POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

La herejía debería proclamarse por decreto. Porque el hereje no es el que no cree en dogmas o postulados políticos. Un hereje que se precie es el que puede elegir, esa es la etimología del término. Por eso es que ser hereje es un acto subversivo para algunos, pero esencialmente revolucionario para quienes comprenden el sentido profundo del término.
El último día del año despertamos con una sensación anfibia: mitad balance, mitad fuga. El cerebro, ese gran enemigo nuestro nos reclama saldos y miramos hacia atrás cuando todo lo que hicimos ya no existe. Sólo existe el presente y el futuro que podemos maquetar según nuestras ideas. Hay que comprender que las ideas son pulsos energéticos capaces de reordenar la vida privada y la social. Por eso a los gobiernos y a los cultos religiosos no les conviene que la gente piense. Porque perderían el poder.
El futuro, es cierto, es una promesa escrita en lápiz sobre una hoja húmeda. Un proyecto de vida escrito con tinta de limón falta la luz que lo hace visible. Y ése es el tema, hallar esa luz.
El balance del fin de año no debe ser contable sino espiritual, preguntarnos qué nos pasó por dentro mientras el mundo pasaba por afuera. El 31 de diciembre no es una puerta: es un espejo. Y no todos tienen ganas de mirarse.
La tradición ha convertido al 31 en un ágape opulento (para quienes todavía pueden hoy hacerlo), en un brindis donde en muchos lugares se reúnen y se abrazan los mismos que durante el año no les importamos y hasta nos critican. Por cinco minutos nos queremos todos. La herejía reclama que en vez de complacencias sociales abramos grietas.
Porque al fin de cuentas, todo lo que vivimos, hasta lo malo, valió la pena. La herejía que debemos militar es aquella que no niega la esperanza sino la que nos rescata del marketing emocional. Por eso debe ser austera -no por ello menos divertida-, existente, casi incómoda. Una esperanza sin fuegos artificiales, pero con memoria.
Nosotros, los herejes confesos, contumaces e impenitentes, hoy, debemos convertir a la fecha en un acto subversivo; que la medianoche no sea desear felicidad, sino prometerse no mentir: ni sobre lo que fuimos, ni sobre lo que viene. Pero, sobre todo, no dejarnos esclavizar por los traficantes que nos quieren reducir a mercancía política o dogmática. ¡Hoy, declaremos la guerra a la mediocridad!
¡Seamos los monaguillos renegados! Que conocemos la liturgia, sabemos cuándo debe sonar la campanilla y justamente por eso no la tocamos. La hacemos sonar cuando es nuestro tiempo, no el de los que mandan a tocarla. El hereje, no reniega de la fe; reniega del automatismo político y de la misa dicha sin alma.
Somos herejes, renegados, porque aprendimos los gestos, el valor de los silencios, el sentido -o no- de la palabra sagrada. Somos los que comprendimos un día que repetir no es creer a pie juntillas en el discurso del político o en el sermón edulcorado.
Ser hereje en estos tiempos modelados por el algoritmo es advertir el engaño, renegar contra el sistema basados en los valores y categorías que nos arrebatan a diario. Es prueba y error. Es amor por uno mismo y eso en la historia termina siendo un ejemplo para la sociedad.
Tal vez no haya nada heroico en esta herejía. No habrá estatuas ni épicas de ocasión. Apenas un gesto mínimo y persistente: pensar cuando nos piden repetir, callar cuando nos exigen gritar, recordar cuando nos invitan a olvidar. En un mundo que confunde entusiasmo con obediencia, la lucidez sigue siendo un acto peligroso.
Por eso, en este 31 de diciembre, no brindemos por lo que vendrá como si fuera inevitable ni agradezcamos lo que fue como si hubiera sido justo.
Brindemos —si hace falta— por la dignidad de elegir, por la herejía de no mentirnos y por la obstinación de seguir pensando. Porque quizá no haya mejor manera de entrar al año nuevo que esta: sin fuegos artificiales, sin consignas ajenas, pero con la conciencia despierta. Y eso, todavía, sigue siendo profundamente revolucionario. –