Salta secreta y las historias que la ciudad susurraba por la noche: La campaña que sonó sola

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

La nuestra fue una generación que veneró a los viejos. De chico, visitaba a las amistades de mi madre, o pasaba horas en la noche en la finca, a la luz de esas lámparas a kerosén, escuchando al abuelo. También, me escurría hacia las estufas del tabaco, entonces a leña, donde el crepitar de la madera y el humo le daban al ambiente un tono -para uno chico-, casi fantasmagórico. Allí, la peonada desgranada historias deliciosas que mi memoria atesoró hasta ahora.

Recuerdo que en alguna tertulia realizada en mi casa, lindante sus fondos con el Convento San Bernardo, alguno de los mayores, dijo: ¿Te acordás cuando la campaña de las monjas sonó sola?

Segun comentó aquel parroquiano, transcurría una fría noche del invierno de 1932, cuando la ciudad de Salta ya dormía bajo el silencio espeso de las calles empedradas entre medio de las cuales brillaban los rieles del tranvía cuya estación estaba en el solar que fuera la usina, hoy un centro cultural.

Era aquella una ciudad con faroles eléctricos aún escasos, tranvías tardíos, cafés con humo de cigarro negro y una tranquilidad provinciana sólo interrumpida por el paso de alguno de los primeros  Plymouth de la época.

Era la Salta que después de las once de la noche se recogía en las casas con los postigos “cerrados a machete”. Más aún durante los inviernos.

Así, se contaba que ocurrió algo que durante años se comentó en voz baja en los cafés del centro. Cierta vez, cerca de la medianoche, la vieja campana del Convento San Bernardo comenzó a sonar.

No fue un tañido cualquiera. Dicen que sonó tres veces. Lento. Grave. Como un aviso.

Lo extraño era que el convento ya estaba cerrado desde hacía horas y la única portera dicen que juró después -con esa serenidad obstinada tan propia de las monjas-, que nadie había tocado la cuerda. Y había que creerle, porque las Carmelitas (aún hoy lo hacen) se regían por el régimen de las horas canónicas: Laudes y Maitines, al filo del amanecer. Tercia, como a las nueve de la mañana. El Angelus, al mediodía; que dicho sea de paso, alguna vez en niño me tocó escuchar y me dejó grabada aquella letanía: “El Ángel vino de los Cielos, y a María le anunció, el gran misterio del Verbo…”.

La campana volvía a sonar para marcar la hora Nona (tres de la tarde) y por fin, Vísperas y Completas, como a las siete de la tarde. Luego de eso, las monjas se retiraban a sus claustros y sólo quedaba una sola en la guardia al Santísimo. Han de saber que en estos claustros, las monjas rezan las 24 horas al Santísimo y se van turnando.  

¿Quién entonces tocaría la campaña a la medianoche?

La historia consigna que algunos vecinos de la zona dijeron haber visto, poco antes, a un hombre vestido con traje oscuro subir lentamente por la calle que conduce hacia el cerro, caminando con un bastón, como si cargara años o culpas.

Nadie volvió a verlo nunca más.

Dos días después, en una casa antigua del barrio ubicada en la esquina frente al convento, apareció muerto un viejo comerciante español. Sobre la mesa de su despacho había dejado una carta que nunca se hizo pública.

Lo curioso fue que el entierro se celebró en absoluto silencio y sin misa.

Pero entre los viejos de la ciudad quedó una sospecha: que aquella campana había sonado no para llamar a los vivos, sino para anunciar el final de una historia que venía arrastrándose desde hacía décadas.

Porque, según decían algunos, el comerciante había participado -muchos años antes- en un oscuro negocio relacionado con viejas propiedades del centro, terrenos que alguna vez pertenecieron a los jesuitas.

Y en Salta, cuando se habla de bienes de los jesuitas, siempre aparece la misma palabra susurrada en los patios coloniales: tesoro.

Hoy, en esa casa que durante décadas permaneció cerrada -una casa donde jamás vimos entrar ni salir a nadie- funciona un conocido café frente al convento.

Las mesas ocupan ahora el lugar donde alguna vez estuvo el viejo escritorio del comerciante. Los parroquianos conversan, las tazas tintinean y la ciudad parece haber olvidado aquella historia.

Pero hay noches de invierno, cuando el silencio vuelve a posarse sobre las calles de Salta, en que alguno de los vecinos más antiguos levanta la cabeza de pronto, como si hubiera oído algo.

Y entonces, muy quedo, casi en un susurro, dice lo mismo que decían los viejos de antes:

—¿Escucharon…?

Porque hay quienes aseguran que, cuando la noche está muy quieta, todavía se oyen tres golpes lejanos de aquella campana.

© – Ernesto Bisceglia

Ernesto Bisceglia es periodista, escritor y docente. Autor de una extensa producción ensayística y narrativa sobre historia argentina, pensamiento político y cultura cívica, cuenta con más de treinta obras reconocidas con premios nacionales e internacionales. Como columnista y conferencista, aborda el presente desde una perspectiva histórica orientada a comprender las transformaciones del poder y la identidad argentina. Dirige www.ernestobisceglia.com.

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