ERNESTOBISCEGLIA.COM.AR – POR ERNESTO BISCEGLIA. – He de anticipar que no comulgo absolutamente en nada con el pensamiento de Osvaldo Bayer. Diré más, en cierta ocasión, me hallaba en la Plaza de Mayo circunstancialmente, en ocasión de un acampe de las Madres de Plaza de Mayo, que cerraban con un acto esa manifestación. Allí, alguien me presentó a Hebe de Bonafini, y digo, que fue de las impresiones más desagradables que tuve. El cierre de acto tuvo como oradores a esta mujer y a Osvaldo Bayer. Un discurso reaccionario, violento, incitando a la turba al levantamiento…, en fin. Un caos. Era el día 18 de diciembre de 2021.

Pero la obra de, Osvaldo Bayer, «La Patagonia Rebelde», es un libro impecable en mi concepto. Denunció allí los abusos del Ejército y la complicidad de los grandes terratenientes con el poder político y económico manejado por los ingleses en la Patagonia. Puede gustar más o menos su enfoque, pero lo innegable es que su libro se convirtió en un ícono de la literatura política argentina. Su relato sobre la represión de los peones rurales en el sur del país permitió que una parte de la historia que había sido silenciada saliera a la luz. Que hoy se pretenda borrar su memoria derribando su monumento constituye un acto de regresión que nos recuerda los peores momentos de nuestra historia.
No puedo dejar de pensar que se tira este memorial abajo porque el gobierno actual piensa igual que aquellos que ordenaron aquella masacre.
Lo digo así porque considero que es un acto que trasciende la figura del escritor y nos enfrenta a un problema mayor: la censura y el peligro de instalar un pensamiento único impuesto por la fuerza. No se trata aquí de defender las ideas de Bayer ni de coincidir con su mirada histórica, sino de reconocer que una sociedad democrática se construye a partir de la convivencia de distintas voces, no de la eliminación de aquellas que incomodan al poder de turno.
La censura, en cualquiera de sus formas, es siempre un síntoma de debilidad de quienes la ejercen. La Revolución Libertadora, con su afán de borrar toda huella del peronismo, prohibió palabras, exilió figuras y persiguió artistas. Más tarde, la última dictadura militar directamente quemó libros, secuestró intelectuales y desapareció personas para eliminar cualquier rastro de pensamiento crítico. En todas estas instancias, el resultado no fue la desaparición de las ideas, sino el fortalecimiento de su resistencia.
La Libertad de pensamiento jamás se puede suprimir con decretos ni con topadoras, menos todavía con balas.
El debate de las ideas, el intercambio cultural y la pluralidad de expresiones son los pilares de cualquier sociedad que aspire a llamarse democrática. La cultura no es un bloque monolítico donde sólo caben las visiones cómodas para el poder. Es un espacio en permanente construcción, donde las voces se encuentran, se contradicen y se enriquecen unas a otras. Derribar estatuas, prohibir libros o borrar rastros de figuras incómodas solo habla de una sociedad que teme a su propia historia.
Pero más preocupante aún es lo que este acto simboliza: una alerta de que el autoritarismo encuentra nuevas formas de manifestarse. Si hoy se justifica la eliminación de un monumento, mañana se podrá justificar la quema de libros, la persecución de artistas o la censura de quienes piensan distinto. La historia nos ha enseñado que cuando la intolerancia avanza sobre la cultura, lo que está en peligro no es sólo una estatua, sino la libertad de todos.
Es momento de preguntarnos qué clase de sociedad queremos construir. ¿Una donde las diferencias se resuelven con el diálogo y el debate, o una donde la fuerza impone qué es lo que puede o no puede recordarse?
Por una parte, este acto de barbarie es una contradicción a lo que pretenden llamar “pensamiento liberal”. El liberalismo, y citaré palabras del propio presidente, Milei, es: “El respecto irrestricto al proyecto de vida del prójimo”. ¿Así se respeta irrestrictamente al que piensa distinto?
La verdadera democracia no teme a las ideas, las enfrenta con argumentos. Quienes eligen la censura revelan, en el fondo, su propia inseguridad. Y cuando el miedo gobierna, la libertad se convierte en la primera víctima. –