Salta y «La Virgen del escándalo»

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

En diversas oportunidades supimos pronunciarnos sobre la cuestión de la llamada “Virgen del Cerro”. Conviene declarar que no lo hacemos desde una mirada interesada sobre la veracidad o no del asunto, porque en el fondo no nos preocupa como tal, sino su impacto como comunidad. Una vez más, una situación espiritual se convierte en noticia —siempre luego de adquirir alcance nacional—, colocando el nombre de los salteños como contendientes en una cuestión que debiera sumar para la paz.

La rigurosidad religiosa sobre el aposentamiento mariano en el cerro es, al fin de cuentas, una cuestión de católicos, pero que provoca una alteración en el humus simbólico que sostiene la vida comunitaria.

En alguna oportunidad, un alto prelado de la Curia local supo consultarnos qué pensábamos de esto. Respondimos entonces que sería un acto de soberbia negar de plano que la Virgen realmente descienda, porque carecemos de elementos para juzgarlo así. Pero tampoco los tenemos para afirmar que ello suceda efectivamente. La conclusión —en nuestro ver y sentir— es que la fe es una Gracia personal del Padre, una vivencia íntima, profunda y única.

Por lo tanto, si las personas suben al cerro y se curan, encuentran consuelo a sus aflicciones, levitan o alcanzan elevaciones hacia otros planos astrales, y en ello va su bienestar espiritual y corporal, pues ¡aleluya! Celebremos por ellos.

El problema comienza cuando interviene esa institución llamada Iglesia Católica, cuyos intereses —al parecer— están más cercanos al manejo de las mentes (y con ellas los espíritus) y, sobre todo, de los dineros de los fieles: “jueguen con el santo, pero no con la limosna”.

Porque preguntémonos: ¿qué inquieta más al muchacho del solideo arzobispal? ¿La eventual presencia de la Virgen o el monumental negocio que se habría tejido detrás de su santo manto?

Aquí es donde se dividen las aguas. Si la preocupación hubiese sido eminentemente pastoral, litúrgica y teológica, el pastor debería haber “apacentado a las ovejas” (Jn. 21, 15–17). Por el contrario, eligió el camino del conflicto (cf. Mt. 23), del abuso de poder (Mt. 23, 5–7) y de una forma de violencia ejercida contra mujeres consagradas, hoy además judicialmente encausada como violencia de género, algo que el Evangelio condena con claridad (cf. Jn. 8, 1–11). Tres actitudes claramente reprobadas en las Escrituras.

En síntesis, “apacienta mis ovejas” define la ética del poder eclesiástico.

Los pecados del poder eclesiástico de Salta

Analicemos a la luz de la Palabra este espinoso asunto. En Mateo 23, 5–7, Jesús advierte que el poder religioso que se exhibe ya está corrompido:

“Todo lo hacen para que los vea la gente… les gusta el primer lugar en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas.”

Jesús no critica el rito, sino la vanidad del cargo. Ejercer un cargo ejerciendo presión y violencia convierte a la función pastoral en poder, en lugar de Autoridad. Cuando el ministerio se vuelve escenografía, deja de ser servicio y pasa a ser dominación simbólica. Es abuso cuando el poder se mira a sí mismo.

En Mateo 23, 8–10, Jesús dinamita la institución al desacralizar la jerarquía cuando ésta rompe la fraternidad:

“Uno solo es su Maestro, y ustedes son todos hermanos.”

El abuso aparece cuando la autoridad se coloca por encima y no en medio; cuando deja de ser vínculo y se vuelve distancia.

Luego, la violencia ejercida sobre las monjas del Carmelo de San Bernardo, si bien no encuentra en el Evangelio la tipificación moderna de “violencia de género”, sí halla en Jesús una posición clara y severa contra toda forma de violencia, humillación y cosificación ejercida sobre las mujeres, precisamente en una cultura donde esa violencia era normal, legal y religiosa. He aquí lo disruptivo del cristianismo: la puesta en valor social y espiritual de la mujer.

Esta consideración se expresa con claridad en Juan 8, 1–11, en el episodio de la mujer adúltera. Allí, la mujer es expuesta, arrastrada y utilizada como objeto pedagógico y disciplinario por varones con poder religioso. Exactamente lo que ha ocurrido al exponer a mujeres consagradas, violentar su claustro y arrastrarlas al escarnio público.

Si Jesús, frente a una mujer considerada públicamente como pecadora, sentencia:

“El que esté sin pecado, que arroje la primera piedra”,

No discute la ley: desarma el acto violento, el linchamiento moral y la hipocresía masculina. ¡Cuánto más grave resulta haber ultrajado el celo de mujeres consagradas!

El escándalo continúa

La intolerancia y la soberbia del tonsurado mayor han dejado una estela que no cesa de propagarse. Continúan las acusaciones, las vejaciones espirituales y una nefanda disputa por el lucro. ¿Es un mega negocio privado el culto de la Virgen del Cerro? De ser así, será responsabilidad de quienes hayan urdido —si ello fuera cierto— esta aparición para lucrar con la necesidad ajena.

Lo que siempre debió evitarse es la violencia que condujo al escándalo, al escarnio público y, sobre todo —lo más grave—, al daño en la fe de los más simples.

El escándalo como crimen mayor

En Mateo 18, 6, Jesús condena taxativamente el escándalo:

“Al que escandalice a uno de estos pequeños…”

Aquí el abuso de poder deja de ser un problema interno de jerarcas ensotanados y adquiere la dimensión de delito moral, porque destruye la confianza, la fe y la comunidad.

Por eso Jesús reserva aquí su imagen más brutal. El poder religioso que hiere no se equivoca: peca gravemente. Y advierte en Juan 10:

“El asalariado huye… porque no le importan las ovejas.”

¿Estamos ante un pastor o ante un asalariado? Frente al lobo, ¿le importan más las ovejas o la bolsa?

Jesús es claro: el abuso también es abandono, indiferencia, cálculo. No hace falta violencia explícita: basta con no cuidar. En el Evangelio, el abuso de poder religioso no es un exceso pastoral: es una traición. Toda autoridad que domina, divide o humilla deja de ser pastoral y se convierte en escándalo.

Por eso conviene cerrar este escrito con una frase que invita a todos a meditar —y a algunos a examinarse—:

“Apacienta mis ovejas.” (Jn. 21)

“El que tenga oídos para oír, que oiga.” (Mt. 13, 9)