iglesia que se encuentra en una encrucijada histórica.
La elección del próximo pontífice no será solo un cambio de liderazgo, sino un reflejo de la lucha entre las distintas visiones que buscan definir el catolicismo del siglo XXI.
Entendemos, como necesario e imprescindible un viraje significativo en la conducción del catolicismo, que se despoje del poder y sea más evangélica. Aunque no abrigamos muchas esperanzas porque en el seno de la Iglesia Católica, espiritualidad es sinónimo de pérdida de poder y sobre todo de dinero.
El problema más grave reside precisamente en la vejez del Colegio Cardenalicio, formado por individuos acostumbrados al lujo imperial, con espíritus resecos de teología y lejos de los infortunios de los pobres material y en estos tiempos, sobre todo de espíritu.
Lamentablemente, existen diócesis y arquidiócesis -como el caso de Salta- comandadas por esbirros de Mefisto, corruptos en cuerpo y alma, y este no es ni cercanamente el modelo de “Ecclesiam” (Asamblea), que Cristo definió en sus palabras: “»Tu es Petrus, et super hanc petram aedificabo Ecclesiam meam…» en Mateo 16-18.
De todas maneras, sea cual sea la respuesta, lo cierto es que el mundo observará atentamente este proceso, consciente de que el destino de la Iglesia Católica sigue siendo, para bien o para mal, un asunto global.