Pensar Salta: Sobre la peligrosa condición de pensar en una aldea mediocre

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

La humanidad podría dividirse en dos clases de personas; aquellas que piensan y las otras que simplemente existen. A su vez, aquí se halla otra diferencia más: el que piensa, vive, el que no piensa, simplemente respira y consume. Ya lo dijo Descartes: “cogito, ego sum”, pienso, luego existo.

Pensamiento se escribe con la misma inicial de Progreso. Los pueblos avanzan según la capacidad neuronal que ponen en juego algunos de los integrantes de la comunidad, fenómeno que parece batirse en franca retirada en la actualidad. Por el contrario, el que no reflexiona, no discierne sobre las cosas y se reduce en su condición de ciudadano a la de simple habitante. Para colmo, estos últimos votan y deciden porque son la mayoría.

El fenómeno de pensar en aldeas como Salta, también se escribe con la primera inicial de Peligroso. Conexo amanece otro sustantivo que tiene un factor de peso decisivo y que también se escribe con la misma primera inicial que es el Poder.

Cuando referimos “Poder”, surge inmediatamente en el imaginario la connotación con gobierno y no es lo mismo. Porque una cosa es gobernar y otra muy distinta ejercer el poder. En la Argentina posperonista esta diferencia entre gobierno y poder ha sido bien notoria, graficado cabalmente por aquel axioma de los ‘70: “Cámpora al gobierno, Perón al poder”.

Esa frase enseñó que una cosa es tener la lapicera y otra muy distinta decidir qué se firma. Esa última decisión en no pocas ocasiones le corresponde al que tiene el poder.

Aclarado esto, digamos, que la función de pensar en estos guetos sociales dominados por estructuras invisibles para el común resulta una actividad “fosfórica”, como llamaban al periodismo en los tiempos coloniales.

Y aquí hallamos otra actividad que también se escribe con la misma inicial primera que es el Periodismo. El Periodismo ya casi no Piensa, menos en estas aldeas donde simplemente cotorrea según quién le tire el maíz. No existe Pensamiento periodístico, el cual halla su acervo en la cultura. Lamentablemente, la destrucción sistemática del sistema educativo durante décadas ha dado sus frutos con generaciones que tienen el cerebro como “tabula rasa” -diría Aristóteles- y son incapaces de analizar con criterio propio ninguna circunstancia de la realidad.

Aquel poderoso “Cuatro Poder”, en algunas esferas, se ha convertido en un sicariato mediático al servicio del Poder, más que del gobierno, y prácticamente nada ha quedado como legado de aquellas plumas que un día diseñaron la Patria, formularon las leyes y hasta la Constitución Nacional y luego instalaron gobiernos y más tarde los sacaron.

En fondo de la cuestión, tanto para gobernar como para publicar, la medida es el pensamiento. Cuando un gobierno no piensa, no advierte y no planifica a futuro, esa comunidad se empantana y poco a poco va siendo fagocitada por la mediocridad ambiente. Se hunde lentamente en el lodo del conformismo donde hasta la pobreza y la decadencia asumen una condición de naturalidad. Allí nace el “hombre masa” de José Ortega y Gasset.

En estas aldeas el factor religioso juega también un papel importante porque le aporta al “hombre masa” el bálsamo hipnotizante de la conformidad con la pobreza como alegato salvífico y el discurso de la esperanza como zanahoria delante del burro.

Dadas estas condiciones, pensar para el sistema se convierte en un factor peligroso; el hombre, y más si se trata de una mujer que piensa, son simplemente aterradores y deben ser combatidos.

Antiguamente eran incinerados públicamente mientras un tonsurado les decía que “Dios los ama”; pensemos nada más en Giordano Bruno como epitome del terror que representa para el poder el pensar hasta las miles de mujeres reducidas a cenizas por no sólo pensar, sino lo que es peor, hablar.

Por eso, en una aldea mediocre pensar no es una virtud: es una provocación. Quien piensa pregunta; quien pregunta incomoda; quien incomoda altera el cómodo reparto de silencios, obediencias y pequeñas prebendas.

Quizás por eso el verdadero peligro para una aldea como Salta no sea la pobreza ni siquiera la ignorancia, sino que alguien empiece a pensar y descubra que la aldea no tiene por qué seguir siendo aldea. –

© – Ernesto Bisceglia