Roberto Romero, el hombre que nunca se fue

ERNESTOBISCEGLIA.COM.AR – POR ERNESTO BISCEGLIA. – Han transcurrido ya varias décadas desde la partida de Roberto Romero, y, sin embargo, su figura continúa vigente en el imaginario colectivo de Salta. Quienes lo conocimos—e incluso lo combatimos en su tiempo—no podemos eludir la trascendencia de su paso por la política. Decimos que lo combatimos porque, en aquellos años, adheríamos a un pensamiento esencialmente antiperonista, herencia de una formación en el nacionalismo católico que, con el tiempo, comprendimos que no era ni nacionalista ni muchos menos católico. De hecho, fueron necesarias décadas para advertir que aquella formación no fue sino el semillero de las ideas más retrógradas que intoxicaron al país. Pero supimos evolucionar y como Pablo, sacudirnos ese polvo de las sandalias.

A pesar de ello—y consciente de nuestras posiciones—Romero tenía la gentileza de sentarse a compartir unas empanadas con nosotros y debatir sobre los problemas de la provincia. No confundía adversario con enemigo; acaso porque comprendía que nuestra juventud era sinónimo de inexperiencia. Como fuere, fue el hombre de la puerta del despacho siempre abierta para todos, pero sobre todo para los más humildes.

No se trata aquí de ensayar el panegírico grandilocuente ni de incurrir en la exaltación desmesurada. Los personajes que trascienden la historia no requieren de apologías que, por su excesiva vehemencia, rozan la obsecuencia. Y es que, al fin y al cabo, Don Roberto—como se lo conocía popularmente—fue un hombre con virtudes y defectos, ambos sobradamente conocidos por sus contemporáneos. Lo innegable es que, aun después de tanto tiempo, su figura sigue siendo un referente, incluso para aquellos que todavía le guardan resquemores ideológicos o personales, aunque no pocos de ellos hayan dependido de su favor en algún momento, o literalmente, comido de su mano.

Porque no nos contamos entre estos últimos, podemos trazar un “in memoriam” más ecuánime y mesurado. Desde nuestra posición llana, desde el campesinado electoral, reconocemos que su estatura como empresario, periodista, político y estadista resultó excepcional. Tal vez por esa capacidad de proyectar el porvenir con amplitud estratégica—casi hasta nuestros días—su nombre aún conserva la vigencia que alcanzan aquellos a quienes la muerte convierte en mito.

Don Roberto supo vislumbrar el potencial de Salta y de su gente, y tuvo la visión de proyectarlos hacia un futuro que ya es presente. Cuatro décadas atrás, comprendió que el desarrollo económico de la región debía vincularse con la salida al Pacífico y que Salta debía consolidarse como epicentro geopolítico de la distribución de la riqueza propia y nacional. Fue bajo esa concepción que impulsó iniciativas como Ferinoa—que con el tiempo derivó en una feria sin rumbo—o el GEICOS, sin olvidar su rol en el Norte Grande.

Para Romero, la centralidad de Salta dentro del NOA no era negociable, al punto de plantear la posibilidad de la secesión provincial en tiempos de alzamientos militares si el gobierno nacional caía. Su gravitación política era tal que el propio presidente Raúl Alfonsín lo contaba entre sus interlocutores de mayor consideración.

El resto es historia conocida, o no tanto ya, pues el tiempo todo lo erosiona, y la memoria, más aún. Sin embargo, el valor de esta evocación reside en constatar que, tras décadas y vaivenes políticos, la figura de Roberto Romero sigue vigente, mientras otros, aún con vida, han caído ya en el olvido.

No fue el “Hombre Gris” de Parravicini ni un Cicerón elocuente; acaso un Graco, un Apuleyo Saturnino o un Livio Druso, tribunos que enfrentaron oposición y crítica en su lucha por la igualdad y la justicia social en esta Salta imperial, que, con aspiraciones de ciudad moderna, aún no logra desprenderse de su trauma de aldea medieval.

Hasta en eso fue distinto, Don Roberto. Su visión para Salta no se detenía en la medianía de lo inmediato. Su horizonte eran los trenes elevados, las obras de gran magnitud. Antes que una aldea anclada en el pasado, él pensaba en una urbe moderna, en una Salta de grandes sueños.

Si, propiamente, en Disneylandia. Así concluimos diciendo que los que puedan comprender, que comprendan. –