Sobre el natalicio de Domingo Faustino Sarmiento: El alborotador de la historia

ERNESTOBISCEGLIA.COM.AR – REDACCIÓN/HISTORIA. – Nacido un 15 de febrero de 1811, Domingo Faustino Sarmiento es una de las figuras más fascinantes y controvertidas de la historia argentina. Maestro, escritor, periodista, político, presidente, viajero incansable, polemista feroz, amante de la modernidad y, sobre todo, un hombre de contradicciones. Encarna la esencia misma de la nación en construcción: un país que aspiraba a la civilización, pero no podía desprenderse de su pasado.

Sarmiento amaba las luces del progreso y despreciaba la oscuridad de la ignorancia. Vio en la educación la clave del destino argentino y, sin embargo, nunca ocultó su desdén por las provincias que consideraba atrasadas. Para él, eran los «trece ranchos», un territorio dominado por caudillos bárbaros y una sociedad renuente a abrazar la ilustración. Sus palabras, duras e incendiarias, le valieron el odio de muchos y la admiración de otros. Pero si algo es indiscutible, es que fue un adelantado: comprendió que sin educación la Argentina seguiría siendo, en sus términos, una «toldería» sin rumbo.

Su vida fue una constante batalla. Se enfrentó a Juan Manuel de Rosas con una vehemencia inquebrantable, denunció la tiranía con la pluma y la palabra, y defendió un modelo de nación inspirado en Europa y Estados Unidos. Su admiración por estos países lo llevó a recorrerlos con ansias de aprender y trasladar esas ideas a su tierra. Introdujo el concepto de escuela pública, gratuita y obligatoria, formando generaciones enteras bajo la convicción de que la única forma de salir del atraso era la educación universal.

Pero Sarmiento no era sólo el pedagogo visionario, sino también el polemista implacable. Su desprecio por lo que consideraba la barbarie lo hizo caer en excesos verbales que hoy resultan difíciles de digerir. Desde su exaltación del exterminio indígena hasta sus juicios despiadados sobre los gauchos, su pluma no tenía reparos en cortar de raíz cualquier elemento que no encajara en su idea de civilización.

Fue un hombre de tempestades y pasiones, capaz de impulsar el progreso con una mano y desatar el rencor con la otra. Presidió la nación entre 1868 y 1874, dejando un legado de infraestructura, educación y modernización, pero también una estela de resentimientos en aquellos sectores que se sintieron despreciados por su mirada implacable. No obstante, la Argentina le debe mucho: su obsesión por la educación moldeó el destino del país más que cualquier otro legado.

Sarmiento sigue siendo un enigma. No se lo puede amar ni odiar sin matices. Fue el que quiso imponer la civilización sin comprender del todo al país que pretendía cambiar. Fue el maestro que soñó con escuelas en cada rincón, pero también el político que no tuvo paciencia para entender a su propio pueblo. Un alborotador incansable, un visionario contradictorio, un hombre que, con todas sus sombras, sigue iluminando la historia argentina.