Salta: se avecina la cruzada contra el nariguetazo

POR: EVARISTO DEL CARRIL ANCHORENA UNZUÉ – Jefe de Redacción – www.ernestobisceglia.com.ar

Si bien mi contrato con la Casa Editorial Bisceglia Editorial -y mi obligación moral como Jefe de Redacción de este prestigioso sitio de opinión, que se precia de la seriedad, la objetividad y un nivel de erudición periodística sin concesiones al facilismo- establece con claridad la entrega de una nota semanal cada domingo, debo confesar que la realidad política salteña tiene un ritmo tal que vuelve imposible respetar el calendario sin violentar la conciencia profesional.

Porque en esta Leal y Noble Ciudad de Salta los acontecimientos no se suceden: se atropellan.

No había terminado aún de aquietarse la espuma del Río Bermejo –con funcionario incluido intentando «mimesiitarse» con el paisaje- cuando una nueva noticia nos provoca un sismo institucional capaz de desestabilizarnos hasta la silla turca: el señor Gobernador de la Provincia, Dr. Gustavo Sáenz, ha firmado un Decreto de Necesidad y Urgencia disponiendo que todos los funcionarios de los tres Poderes del Estado deberán someterse a exámenes toxicológicos obligatorios.

La medida estremece. Y obliga, sin exagerar, a ponerse de pie para aplaudir.

Porque convengamos en algo elemental: los asuntos públicos no pueden quedar librados a manos de personajes que llegan a los despachos flipando, ni a decisiones adoptadas con el mismo arrobo con el que Vincent van Gogh pintaba girasoles bajo estados de ánimo, digamos, intensos.

Saludamos entonces la decisión del gobernador Sáenz, porque ya era hora de admitir -aunque sea por vía administrativa- que la función pública no es un retiro espiritual ni un festival sensorial, y que ser funcionario no consiste en ejercer el cargo con la sonrisa mística del que acaba de descubrir colores nuevos en el aire de su oficina, o llega al despacho en un estado de beatitud comparable al de quien contempla elefantes rosados volando sobre la Plaza 9 de Julio, mientras la cuestión social – que no es una metáfora- arde sin anestesia.

El ciudadano, humilde contribuyente y siempre convocado a la paciencia, al sacrificio y al pago puntual de impuestos, necesita algo más que funcionarios inspirados o de grandes “aspiraciones”: necesita funcionarios sobrios, en el más amplio y antiguo sentido de la palabra.

De lo contrario, hoy se meten al río en plena crecida; mañana, ante un sismo, no dudarán en arrojarse bajo los escombros invocando algún tipo de épica mal digerida.

Dirá el lector que lo que afirmo no es lógico. Y tendrá razón. Como ilógicas y -aquí está el punto- son no pocas conductas que se observan en la función pública.

Es menester, entonces, trazar la raya.

Y me refiero a la raya de la prudencia, obviamente. Aquella que marca el límite en el hacer, del “hasta aquí” que debería anteceder a cualquier firma, declaración o conferencia de prensa. Esa raya invisible que separa la audacia de la imprudencia, la creatividad del delirio, y la política de la performance.

Celebro, por ello -repito-, esta decisión del gobernador Sáenz. Porque, como bien enseña la sabiduría popular -esa que no necesita títulos ni decretos-, la oportunidad hace al ladrón. Y en política, cuando la oportunidad se ofrece con tanta generosidad, no conviene seguir mirando para otro lado ni fingir que no se ve lo que salta a la vista.

Si el examen toxicológico sirve para devolverle a la función pública un mínimo de sobriedad, bienvenida sea la cruzada. Y si no arroja resultados, al menos habrá dejado una enseñanza pedagógica: que gobernar exige algo más que entusiasmo, y que no todo lo que sube a la nariz merece bajar al Boletín Oficial.

Es también una medida disciplinaria ejemplarizadora que impide que todo mundo ande metiendo la nariz donde no le corresponde.

En cuanto a la Justicia, ese poder siempre tan celoso de su autonomía, confiemos en que sabrá ubicarse correctamente en este trance…

No vaya a ser cosa que, en este nuevo orden, algunos sigan jugando pegados a la raya, mientras el juez de línea -casualmente-  mira el celular. O sea. –

P.D.: Conviene aclarar -para espíritus suspicaces- que esta columna no alude a persona alguna en particular. Sería injusto y de mal gusto. Si alguien se siente aludido, tal vez no sea por lo que aquí se dice, sino por lo que cada uno sabe de sí mismo.

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