POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Desde 1810, los argentinos nos convocamos en las plazas. Son puntos de unión donde distintos universos sociales se encuentran para visibilizar sus desacuerdos, sus carencias o también sus triunfos. Hay que observar un fenómeno interesante, sólo en dos momentos los argentinos se convocan a las plazas sin distinciones de colores, credos o simpatías: cuando gana la Selección Nacional de Fútbol, o cuando se recuerda el Golpe de Estado de 1976.
La diferencia estriba en que el fútbol produce una alegría, una euforia, que demuestra en cierta forma un grado de primitivismo de la conciencia popular porque los que ganan son otros. Sin embargo, está bueno que así ocurra porque nos expone que ya perdidos todos los valores que podrían concentrarnos nos va quedando una pizca de sentimiento nacional. La Patria reducida a una pelota.
El otro momento que convoca al pueblo es el Golpe de Estado del 24 de Marzo de 1976, pero a diferencia del fútbol lo que convoca es la tragedia que demuestra que existe una herida abierta en el alma popular.
Hay que ser claros en algo: el fútbol continuará convocando a los argentinos “per secula seculorum”, pero la recordación del Golpe terminará con nuestra generación.
La diferencia existencial entre ambas convocatorias reside en que el fútbol es hoy, es tangible y sabemos que se repetirá, genera expectativa y deseo de que vuelva ocurrir, más allá de lo que suceda con el resultado. Pero un suceso como aquel Golpe de Estado no volverá a ocurrir “Nunca Más”.
Por otro lado, el fútbol es una vivencia que permanece en el alma popular, es incluso hasta genética en el argentino si se quiere. Pero la memoria por el Golpe es el resultado de una política armada para dividir a los argentinos. Sí, pues, el fútbol nos une a todos. Este asunto del Golpe todavía nos divide.
Las razones de una división
La memoria de ese infausto hecho divide porque hábilmente se eliminó una pedagogía de la historia que explique fielmente las razones que desembocaron en los hechos criminales que siguieron al 24 de Marzo. Llevamos casi tres generaciones pensando que un grupo de militares perversos violentaron a la Constitución Nacional y al gobierno democráticamente elegido, se hicieron con el poder y salieron a matar argentinos. Y esto realmente fue así.
El Golpe del 24 de Marzo de 1976, fue el efecto de un proceso histórico no resuelto desde 1955 cuando derrocaron a Juan Domingo Perón. Había hasta entonces un país sumido en la violencia y el estrago causado e iniciado por las organizaciones terroristas que operaban desde la clandestinidad que secuestraron, torturaron y asesinaron argentinos para sembrar el terror en la peregrina idea de tomar el poder para convertir a la República Argentina en una subsede de la Revolución Cubana comunista.
La diferencia estuvo en los excesos cometidos por los militares. Jamás se podrán justificar los secuestros en centros clandestinos, la tortura sistemática, el robo de bienes de los secuestrados, donde se llegó al extremo de secuestrar personas para hacerlas transmitir sus bienes e inmuebles y luego asesinarlas. Pero en particular dos hechos no pueden tener absolución en la historia: las desapariciones forzadas y la apropiación de bebés nacidos en cautiverio.
Personalmente, pienso, que sobre todo la última acción no tiene perdón de Dios porque esa gente asumió el papel de Dios al decidir el destino de dos personas.
Media justicia, media historia y media verdad
La violencia de los setenta tiene dos causales: la falta de justicia ante los crímenes cometidos por la “Revolución Libertadora” y las operaciones de Perón desde su exilio en Puerta de Hierro en España que manipuló a la juventud a través de organizaciones como las “Formaciones especiales” que fueron alimentando ese clima de violencia. Perón no calculó que esa juventud se le iría de las manos y de hecho lo recibieron con violencia en Ezeiza en junio de 1973 a su regreso.
Los que vivimos esos días conocemos muy bien la historia. Nadie va a venir a contarnos como fueron las cosas porque las vimos. Todos pudimos ser víctimas de la violencia terrorista que ponía bombas con metralla que podían llevarse la vida -como pasó- de cualquier que pasaba circunstancialmente por el lugar.
Por eso acusamos que aquí falta contar la otra mitad de la historia. No fueron “jóvenes idealistas”, como sentenció la mayor saqueadora del país, Cristina Fernández. Fueron subversivos, terroristas, con organización, entrenamientos y grados militares. No pocos desaparecidos fueron asesinados por sus propios compañeros de organización como ejemplo para los demás.
Así como hay víctimas de los excesos de los militares también hay víctimas de los terroristas que no tuvieron ningún tipo de indemnización por parte del Estado.
Al crecer los argentinos con media verdad, en cierta forma todos seguimos viviendo en un halo de mentira y eso le quita mérito a la memoria de la fecha.
Por último, particularmente veo como retroceso estos fastos porque el “Nunca Más” fue un sello que el gobierno del Dr. Raúl Alfonsín le puso a la historia, aunque le faltó la mitad de los acusados en los tribunales.
¿Existe acaso el militar que pueda pensar en un Golpe de Estado a esta altura? A la fecha, de las tres corporaciones que manejaron siempre los golpes de Estado; el capital internacional, los militares y la Iglesia Católica, sólo la primera está vigente y de hecho gobierna en este momento al país.
Debiéramos hacer como los europeos que sanaron heridas de dos Guerras Mundiales y matienen el respeto por la memoria y el Holocausto, pero pensaron hacia el futuro y ahora están entre las primeras naciones del mundo. Nosotros continuamos dándole entidad a un recuerdo, con todo lo ingrato que resulta pero que ya no construye sino que divide.
Porque tener que vencer a guerrilleros en la urnas no es un triunfo de la democracia sino un fracaso de la justicia.
No es ser negacionista sino realista. –
© – Ernesto Bisceglia