POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Después de publicada la carta abierta al gobernador Gustavo Sáenz, recibí una cantidad inusual de mensajes. Algunos extensos, otros breves, muchos coincidentes en una frase que se repetía con insistencia: “Dijiste lo que todos decimos en privado, pero nadie se anima a decir en público”.
Esa frase, más que cualquier elogio o crítica, fue la que me decidió a escribir estas líneas.
Porque confirma algo que suele olvidarse: que el silencio no siempre es acuerdo, y que el murmullo privado, cuando no se convierte en palabra pública, termina siendo una forma de resignación.
No escribí esa carta por enojo, porque jamás recibí ofensa. Tampoco por cálculo político, ni por necesidad de figurar, ni por vocación de denuncia tardía, ya que jamás pedí nada. La escribí por una razón más incómoda y menos espectacular: porque callar, llegado un punto, también es una forma de tomar partido.
El silencio no es neutro. Nunca lo fue.
Cuando un periodista decide no escribir aquello que ve, que sabe, que intuye como grave, no está siendo prudente: está siendo funcional. Y esa funcionalidad, aun sin mala fe, termina siempre beneficiando al poder de turno y perjudicando a muchos ciudadanos.
Por eso escribí.
Las cartas abiertas no son un invento contemporáneo ni una extravagancia personal. Tienen una tradición cívica precisa: aparecen cuando los canales habituales del diálogo se vacían y cuando el lenguaje burocrático ya no alcanza para nombrar lo que está pasando. Y sobre todo, porque es una forma directa, franca y honesta de participar. Frente a la apatía generalizada, la democracia requiere de la participación de todos, desde sus distintos lugares de trabajo o de acción.
Émile Zola no escribió J’accuse para provocar un escándalo literario. Lo escribió porque entendió que, frente a una injusticia sostenida por el Estado, la palabra pública era una obligación moral. Sabía el costo. Lo pagó. Pero eligió no callar.
Albert Camus lo dijo con una claridad que hoy incomoda: el intelectual no está para halagar al poder ni para entretener a la audiencia, sino para evitar que el mundo se deshaga en la mentira. Es una tarea ingrata, solitaria, y casi siempre mal paga. Pero necesaria.
También Rodolfo Walsh lo entendió. Y acá hago una aclaración indispensable. Tengo profundas diferencias ideológicas con Walsh. No comparto su recorrido político ni justifico la violencia que integró su práctica militante. Fue autor de atentados y eso no se borra ni se relativiza. Pero hay una verdad que no se puede negar: cuando decidió escribir su Carta Abierta a la Junta Militar, sabía que firmaba su sentencia. Y aun así escribió.
Porque comprendió algo esencial: que hay momentos en los que decir la verdad en público es más importante que coincidir en todo. Walsh pagó con su vida el precio de decir lo que otros preferían no escuchar. Eso no lo vuelve santo. Lo vuelve responsable de su palabra.
Hannah Arendt, por su parte, fue aún más lejos. Nos advirtió que el mayor peligro no es el tirano estridente, sino la normalización del mal, la aceptación dócil de lo inadmisible, la obediencia sin pensamiento. Cuando nadie interpela, cuando nadie incomoda, cuando todos se adaptan, el desastre ya está en marcha. Ese desastre sería que la provincia cayera en las manos de los “libertarios”.
Escribir, entonces, no es un gesto de valentía romántica. Es un acto de higiene republicana.
Por eso escribí esta carta. No para señalar con el dedo, sino para interpelar con nombre y apellido. No al hombre privado, sino a la función pública. No desde la soberbia, sino desde la responsabilidad ciudadana.
El periodismo no debe ser oposición “per se”, como tampoco obsecuencia rentada. El periodismo es conciencia pública.
Y cuando la conciencia se adormece, alguien tiene que sacudirla, aun sabiendo que el gesto incomoda, molesta o irrita. Vienen a mi memoria aquellas palabras de Sócrates: “Fui puesto por los dioses sobre la ciudad, lo mismo que el tábano sobre el caballo para picarlo y mantenerlo despierto”. Sabemos cómo le fue a Sócrates…Obviamente, no comparo destinos, sólo responsabilidades.
No escribí porque crea tener la razón absoluta. Eso sería soberbia, necedad y una dosis de estupidez. Escribí porque creo, todavía, que la palabra dicha a tiempo puede evitar daños mayores. Porque creo que el poder necesita ser mirado a los ojos por los ciudadanos que quieren cuidar un proyecto político.
Porque creo que el respeto no se demuestra con silencio, sino con franqueza.
Y porque, como enseñan Zola, Camus, Walsh y Arendt, cada uno desde su lugar, con sus luces y sombras, hay momentos en los que escribir no es una opción: es un deber.
Me pregunto, entre tantos y tantos mensajes recibidos felicitándome, entre los cuales se encuentran personas muy cercanas al gobierno… ¿Por qué ellos, teniendo más y mejores vías que las que este humilde escribiente tiene, no se atreven a decir estas cosas?
Esas fueron las razones de esta carta. Camino tranquilo porque no fue un ataque, menos una provocación.
Esta carta fue una obligación moral asumida en voz alta. –
© – Ernesto Bisceglia
Ernesto Bisceglia es periodista, escritor y docente. Autor de una extensa obra ensayística y narrativa sobre historia argentina, política, religión y cultura cívica, con más de treinta libros y ensayos con premios nacionales e internacionales. Columnista en diversos medios y conferencista, desarrolla una mirada crítica e histórica sobre el poder, la democracia y la identidad argentina. Dirige www.ernestobisceglia.com.