POR: EVARISTO DEL CARRIL ANCHORENA UNZUÉ – Jefe de Redacción – www.ernestobisceglia.com.ar

En verdad os digo, sufridos lectores, que estamos tocando límites que ameritan que vayamos construyendo otra arca donde refugiarnos las personas decentes y pensantes a fin de salvarnos del diluvio que se viene. Claro, pues, que no predicamos otro castigo divino pues esas son fantasías propias de los espíritus endebles que necesitan de un pastor y quien necesita uno es porque, como los Therian, se autopercibe oveja. Como veís, la demencia y las alteraciones religiosas se tocan en un punto.
Ahora, digamos también, que el snobismo ha ganado las oficinas del poder -en general- y en estre estos desquiciados también se encuentran los Furry, que participan en las “Furry-Fandom”, una suerte de aquelarres estereotipados cuya identificación está centrada en animales antropomórficos; para decíroslo de forma que los simples lo comprendan, son aquellos que se identifican con animales con rasgos humanos; es decir, hablan, caminan en dos patas, usan ropa, tienen personalidad humana, pero en el fondo, son “Furry”.
Hay muchos de estos en los despachos oficiales a los cuales las deformaciones idiomáticas identifican como “Forros”.
Tal es la degradación que estos engendros humanoides van más allá, creando sus propios personajes -las fursonas-; no ya las personas. Usan trajes especiales –fursuits– y hacen performance; claro, en lugar de trabajar. En efecto, veréis al transitar esas oficinas a “Forros” usando trajes de personas trabajadoras, vestimenta de operarios, en fin, fantasías que se les ocurren pues no trabajan ni operan.
Y así, señores, lo que hasta aquí se llamó “la casta política”, hoy ya no merece tal título. Porque la casta supone linaje, aunque sea decadente; y aquí no hay linaje sino instinto. No hay nobleza ni vileza: hay zoología. Lo que tenemos, en rigor, es una fauna política: un bioma húmedo y maloliente donde prospera todo organismo capaz de sobrevivir sin conciencia, lo mismo que una ameba.
Allí se arrastran los ponzoñosos, que no gobiernan: inoculan. Se multiplican los depredadores, que no administran: desgarran. Y abundan los carroñeros, que llegan tarde a todo salvo al presupuesto, donde siempre están temprano, con babero y servilleta. Los más peligrosos, sin embargo, son los cazadores furtivos de fortunas públicas, esa subespecie que nunca firma un decreto sin antes olfatear si el papel huele a caja.
Thiers, que entendía el poder como se entiende una caja fuerte, habría observado este espectáculo con una sonrisa de prestamista: el Estado no está tomado por una ideología, sino por un instinto. Y el instinto, como es sabido, no debate: devora.
En los pasillos de la administración, el lector atento distinguirá rápidamente a los gatos: suaves, silenciosos, siempre cayendo parados. Son los que jamás dan explicaciones porque jamás se sienten culpables. Maúllan consignas, ronronean discursos y, cuando alguien pregunta demasiado, desaparecen por una rendija institucional que sólo ellos conocen. Más, están también los gatos de angora, que visten pieles exclusivas, cariñosos que arrellanan en las faldas de algún funcionario y levantan la cola maullando cuando quieren “alimento”.
Las zorras, por su parte, no necesitan cargo: necesitan información. No ocupan el poder, lo administran desde el susurro. Son criaturas de oficina, con perfume caro y sonrisa filosa. Saben qué ministro se cae, qué intendente se vende, qué juez se alquila. Son la diplomacia del fango: nadie las ve venir, pero cuando uno se da cuenta, ya le firmaron el destino con tinta ajena.
Hallaréis también a los perros que son los más tristes: leales por vocación y agresivos por encargo. No muerden por convicción, sino por necesidad de aprobación. Son los que ladran en redes sociales para que el amo les tire un hueso: un contrato, una asesoría, un viático. Su ideología es el alimento, y su patria, el plato. Incluso algunos hasta son castrados.
Y por fin están los chivos: esos animales destinados al sacrificio. El chivo expiatorio es el único que trabaja en serio dentro del sistema: trabaja para ser culpable. Siempre hay uno listo para ser quemado en la plaza pública, mientras el resto de la fauna celebra la purificación moral del pantano. Una subespecie es el chivo doméstico, aquel que cumple el rito peronista de ir de la casa al trabajo y del trabajo a la casa, en cuyo interín le crecen los cuernos.
Constatamos, pues, que la política ya no es aquella preocupación griega por la cosa pública, sino que se ha transformado en un ecosistema mientras el ciudadano común -contribuyente él- cree que el problema es la política. Error. El problema es que la política se volvió selva, y el Estado, un zoológico sin rejas. Nadie educa, nadie ordena, nadie guía: apenas sobreviven. Y cuando un país pasa de república a reserva natural, el futuro deja de ser proyecto: pasa a ser cacería.
Porque en la fauna política no se gobierna: se medra. Y el que no medra, muere.
El problema para vosotros, es que mantener ese zoológico, os resulta muy caro en impuestos. –
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