POR: REDACCIÓN – www.ernestobisceglia.com.ar
Hay una frase que debería ser impresa en afiches, pegada en las universidades y leída en voz alta en cada acto de colación: Te quedan 36 meses. Tres años. Ese es el plazo que algunos de los arquitectos del futuro han puesto sobre la mesa para que el mundo laboral tal como lo conocemos empiece a colapsar.
No se trata de un discurso apocalíptico de sobremesa ni del delirio recurrente de los profetas tecnológicos. Es un cálculo frío, mecánico, casi estadístico. Y lo más inquietante no es el pronóstico, sino la indiferencia colectiva: nadie -o muy pocos- parecen advertir hacia dónde estamos yendo.
Elon Musk, siempre con su mezcla de genio y provocación, ha afirmado que para 2029 los robots Optimus no solo trabajarán: superarán a los humanos en tareas complejas. Lo dijo sin eufemismos, con esa brutalidad empresarial que suele disfrazarse de visión. Y el ejemplo que ofrece es tan escalofriante como simbólico: la cirugía.
Durante décadas creímos que un cirujano representaba la cima de la capacidad humana. Años de estudio, precisión, pulso, práctica, templanza. Quince años de formación para llegar a ser experto. Un arte casi sagrado. Pero en el universo tecnológico la palabra “experto” ha cambiado de significado. Musk sostiene que en pocos años veremos robots capaces de operar mejor que el mejor cirujano humano, no por magia, sino por una ventaja invencible: escala y memoria compartida.
Porque un cirujano humano aprende en soledad. Aprende con su experiencia, con sus errores, con sus aciertos. Aprende, en definitiva, con su propia vida. En cambio, un millón de robots conectados aprenden como una sola mente. Si uno de ellos –digamos en Berlín– logra suturar una arteria en una intervención compleja, esa destreza puede replicarse en el mismo instante en los otros 999.999. La experiencia deja de ser personal: se vuelve colectiva, inmediata y descargable.
El mérito humano, basado en el tiempo y el esfuerzo, queda entonces humillado por una red que aprende a la vez.
Y esta lógica no se detiene en la medicina. Avanza sobre los escritorios, las oficinas, los tribunales, las universidades, los estudios contables, los departamentos de recursos humanos y la burocracia estatal. Es un fenómeno transversal: una ola que no discrimina entre empleos “de cuello azul” o “de cuello blanco”. Lo que está en crisis no es el trabajo manual: es el trabajo repetible.
Darío Amodei, CEO de Anthropic, lo dijo con claridad inquietante: en dos o tres años, los modelos de inteligencia artificial serán capaces de realizar prácticamente todo lo que un humano bien entrenado puede hacer a través de una computadora. Traducido al lenguaje llano: el empleado promedio, el profesional promedio, el universitario promedio… están en la línea de fuego.
Y los ejemplos ya no son futurismo: son presente.
En el mundo legal y administrativo, antes un equipo de abogados podía tardar días en auditar contratos complejos, buscando inconsistencias y riesgos. Hoy, un modelo de IA lo hace en segundos, con una capacidad de detección que no se fatiga, no se distrae, no se equivoca por cansancio ni se deja llevar por el ego. Encuentra patrones, brechas lógicas y contradicciones invisibles al ojo humano agotado.
En el mundo empresarial ocurre lo mismo: donde antes se necesitaban semanas para planificar un lanzamiento, investigar mercado y diseñar estrategia, hoy un modelo de frontera puede procesar miles de casos globales, adaptar una experiencia asiática a un mercado local y ajustar la campaña al presupuesto disponible en cuestión de instantes.
La ventaja competitiva que antes se llamaba “oficio”, ahora se llama “velocidad de cómputo”.
Por supuesto, el discurso tranquilizador aparece rápido: “la IA no reemplazará a todos”. Pero ese consuelo es tan ingenuo como peligroso. La IA no reemplazará a todos… reemplazará a millones. Y con eso alcanza para transformar la economía, pulverizar salarios y redefinir la estructura social. No hace falta que desaparezca el 100% de los empleos: basta con que se desplome el 30% para que el sistema se vuelva irreconocible.
La pregunta entonces no es tecnológica. Es existencial: si el valor de mercado del cerebro humano y de sus manos tiende a cero en determinadas áreas, ¿qué queda?
Queda una sola habilidad con verdadera resistencia al tiempo: no ser quien ejecuta la tarea, sino quien comprende, dirige y controla a la máquina. El futuro no será del operador: será del orquestador. No del que escribe, sino del que decide qué se escribe, para quién y con qué propósito. No del que redacta contratos, sino del que diseña el marco ético y estratégico donde esos contratos existen.
Aquí aparece la trampa más cruel: la universidad.
Durante décadas se vendió como “seguro de vida”, como pasaporte al progreso. Hoy, el título empieza a parecer otra cosa: un ticket social, una ceremonia cultural, una formalidad de clase. Una credencial para pertenecer, no necesariamente para sobrevivir.
No es que estudiar sea inútil. Lo inútil es estudiar como si el mundo fuera el mismo de hace veinte años.
La pregunta que nadie se anima a hacer en voz alta es esta: ¿cuántas carreras universitarias están formando profesionales para un mercado laboral que ya está muerto, aunque todavía no lo sepamos?
Y mientras discutimos reformas educativas con la lentitud de un siglo XIX burocrático, el siglo XXI avanza con la velocidad de una tormenta eléctrica.
No se trata de tecnofilia ni de tecnofobia. Se trata de asumir que el trabajo humano -tal como lo entendíamos- está entrando en su etapa de mutación. Y que el Estado, las universidades y los sindicatos parecen no tener respuesta. O peor: fingen que no es su problema.
En treinta y seis meses, quizás no desaparezca el mundo. Pero puede desaparecer algo igual de importante: la ilusión de que el esfuerzo garantiza futuro.
La inteligencia artificial no viene a quitarnos el trabajo. Viene a quitarnos la excusa.
