Si al final de cuentas, Jesús es judío ¡qué tanto!

POR ERNESTO BISCEGLIA. – «Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces; pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir como hermanos» Martin Luther King

Desde hoy y hasta el 29 de este mes, la colectividad judía celebra en todo el mundo la Festividad de las Luminarias, conocida como Jánuca. El rabino Tzvi Grunblatt explica el espíritu de esta celebración diciendo que: “pocos pueden contra muchos cuando se trata de la convicción en lo que es la fe judía y la espiritualidad”.

Rescato de la frase las siguientes palabras: “pocos pueden contra muchos”; “convicción”; “fe” y “espiritualidad”. Ahora pregunto a la Asamblea (permítanme llamarlos así) ¿estas palabras no tienen contenido universal? Si, claro que si. Luego, ¿no somos los cristianos hijos directos de la fe de Moisés, desprendimiento dilecto del tronco de Abraham, herederos de las profecías de Isaías y los demás profetas del Antiguo Testamento? Desde nuestra óptica diremos a la luz de la fe que nuestros hermanos judíos tienen un vacío teológico por no haber aceptado aún la llegada del Mesías, pero todo es una cuestión de tiempo y de fe, temas que no son objeto de nuestro tratamiento hoy.

Antes de continuar, ilustrémonos con la historia de la celebración de Jánuca. Hacia el 175 a. de C es coronado como rey de Siria Antíoco IV Epífanes (aunque la historia arranca anteriormente con las conquistas de Alejandro Magno), soberano decide helenizar al pueblo de Israel, es decir, privarlo de sus tradiciones y costumbres. Como suele ocurrir con toda dominación, siempre un grupo de rebeldes se alza contra el enemigo, éstos fueron los Macabeos, nombre proveniente de su líder Yehudá Macabi. Podemos decir que aquella fue una confrontación de índole netamente religiosa. Los judíos constituían ciertamente una minoría frente a la poderosa maquinaria bélica de los griegos, no obstante ello, la habilidad estratégica, pero sobre todo su convicción religiosa lograron el triunfo para los hebreos. Cuando éstos regresan a Jerusalén comprueban que sus sinagogas y el Templo han sido ultrajados y destruidos y la Menorá apagado. Digamos para quienes no conocen, que la Menorá es un candelabro de siete brazos, cuyo diseño según la Torá le fue revelado por Dios a Moisés. Otra versión halla en una planta, la moriah que siete ramas su origen y Maimónides sostiene que la que se hallaba en el Templo tenía los brazos rectos y no curvos, aunque testimonios de la época (Flavio Josefo) junto al relieve que se halla en el Arco de Triunfo de Tito donde se documenta el momento en que fue llevada a Roma luego de destruido el Templo la representan con curvas. Se dice que representa los arbustos en llamas que contempló Moisés en el Monte Sinaí (Éxodo, 25). Pues, apagada que estaba los judíos contaban con aceite para mantenerla encendida un solo día y fabricar más aceite les llevaría al menos ocho días más. Así, la Menorá se mantuvo encendida los ocho días restantes hasta que tuvieron más aceite.

“¿Cómo podremos combatir siendo tan pocos con una multitud tan poderosa”, se preguntaron; el profeta Zacarías responde diciendo algo que debiera resultarnos a todos muy significativo cuando enfrentamos problemas que parecen superarnos, dijo Zacarías: “Ni con ejército, ni con fuerza, sino con mi espíritu”. De allí entonces, que si bien Jánuca es una fiesta instituida para conmemorar la rebelión de los Macabeos, tiene un contenido espiritual mucho más profundo, un sentido de arraigo cultural y hasta me atrevería a decir patriótico, porqué no. En lo esencialmente espiritual, la llama de Jánuca representa la vigencia histórica del pueblo judío a lo largo de los siglos, raza siempre perseguida, esclavizada y amenazada con la extinción. Recordemos que actualmente quienes sienten ese deseo como una misión profética son los iraníes que prometen “hacer desaparecer de la faz de la tierra a Israel”. Pobres, no han leído la historia, ni siquiera Roma pudo, ¿qué queda para ellos?

En este punto entramos en la cuestión. ¿Somos cristianos? Sí, gritarán al unísono, ¿Conocemos nuestras raíces? Un silencio obtendremos por respuesta. Porque el cristianismo nace en el seno de esa tierra recuperada por los Macabeos y un judío, Pablo de Tarso lo difunde por el mundo helénico, piedra basal de nuestra cultura y así llega hasta nuestros días.

Son judíos quienes lo predican entre los gentiles y paganos, quienes convierten a los politeístas romanos en su propia capital imperial, Pedro y Pablo que pagaron con la vida esa valentía. Lo recogemos nosotros a través de Colón y así lo practicamos hasta hoy. Toda nuestra religión cristiana y católica (catós=universal) rezuma judaísmo. Cristo, judío hasta la médula, proveniente de la Casa de David, es decir regia estirpe judía. Veneramos y proclamamos ¡A Cristo por María!, una doncella judía. Los Doce, todos judíos y así.

En el Libro de los Reyes se relata la construcción del Templo de Jerusalén y sus características. Allí se dice tenía dos columnas al ingreso, tras ellas el Ulam o vestíbulo de entrada, luego la estancia principal o Heijal iluminado por altas ventanas. La tercera cámara (Devir) o Santo de los Santos (sancta sanctorum) estaba en la parte trasera. Allí se encontraba el Arca de la Alianza, sitio cubierto por un velo (“…he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo” (Mt. 27, 51-52) y más alto que el piso del Heijal. Al ingreso se hallaba la fuente de las ablusiones donde los sacerdotes se purificaban antes de ingresar. Cuando ingresamos a nuestros Templos católicos, las iglesias más antiguas tienen columnas antes de la puerta, inmediatamente nos recibe una pila donde se halla agua bendita para purificarnos, el cañón alcanza hasta donde se halla el sagrario en cuyo interior se deposita la Hostia consagrada, cuya puerta suele tener una “cortinita”, y que siempre se halla a mayor altura del piso. Como vemos, en muchos aspectos todavía conservamos reminiscencias del sacerdocio levítico.

Podríamos llenar hojas describiendo nuestra historia común, somos esencialmente ramas de ese tronco. Una de las contradicciones de nuestra historia política más reciente nos muestra cómo los judíos fueron perseguidos por aquellos que se adjudicaron la defensa de los valores del Ser Nacional cundo se escribía en las paredes aquello de “haga patria, mate un judío”y firmaba este disparate alguna organización de alucinados fundamentalistas nacionalistas y católicos, que de lo último no tenían nada y de nacionalistas tampoco. Con lo bien que está ser nacionalista y católico, siempre que uno sea moderado y respetuoso de quien no piensa igual, como en todo, bah.

El problema radica consiste en separar la mies de la cizaña, cuando mezclamos la política, el poder y el dinero, puede ser tan peligroso un musulmán (lo estamos viendo en estos días), un judío o un ferviente y apasionado católico. Pero si situamos a los hombres desde el punto de vista espiritual el encuentro no sólo es posible sino necesario. Lo ha demostrado ese magnífico pontífice, insuperable en mi criterio, Juan Pablo II con la Jornada de Oración por la Paz en Asís o cuando visitó la sinagoga de Roma.

El Evangelio, la Buena Nueva está dirigida a “todos los hombres de buena voluntad”, y de eso se trata de buena voluntad. San Agustín decía que no se ama lo que no se conoce, no conocemos al pueblo judío, su rico acervo cultural. Son judíos los hombres que cambiaron la óptica del mundo en su momento, Jesús, el primero, Carlos Marx, Sigmund Freud, Albert Einstein y tantos más que podemos alistar.

Tal vez haya quienes desconocen que en la Nochebuena, mientras muchos de nosotros nos reunimos alrededor de una mesa paganizada por confituras y manjares groseramente calóricos y libamos hasta perder el conocimiento, hay familias judías que se reúnen a pasar la Nochebuena como símbolo de respeto a la religión del país que los alberga. Cuando el próximo 6 de enero nuestro Vicario Monseñor Dante Bernacky celebre sus bodas sacerdotales, habrá judíos en la ceremonia. Y qué quiere que le diga, a mí me parece fantástico.

Para quienes no sepan, el año pasado falleció el cardenal Jean-Marie Lustiger, príncipe de la Iglesia Católica, ¿y sabe qué?, era judío. En su funeral en la Catedral de Notre Dame (no en una iglesia de pueblito) el oficio de difuntos se inició con el canto litúrgico del Kadish, la oración judía para los muertos.

Entonces, ¿cuál es el sentido de esta nota? En la proximidad del Día Universal de la Paz (1 de enero) proclamado por los Papas, es una ilusión, un canto a la tolerancia y una invitación a la concordia. Todos, judíos, cristianos o musulmanes y aquellos de otras confesiones habitamos el mismo planeta, nuestro destino se une y se resume en la suerte de la tierra que pisamos. Hay judíos que han adoptado niños huérfanos abandonados por cristianos y les han dado un nombre, una patria, Israel, pero han tenido la honorabilidad de dejar librado a su elección la religión, y para mí eso es grandeza. Hay cristianos que acogieron a judíos desesperados durante la Shoa, y personalmente comparto mesas con hombres y mujeres de estas confesiones, y no discutimos, intercambiamos ideas, aprendemos unos de otros, nos preguntamos y nos hacemos explicar.

Sólo los fanáticos, los intolerantes, los mesiánicos y los discapacitados espirituales que se unen en logias fundamentalistas creyéndose elegidos del Señor discriminan, persiguen y hasta asesinan en nombre de un Dios del que predican su Amor. ¿Existe algo más absurdo? La Inquisición ya hizo esto y Juan Pablo II pidió perdón a la Historia por ello.

Los hombres somos como los colores del arco iris, cada uno es diferente y en sí mismo es hermoso, pero cuando se unen forman el cuadro más sublime que podemos contemplar. Es la Alianza que Dios trazó con los hombres luego del diluvio. Así es la humanidad, cuando cada uno, conservando su color puede unirse al otro, juntos forman la Humanidad que como el arco iris, son los colores de Dios.

Por eso me asocio a la celebración judía respetuosamente, como del mismo modo algunos judíos harán el 24 a la media noche. En un mundo que se desangra cada día más, esta es una invitación a que el espíritu del Señor Jesús que en el Evangelio de San Juan ordenó el onceavo mandamiento “Amaos los unos a los otros” penetre las conciencias y los corazones para que hagamos de nuestras vidas algo sustentable y con posibilidades de proyección. Porque en el fondo provenimos de la misma Casa.

El pueblo de Israel es la nación más perseguida y devastada de la Historia, ni siquiera la diáspora pudo disgregarlos ni el Holocausto exterminarlos. El Vaticano –espiritualmente hablando, se entiende- representa la gran Asamblea cristiana fundada por Cristo (“Tú eres Pedro, y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia” (Mt. 16, 18-20), es el único imperio universal presidido por un monarca absoluto que se mantiene en pie cuando todos los demás han caído. Pese a las atrocidades que ha cometido, continúa vigente y robusto. Por algo será… ¿un destino final común, quizás?

Shalom, Shalom