“Porque la cultura, por dimanar inmediatamente de la naturaleza racional y social del hombre, tiene siempre necesidad de una justa libertad para desarrollarse…»
“Porque la cultura, por dimanar inmediatamente de la naturaleza racional y social del hombre, tiene siempre necesidad de una justa libertad para desarrollarse y de una legítima autonomía en el obrar según sus propios principios” (Gaudium et Spes, 59).
En pretendida elevación del concepto, el intento será discurrir sobre el aspecto espiritual y moral del arte, lo cual, de hecho convierte a cualquiera de sus manifestaciones en un hecho humano invalorable.
Giovanni Gentile, filósofo italiano, caído durante la trágica noche de la guerra civil italiana, sentenciaba que “el arte es siempre la gran educadora del género humano”. Es que el arte –y el artista- posee una independencia y una autonomía que la impulsan más allá de los vaivenes de la política, aún más, el espíritu subyacente en el arte supera a la sociedad misma. El artista, siguiendo a Platón en el concepto, sería algo así como el “demiurgo” que se coloca entre la visión beatífica y la sociedad para modelar una sombra de aquello que vive en el corazón de los hombres pero que no todos pueden llevar a plano de la realidad. Así, el artista se convierte en una suerte de “vocero de los dioses”, llegando incluso a anticipar los fenómenos que acaecerán al género humano. El arte es profecía, por qué no.
El arte identifica el espíritu de una época, porque muestra el perfeccionamiento moral del hombre, esto es, una moralidad del arte, o bien denuncia su decadencia; sino, baste ver las expresiones “artísticas” de la sociedad actual, algunas rayanas en la inmoralidad. De donde diremos también que el concepto de arte es subjetivo. En su momento el Juicio Final de Miguel Ángel fue un escándalo, o bien hoy, cualquier expresión depravada es considerada una obra de arte.
Fue Platón el primero en negar moralidad al arte; así afirmaba en la República que el arte no es sino una imitación (mimesis), contraria a la educación, por lo tanto los artistas debían ser excluidos de la vida del Estado. Curioso, alguno hoy parece estar pensando lo mismo…
Para Platón el arte era contrario a los dioses porque les adjudicaba vicios y pasiones humanas. Si este pensamiento hubiera continuado vigente, no habría existido el Renacimiento, por ejemplo. Decía también que el arte siendo una consecuencia de los afectos, favorecía las pasiones y alejaba al hombre de sus fines.
Aristóteles, discípulo de aquel, por el contrario, sintió especial afición por el arte, al cual consideraba una virtud. Al clasificar las virtudes en éticas y dianoéticas, entre las segundas colocaba al arte en tanto capacidad de saber hacer o producir de manera racional. La inclusión del arte entre las dianoéticas es porque tienen que ver con el alma intelectiva, y esto es lo que hace único al ser humano entre todos los demás vivientes. Así, el arte se ubica entre las cinco capacidades humanas que corresponden al buen empeño de la parte racional del alma junto a la ciencia, la sabiduría, la inteligencia intuitiva y la prudencia. Casi nada. Quien haya podido comprender este párrafo, entenderá que lo que sigue es historia pura y porqué los artistas fueron considerados seres tan especiales entre los pueblos antiguos.
Cicerón sostenía que los griegos ya lo habían pensado todo, que no cabía agregar nada más y cuánta razón tenía. Fijémonos entonces que los griegos en esa excelsitud a la que llevaron al pensamiento, hicieron del arte un culto y una finalidad a alcanzar a través de la cual mantuvieron vivo por varios siglos el sentimiento religioso y nacional.
Si tan sólo la sociedad actual pudiera volver a valorar a sus artistas según lo hacían los griegos, esta discusión ni siquiera hubiera existido. Para el griego, los artistas no eran simples mortales sino criaturas privilegiadas en las cuales “hablaba un demonio” y su arte era por lo tanto el vínculo entre ellos, mortales y la divinidad.
Los romanos, gente práctica si las hubo, no tenían estas preocupaciones. Para ellos la vida pasaba por la guerra y el sometimiento de los pueblos para engrandecimiento de su imperio. Sin embargo, cuando hacia el 140 a. de C. invadieron Grecia, quedaron estupefactos por la belleza de aquellas ciudades y se llevaron cuanto pudieron para adornar a Roma de manera similar, lo que valió aquel dicho que señalaba que “la cautiva Grecia, cautivó a Roma”.
Así tenemos la primera gran lección política de la historia en Augusto, que como estadista que era, comprendió que era necesario contar con hombres de ingenio que contribuyeran al remozamiento de la vida social, por eso se rodeó de artistas y de poetas ya que estaba convencido de que el arte era moralmente sano. Surgirán así las figuras de Horacio y de Virgilio, éste último a quien Dante Alighieri elige como su guía y maestro cuando inicia su tránsito al más allá a través del Infierno. La posteridad latina llamaría a Horacio “Horatius quasi monacus” y reconocería en Virgilio los valores de la moralidad y la pureza.
Con el advenimiento del cristianismo cuya impronta principal residía en la valorización del espíritu humano, el arte encontrará el espacio necesario como que era resultado de las más altas aspiraciones espirituales. Antonio Canova (1757-1822), escultor italiano, señalaba que “Todas las religiones se nutren del arte, pero ninguna como la nuestra”
Entre los Padres de la Iglesia el arte fue igualmente valorado. Tertuliano (155-230), quien a pesar de haber sido ordenado presbítero y siendo líder de la Iglesia, se casó, según consta en dos obras dedicadas a su esposa (el celibato no estaba en los planes todavía), nunca negó el valor del arte en cuanto fuera sano y moral. En un mismo sentido opinaba San Agustín, incluso más, consideraba al arte como el “medio más eficaz y una de las de las vías más expeditas para reconducir al Creador a la propia criatura”.
Santo Tomás, definió la belleza que emana del arte “como esplendor de bondad y como aquello que agrada a la vista”. Un objeto será bello porque nosotros lo sentimos, de ahí que el arte no sea para entendidos sino para sensibles, ¡cuidado con esto! Lo decimos así porque existe la tentación de identificar arte y cultura con clase o rango social elevado, y nada está más lejos; el Concierto 21 de Mozart puede emocionar a un simple y resultarle indiferente a un encumbrado profesional, por ejemplo.
Guido de Arezzo (840-930), monje benedictino fue un teórico musical considerado figura central de la música medieval, quien a partir del “Himno de la Natividad” (Ut queant laxis) tuvo la idea de emplear la primera sílaba de cada frase para identificar las notas con que se entonaban abriendo el camino a la gran música sacra y profana, según se anota actualmente.
Durante el Medioevo el arte encontrará los puntos más altos de su expresividad, de hecho, el arte en su versión sacra será el instrumento de “propaganda” del cristianismo, utilizado nuevamente desde el 1500, luego de la Reforma de Lutero, para contrarrestar los efectos del protestantismo. Esta necesidad de mostrar la piedad y en cierta forma forjar en los espíritus un sentimiento de temor en los simples que para entonces constituían la mayoría de la población, explican esas lacerantes escenas de santos cadavéricos con mirada perdida en las alturas, Gólgotas de fondo negro y Vírgenes dolorosas. Benedetto Croce (1866-1952), escritor, filósofo, historiador y político italiano, nos da razón de esto último cuando dice que el arte medieval fue “un narcótico que adormeció el verdadero arte y la búsqueda estética”.
El Renacimiento celebrará el arte como ningún otro movimiento en la historia: Cimabue (1240-1310), inicia la Escuela florentina del “Trecento” y se destaca como pintor y creador de los mosaicos florentinos; Giotto di Bondone (1267-1337) fue escultor, pintor y arquitecto, uno de los primeros en sacudirse las limitaciones del arte medieval. Simone Martini (1284-1344), perteneció a la escuela Sienesa, lo mismo que Duccio di Buoninsegna, Lippo Memmi, que dominaron el color, siendo notables calígrafos de miniaturas; y así Duccio, Cavallini, Lorenzetti, en fin, hasta las cumbres tan conocidas de Miguel Ángel, Rafael, Donatello, Leonardo, etc.
No se puede dejar de mencionar la obra con la cual se considera que se inicia la literatura y la lengua italiana, “il Cantico delle Creature” de San Francisco de Asís, como tampoco las “Laudi” de Jacopone di Todi.
Será con Dante Alighieri que el arte alcanzará la idealidad religiosa con la “Commedia”, llamada luego “Divina” por su amigo Giovanni Boccaccio, quien junto a Francesco Petrarca conforma ese trípode extraordinario de una literatura insuperable, cargada de elogios al amor y lo divino.
Entre las opiniones más modernas sobre el arte, Emanuel Kant (1724-1804) identificará el arte con la belleza que es totalmente espiritual. Georg Hegel (1770-1831) en una de las definiciones más contundentes considera al arte como “uno de los medios de ser del espíritu”. Y Henri Bergson (1859-1941), escritor y filósofo francés, Premio Nobel en 1927, sostiene que el arte tiene una función “esencialmente cognoscitiva, capaz de revelar al hombre la íntima realidad de las cosas”. Ojalá pudiéramos abundar sobre la profundidad de esta última frase.
Qué es esto sino un pobre relato que marca apenas algunos puntos que la subjetividad del autor propone por parecerles como hitos; veáse nada más que al arte le corresponde una Historia del Arte, una Filosofía del Arte, incluso una Teología del Arte, ¿no podemos predicar acaso el arte en grado excelso respecto de la misma Creación? ¿No es el hombre mismo una obra de arte, un compendio de las ciencias que camina?
Preguntémonos por último, ¿puede el arte ser inmoral? Responderemos afirmativamente, claro que sí. El arte y el artista pierden su sentido trascendente cuando la obra va contra las leyes de la ética y cuando no contribuye al perfeccionamiento del hombre. En nuestro tiempo donde lo prohibido pronto parece que será obligatorio, escuchamos predicar de la pornografía incluso “sentido artístico” cuando la exposición de los cuerpos es “cuidada”.
Así como el arte constituyó el ariete de la conversión espiritual o de la lucha de valores en determinados momentos históricos; también puede resultar en destructiva creación cuando cae en la desenfrenada exaltación de los vicios y de la sensualidad. Podríamos decir que las pinturas de la Capilla Sixtina son sensuales, porqué no; pero tienen el límite ético del mensaje que transmiten.
Si el arte es la expresión del tiempo histórico, aceptemos que transitamos el tiempo de la decadencia de la Cultura Occidental y Cristiana. No hace falta más que ver alrededor y ejemplos se hallarán por doquier.
De allí que consideremos imprescindible y necesario que los gobiernos provean el cuidado por sus artistas, por los buenos artistas, por aquellos que conservan el espíritu de sus antecesores en cuanto tesoro de las tradiciones populares, como referentes del espíritu creador “a imagen y semejanza”, como dice el Génesis. Quien no pueda comprender estos conceptos, puede tener el cerebro repleto de conocimientos, pero su alma está como la tierra cansada o infértil, será incapaz de emocionarse frente al hecho artístico.
Sencillamente porque el arte no es para eruditos, es para sensibles.