POR ERNESTO BISCEGLIA. – A 50 años de la desaparición física del General Juan Domingo Perón, la hora dicta que las antinomias deben quedar como sólo patrimonio de la historia, de su estudio y consideración, para que aquellas malas experiencias que dividieron durante medio siglo XX y gran parte del presente, sean nada más que episodios ingratos del pasado.
Hoy, continuar dividiéndonos entre esto o aquello es hipotecar el futuro, sobre todo cuando el país enfrenta un momento de incertidumbre sobre su destino que es el destino de nuestra generación y de la de los venideros.
Hoy, como nunca, valen aquellas palabras de Lord Ashton, cuando dijo: “El hombre que durante más de veinte años sigue pensando lo mismo, es un imbécil”.
Entonces, ¿Por qué volver a Perón? Porque junto a Hipólito Yrigoyen, y Leandro Alem, cuyo aniversario de fallecimiento también se cumple en este mismo 1 de julio, el General Perón, supo interpretar el sentimiento de los más postergados, de los marginados, de aquel “subsuelo de la Patria sublevado” que un día organizado inició la revolución social más extraordinaria desde Mayo de 1810.
No es momento de controversias sino de diálogo que permite el reencuentro entre los argentinos, porque ya hemos perdido mucho tiempo, pero no tiempo pasado sino tiempo futuro, ya que no hemos utilizado la experiencia del peronismo para construir una realidad superadora sino para discutir, tachar y expulsar al que no piensa como nosotros.
Hay que volver a Perón para recuperar la política, porque es el hombre que enseñó verdaderamente las modalidades de la conducción, el que supo tratar al poder y disponerlo a disposición de los más desfavorecidos en lugar de acumularlo para sí y sus amigos.
Hay que volver a Perón, porque dejó escritas sus ideas sobre la Patria y la Soberanía, sobre la Defensa Nacional y sobre la Comunidad Organizada, títulos sobresalientes que a la luz de la historia ya no son sólo para los peronistas sino para todo argentino que desee militar la causa de la justicia social con verdadera conciencia de servir, antes que de enriquecerse.
Necesitamos exhumar al Perón de su tercer momento, el Perón del retorno tan deseado y que se llevó tantas vidas en el intento durante las décadas en que los argentinos se desencontraron para formar al lado o en contra del peronismo, cuando el camino era el diálogo y no las armas.
Los radicales, los socialistas, los conservadores, y por supuesto los peronistas, tenemos que aprender de aquellas palabras casi póstumas de Perón, cuando expresó aquello de que: “Vengo a morir a la Argentina, pero a dejar para los tiempos la paz de los argentinos”.
¡Y cuánto necesitamos hoy es paz! ¡Cuánto necesitamos pacificar a los espíritus desde una racionalidad profunda, meditada y libre de prejuicios! Sencillamente porque vivimos el tiempo de la disolución de los partidos políticos. Ya nada queda de la Unión Cívica Radical, menos todavía del socialismo ni de la turba desorganizada trorkysta. Incluso el Partido Justicialista se debate en una crisis que exige reacciones inmediatas de parte de sus dirigentes, al precio que de no hacerlo, serán los próximos en correr la suerte del radicalismo!
¿Qué quedará entonces sino un país al arbitrio del empresariado multinacional al que sólo le importan las vacas y no quien las cuida? ¿Deseamos acaso para nuestra descendencia el país controlado por la robótica a distancia, donde el único “Dios” al que se podrá hallar mirando hacia los cielos serán el satélite?
En esta fecha, hay que mirar al Perón que en 1974, supo describir con claridad meridiana el mundo que sobrevendría en el año 2000, el que nos alertó sobre la hambruna por superpoblación, la contaminación ambiental, el deterioro universal de la economía; el que supo advertirnos sobre que era la República Argentina otra vez ese granero del mundo.
Aquel Perón del ’74, quería que ese nuevo granero fuera de los argentinos y no de las multinacionales como está quedando ahora. Quería que las ganancias de aquellas futuras producciones beneficiaran a los peones rurales, que la utilidad de las nuevas fábricas sirviera para mejorar la calidad de vida de los argentinos y no solventar las cuentas internacionales.
Necesitamos volver al Perón del abrazo con el Dr. Ricardo Balbín, significando el reencuentro entre los argentinos, porque como dijo “Si a esto no lo arreglamos entre todos, no lo arregla nadie”. Porque él mismo se había dado cuenta de que la antinomia peronismo-antiperonismo, ya no le servía absolutamente a nadie, por eso cambió su propia frase y señalando que “Para un argentino, no hay nada mejor que otro argentino”.
Hay que decirlo y con las letras muy claras: ¡Sólo los estúpidos siguen pensando en distinguir entre peronistas y no peronistas! Sólo los de sinapsis modesta siguen pensando en las antinomias. Es momento de grandeza y hoy, que los peronistas todavía tienen un partido, deben fortalecerlo y una forma válida y democrática es convocando a los adversarios, sabiendo distinguir que antes que las diferencias está el DNI que denuncia que todos somos argentinos.
Hoy no se recuerda al General Juan Domingo Perón, fundador del Movimiento Nacional Justicialista, hoy se conmemora al hombre que con todos sus errores, aquellos que incluso produjeron en su momento el desencuentro nacional, terminó sus días predicando el diálogo, el consenso y sobre todo, la necesidad de ser diversos políticamente, pero uno solo como argentinos.-