Sólo para iniciados: Sobre el alma, la lujuria como el menor de los pecados y el orden moral de Dante Alighieri en la Divina Comedia

ERNESTOBISCEGLIA.COM.AR – POR ERNESTO BISCEGLIA. – Hemos de advertir que el texto que sigue no es un discurso de fácil aquiescencia, sino un ejercicio intelectual que pretende sacudir apenas un poco el tieso árbol mental petrificado por el dogma que ha sido revestido de una pátina de verdad inmutable y eterna.

Esto ocurre por la simpleza en que mayormente el occidente ha sido educado -formateado- en el concepto de que hay una sola forma de concebir a la Divinidad, lo cual ha llevado a un reduccionismo de esas “cosas inmutables y eternas” y a conceptos básicos como vida-muerte, cielo-infierno, premio-castigo, cuando no se trata de dualidades sino de “trinidades”.

En esa búsqueda iremos por el camino del esoterismo y la metafísica, tenidos por el pensamiento atávico como puertas al “Inferno” cuando en realidad -desde nuestro punto ahora-, los tomamos como corrientes místicas del cristianismo y el hermetismo, claro, con influencias del gnosticismo o la teosofía. Repetimos, dentro del marco conceptual de este ejercicio intelectual.

Obviamente, no vamos en “contrario sensu” de realidades apostólicas ni enfrentando a la Razón con la Fe, sino tratando de abrir puertas a la conciencia y diciendo que precisamente, la primera es tanto más amplia cuanto la Libertad del Espíritu le permite a cada quien explorar los universos intelectuales para abonar la Fe, de donde seguirá que el individuo -todos- tiene la potestad por legado divino de transitar los caminos que la duda le propone como herramienta de crecimiento espiritual. Para muchos podría parecer una contradicción, y sin embargo, no lo es.

El alma como la tercera parte del espíritu

Esta afirmación nos ubica en aceptar que el Espíritu es una entidad superior y más abarcadora, donde el alma es una fracción de esa totalidad. Aceptando esta conceptualización de división tripartipa aceptada por algunas tradiciones, diremos que el Espíritu es la chispa divina de la que participamos todos los vivientes y alma es la intermediaria entre Ella y el cuerpo como manifestación material: «Que descendió de los planos de la luz a los planos materiales para tomar la encarnación y vivir la experiencia».

Esto último, a la luz de textos como el Evangelio de Tomás y el Evangelio de Felipe, que ven a la encarnación como una prisión donde el alma es el principio operador que le recuerda al individuo su origen luminoso y de allí su tendencia natural a regresar al Reino de la Luz (Pleroma). Estos conceptos han sido desarrollados con mayor profundidad por los neoplatónicos, que recomendamos revisar.

El alma, baja al mundo material para vivir una experiencia pedagógica, es decir, aprender, evolucionar o expiar alguna deuda kármica. Para el Magisterio del dogma, estas afirmaciones suenan a herejía, obviamente.

Decimos la tercera parte porque todo se divide en trinidad

Recordemos que para el catolicismo como eje vertebrador de la “conciencia” occidental, el concepto de Trinidad ha sido cuestión debatida durante siglos. Desde el Concilio de Nicea (325), inmediato al Edicto de Milán de 313 D.C., y varios concilios ecuménicos más hasta el Concilio de Constantinopla en 381, que definió su formulación clásica: un solo Dios en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Tan importante fue esta cuestión de la Trinidad que la discusión sobre la llamada “Cláusula Filioque”, resultó en uno de los principales motivos teológicos de separación entre la Iglesia de Occidente (Católica Romana) y la Iglesia de Oriente (Ortodoxa), lo que culminó en el Cisma de 1054.

Pero más allá de la menudencia dialéctica que acabamos de detallar, el salto intelectual y de conciencia más profundo es de orden ontológico, y es la aceptación universal de que todo está dividido en tríadas. ¿Por qué así? Sólo Dios lo sabrá.

La cuestión es que la esta división tripartita la hallamos en todas las tradiciones filosóficas y espirituales, a saber:

Cristianismo: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Hermetismo: Mente, Alma y Cuerpo.

Hinduismo: Brahma (creador), Vishnu (conservador), Shiva (destructor).

Esoterismo: Espíritu, Alma y Cuerpo.

Como se lo conciba, el principio tripartito de la existencia es similar, de donde se comprueba lo dicho “ut supra” de que el alma es sólo una fracción de una entidad superior -el Espíritu-, que se involucra con la materia en este extraordinario experimento que es la vida.

El Alma, la Lujuria y el Infierno

Desde los albores de la humanidad estas cuestiones han ocupado las mentes de quienes se deshacen del lastre que representa el dogma. Así concebida el alma como realidad inmaterial conjugada con el cuerpo, es un Ser que se debate entre su destino divino y las pasiones terrenales.

Precisamente, Dante, en la “Commedia”, presenta esta división tripartita que desarrollamos, en el tránsito por tres realidades: el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso (Empíreo), en lo que representa un viaje hacia la perfección espiritual.

En este contexto, la lujuria ocupa un lugar específico dentro del Infierno, en el segundo círculo, donde las almas de los lujuriosos son arrastradas por un viento incontrolable, símbolo de la pasión desenfrenada que, en su excesiva sensualidad, aleja al alma de su camino divino.

De esta manera, la lujuria, desestabiliza la armonía del principio tripartito toda vez que lo sensual impide la elevación espiritual; esto es lo que Dante busca expresar a través de las experiencias de los condenados por lujuria, que por ceder a sus deseos carnales no logran la paz espiritual y rompen su tender hacia lo divino.

En su visita al segundo Círculo, Dante, se muestra benévolo con los condenados, representados por Francesa Da Rimini, quien le relata su tormentosa experiencia con Paolo Malatesta. No sólo no hay condena sino un desmayo de dolor del poeta ante la tragedia de los condenados.

Luego, para Dante, la lujuria no es una falta absoluta que impida alcanzar finalmente lo que los simples llaman “el Cielo”, no sería una falta severa porque representaría la fragilidad humana y el desorden, distinta de -como lo afirmaba la tradición escolástica medieval- sería la traición y la herejía, las cuales representaban la voluntad consciente de “transgredir el orden divino”.

Nos, que nos hallamos en franca pugna con los domesticadores de consciencia y los jíbaros espirituales mediante el dogma, decimos, que coincidimos con la levedad de la lujuria y celebramos toda herejía, en tanto su sentido etimológico (del griego αἵρεσις -hairesis-), que significa libre elección o libre opinión. Los auspicios benéficos de la herejía se tergiversaron con la manipulación que hizo la ortodoxia clerical, convirtiendo a la herejía en motivo de bruta condena para saciar la manía piromaníaca de los tonsurados, como la historia lo demuestra.

En este punto intentaremos demostrar entonces la conexión entre la herejía y la lujuria. Así, hallamos una primera coincidencia en que tanto herejía y lujuria son actos volitivos derivados del libre albedrío, por lo tanto, propios de la naturaleza humana y permitidos por Dios, quien, a cada paso de la Creación, señaló “Y vio que todo era bueno”.

Antes que los tonsurados y reducidos se rasguen las vestiduras, añadiremos que no se trata de que Dios viera buena a la herejía y a la lujuria, sino que vio que era bueno que la creatura pudiera elegir libremente el camino del desorden pasional. O no, claro está.

La lujuria el menor de los pecados

Obviamente, y siempre desde el punto de vista dantesco, el contraste de la lujuria en el segundo Círculo infernal con respecto a los que siguen en las profundidades es notable, toda vez que la lujuria “evoca la tormenta de sus propios sentimientos”.

Lo que sigue en la geografía infernal dantesca es aterrador y siniestro en cuanto a los atroces castigos que reciben las almas condenadas, como la sumersión en sangre hirviente que padecen los violentos, las serpientes que consumen a los fraudulentos, hasta los consignados en el Círculo final donde purgan los “Traidores a sí mismos, a la Patria y a Dios”, donde habita el propio Lucifer que engulle por la eternidad a Judas, Casio y a Bruto. Aunque diremos de nuestra propia cosecha que dudamos que Judas realmente se halle en el Infierno (de existir, claro), por razones que podremos abordar en otra argumentación.

Obviamente que la ubicación de los pecadores según Dante responde a su concepto de la ética medieval en relación con la jerarquía moral cristiana.

La indulgencia relativa con que Dante trata la lujuria sugiere que, en el fondo, este pecado no corrompe el alma de la misma manera que la traición o la maldad calculada. Su castigo es severo, pero no despiadado; su condena es firme, pero no carente de compasión. En última instancia, la Divina Comedia no solo es un viaje por el más allá, sino un tratado sobre la naturaleza de la culpa y la redención. Y en ese universo moral, la lujuria se revela como una flaqueza antes que una verdadera perversión del espíritu.

Dante, con la sensibilidad de un poeta y el rigor de un moralista, parece recordarnos que la pasión desbordada, aunque peligrosa, nunca será tan grave como la traición deliberada o la perversión de la justicia. Quizás por eso, de todos los pecadores del Infierno, los lujuriosos sean los más humanos, y su pena, la más comprensible.