POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Recuerdo la mañana cuando adolescente anuncié en casa que iba a seguir la carrera de comunicaciones sociales. Fue un escándalo, sonó casi como si me hubiera declarado homosexual. Mi madre, tan católica ella, dijo que “Eso de los medios es inmoral, porque todas andan con todos” (sic). Que debía ir a consultar “con el padre fulano” (Cuyo nombre cubriremos con un manto de piedad, además porque ya el Espíritu Santo ha cumplido su deber con el pobre tonsurado). En fin, la elección en la familia fue unánime: “Ernestito, debe ser abogado”. Ya lo decía el dicho: “Serás lo que debas ser o serás abogado”.
Me quedan algunas materias para recibirme, cosa que, si Dios quiere, no haré jamás porque no es lo de uno, obviamente. Sin embargo, hay que reconocerle al Derecho una formación extraordinaria. Los docentes, además, deberían tener estudios jurídicos. En realidad, toda la sociedad debiera conocer el Derecho; porque aunque el axioma dice “La ley se supone por todos conocida”, en esta Argentina tan decadente, ya ni siquiera saben que tenemos Constitución Nacional. Los primeros, los políticos que la violan “a piacere”.
Hemos de reconocer que durante siglos el abogado fue una especie de sacerdote laico: intérprete de textos sagrados, custodio del lenguaje, dueño de la palabra exacta. El derecho era -y todavía es- una religión civil, con su liturgia de expedientes, su incienso de sellos, su misa diaria de escritos y providencias.
Pero algo cambió. No cambió la ley, que sigue siendo un arte de enredos. Cambió el mundo. Y con él cambió el verdadero campo de batalla.
Hoy el poder ya no está solamente en la norma. Está en la información. Y la información ya no es un libro: es un océano.
Miles de fallos por año, toneladas de jurisprudencia, contratos interminables, decretos que nacen y mueren con la misma velocidad con que un funcionario cambia de opinión. El abogado contemporáneo se enfrenta a un monstruo nuevo: no a la injusticia, sino al volumen. Y ante ese volumen, la toga empieza a parecer una vestimenta respetable… pero insuficiente.
En ese contexto aparece Python
Puede parecer una ironía sarcástica que relacione mentalmente que los abogados “te enroscan la víbora”, pero no, Python no es una serpiente bíblica, aunque la imagen le queda bien a ciertos pasillos de tribunales. Python es un lenguaje de programación. Un modo de escribir instrucciones para que una computadora haga lo que antes hacía un humano con café, paciencia y resignación: ordenar, clasificar, comparar, buscar, detectar patrones, automatizar tareas repetitivas.
Dicho de otro modo: Python es la forma moderna de decirle a una máquina “trabajá por mí”. Incluso es un buen nombre para un estudio jurídico: “Python Abogados”
Pero es ahí donde el derecho entra en crisis, porque el derecho siempre fue una profesión artesanal. Un oficio de lectura lenta. Un ritual de subrayados, bibliotecas, doctrina, jurisprudencia y discusiones infinitas sobre el significado de una palabra. Ser abogado era sinónimo de biblioteca grande, olor a papel amarillo y horas y horas de lectura.
El problema es que el siglo XXI no tiene tiempo para eso. Y la realidad tampoco.
Hoy, un abogado debe saber que Python puede hacer en minutos lo que a un estudio jurídico le toma semanas: revisar cientos de sentencias y encontrar tendencias; rastrear nombres y fechas en miles de páginas; detectar cláusulas sospechosas en contratos; cruzar datos de licitaciones y compras públicas; armar cronologías automáticas en causas penales; hallar contradicciones donde el ojo humano se cansa o se distrae.
No es magia. Es velocidad aplicada al derecho. Y la velocidad, en tiempos de burocracia, es poder.
Porque no nos engañemos: la justicia siempre llega tarde. Tarde y mal, a veces. En parte por corrupción, en parte por incompetencia, pero sobre todo por el método: seguimos administrando el mundo moderno con herramientas del siglo XIX, especialmente en una aldea como Salta, donde se usan computadoras de última generación pero con mentalidad de escribanía colonial.”
Un sistema judicial que todavía cree que la verdad se encuentra leyendo una pila de papeles, cuando el mundo real ya se escribe en bases de datos, no es administración de justicia sino una escribanía del poder o un monasterio donde todavía se traduce a los clásicos, para decirlo de alguna manera.
Por eso la discusión no es técnica. Es cultural. Es filosófica.
El abogado tradicional cree que su fortaleza está en saber leyes. El abogado moderno empieza a sospechar que su fortaleza estará en saber procesar información. Y en ese punto se abre una grieta silenciosa: una nueva desigualdad.
Antes dominaba el que tenía biblioteca. Hoy dominará el que sepa automatizar la biblioteca.
El que no entienda esto quedará convertido en un personaje de museo: respetable, culto, lleno de citas… pero lento. Y en un mundo donde la política se mueve como una estampida y la economía se decide en segundos, la lentitud no es una virtud: es una condena.
No se trata de reemplazar abogados por máquinas. Eso es un miedo infantil, propio de quienes confunden inteligencia con humanidad. Se trata de otra cosa: de comprender que el derecho seguirá siendo humano, pero el poder será cada vez más digital.
Y el abogado que no aprenda ese idioma será, tarde o temprano, un espectador con matrícula. Un orador brillante en un teatro vacío. Un escribano sin tinta.
La próxima generación no va a preguntar quién es el mejor abogado. Va a preguntar quién es el abogado que mejor sabe buscar.
Queridos amigos abogados: aprendan Python. No porque sea moda. Sino porque el futuro ya empezó… y no está esperando a nadie.
¡Ah! Y no me deben nada por la consulta… todavía.-
© – Ernesto Bisceglia
Ernesto Bisceglia es periodista, escritor y docente. Autor de una extensa obra ensayística y narrativa sobre historia argentina, política, religión y cultura cívica, con más de treinta libros y ensayos con premios nacionales e internacionales. Columnista en diversos medios y conferencista, desarrolla una mirada crítica e histórica sobre el poder, la democracia y la identidad argentina. Dirige www.ernestobisceglia.com.
