POR: Dr. CARLOS COLMENARES – www.ernestobisceglia.com.ar
Hay una palabra que en el siglo XXI funciona como salvoconducto moral: progreso. Se la pronuncia con devoción, como si fuese un dogma moderno. Todo lo que se presenta bajo su bandera parece automáticamente legítimo, necesario e inevitable. Sin embargo, la historia ya nos enseñó una verdad incómoda: no todo avance es humano, y no todo lo nuevo es mejor. A veces, el progreso es apenas barbarie con buena prensa.
En ese terreno resbaladizo aparece la bioética, como una disciplina destinada a hacer lo que nadie quiere: poner límites cuando el entusiasmo tecnológico se vuelve delirante. Porque el verdadero problema no es la ciencia. El problema es cuando la ciencia deja de ser herramienta y se convierte en negocio; cuando la medicina deja de ser cuidado y se transforma en industria; cuando la vida humana se vuelve un recurso administrable.
Hoy la tecnología puede extender la vida, intervenir en la reproducción, seleccionar embriones, manipular genes, diagnosticar con inteligencia artificial, monitorear cuerpos en tiempo real y producir tratamientos que hace apenas veinte años eran imposibles. Aplaudimos, con razón. Pero también deberíamos preguntar: ¿quién controla ese poder? ¿quién accede? ¿quién paga? ¿y quién queda descartado como “no rentable”?
La bioética no combate el progreso. Lo examina. Y sobre todo, lo desnuda. Porque en nombre del avance científico muchas veces se oculta un fenómeno menos noble: la mercantilización de la existencia. La vida, hoy, tiene precio. Y lo más inquietante es que ese precio no lo fija la moral, sino el mercado. Y en ese mercado no interviene la comunidad, sino los que concentran la riqueza. Son ellos quienes imponen las reglas, definen los límites y moldean el mensaje. Lo comunitario -aquello que debería otorgar sentido humano a los avances- queda relegado, cuando no directamente excluido. Y el resultado es un progreso sin espíritu: puro materialismo sofisticado, administrado por quienes no tienen interés en el bien común, sino en la rentabilidad.
La dignidad humana, entonces, se vuelve el centro del conflicto. Dignidad no es un concepto poético: es la idea de que el ser humano no puede ser reducido a objeto, estadística, producto o material biológico. Pero el mundo contemporáneo, tan eficiente y tan moderno, parece empeñado en hacer exactamente eso.
Los dilemas son concretos: ¿es ético producir embriones en masa para luego descartarlos? ¿hasta dónde es legítimo intervenir genéticamente para “mejorar” una vida? ¿qué sucede cuando un tratamiento salva a uno, pero solo si miles quedan afuera por falta de recursos? ¿qué pasa cuando el cuerpo humano se convierte en un catálogo de repuestos? Y detrás de todo eso aparece una tentación tan antigua como peligrosa: la pretensión de ocupar el lugar de Dios. Creer que la técnica puede reemplazar el misterio, que el laboratorio puede corregir la condición humana como si fuera un defecto de fábrica. Pero esa soberbia es, en sí misma, catastrófica: el hombre es imperfecto, limitado, falible. Pretender alcanzar la perfección absoluta no es progreso: es delirio.
Y hay otro riesgo, quizás más silencioso: la tecnología como mecanismo de control. La información genética, los datos de salud, los algoritmos de diagnóstico y los historiales clínicos son hoy oro puro. ¿Para quién? Para quienes saben convertir la intimidad humana en mercancía. Si el mercado los administra sin regulación ética, la persona deja de ser sujeto de derechos y pasa a ser un perfil de consumo.
La bioética, frente a todo esto, propone una advertencia elemental: no todo lo posible es aceptable. Y esa frase, tan simple, es revolucionaria en una época donde la velocidad de la innovación supera la capacidad de reflexión. En este punto colisionan dos conceptos irreconciliables: la lógica de quienes buscan la riqueza como fin último, y la aspiración de quienes entienden la innovación como herramienta para el bien común.
El gran debate no es si la tecnología avanza. Avanza. El debate es qué clase de humanidad construimos mientras avanza. Porque si el progreso consiste en fabricar soluciones para pocos y resignación para muchos, entonces no estamos ante un salto civilizatorio. Estamos ante una nueva barbarie, más elegante, más digital, pero igual de cruel. En lugar de avanzar hacia una sociedad más justa y más humana (y decimos sociedad porque por ahora comunidad en este mundo no existe), retrocedemos en la formación de la persona y en el verdadero bienestar, ese que no se mide en dispositivos sino en dignidad.
La bioética no es enemiga del futuro. Es el recordatorio de que el futuro, sin dignidad humana, no merece llamarse progreso. Porque sin respeto a la dignidad, no tenemos nada: ni ciencia, ni democracia, ni comunidad, ni humanidad.
