«Para liquidar a un tipo en Salta hay que decir que es puto o comunista»

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

Hace muchos años, un conocido personaje de la vida pública salteña me dijo, con brutal franqueza, esta frase: “Para liquidar a un tipo en Salta hay que decir que es puto o comunista”.

No debería escandalizar a nadie la crudeza. Al fin de cuentas, Juan Domingo Perón, en su retorno de los años setenta, se quejaba amargamente: “¿Qué me ha hecho este Cámpora? Me llenó el Movimiento de putos y de comunistas”. Más allá del exabrupto, la frase revela algo más profundo y persistente: el uso del desprecio moral como herramienta política.

No se trata de sexualidad ni de ideologías. Se trata de cómo se destruye simbólicamente al otro en sociedades pequeñas, cerradas, donde el rumor, la sospecha y la etiqueta funcionan mejor que cualquier argumento.

Quien me dijo aquella frase pertenecía a los rezagos de una oligarquía provincial que se miraba a sí misma como guardiana de la moral y las buenas costumbres, señalando con dedo acusador la paja en el ojo ajeno y ocultando, con hipócrita prolijidad, la viga en el propio. En esos entornos político-socio-eclesiales, los desmanes morales siempre formaron parte de una tradición “criolla” convenientemente silenciada: “De eso no se habla”.

La paradoja es conocida y repetida: quienes se arrogan la normalidad suelen practicar el adulterio, el desfalco al Estado, la inmisericordia social y el encubrimiento sistemático de prácticas poco santas. Eso sí: comulgan los domingos en la catedral. Y todos lo saben.

Son las menudencias sociopolíticas de las aldeas: mandamientos atávicos que se reactivan cuando conviene liquidar adversarios y conservar el poder por generaciones.

Los tiempos han cambiado. El comunismo ya no existe como amenaza real ni como partido relevante, y muchos de aquellos antes señalados ocupan hoy cargos, responsabilidades y dignidades públicas. Hay, en ese sentido, un cierto sinceramiento social. Pero el mecanismo persiste: no se mata con la mazorca, se mata con la operación moral, con el rumor dirigido, con la sospecha instalada, con la condena selectiva.

Esto ocurre también en el arte y la cultura, históricamente semilleros de “raros” para una sociedad que se cree normal mientras colecciona cadáveres en los placares. Alguna vez, alguien de alcurnia me dijo: “¿Quién no tiene un pariente sucio, vago o preso?”. La diferencia es quién lo dice y con qué finalidad.

Hoy, sinceramente, ya no deberían importarnos las condiciones sexuales, religiosas o ideológicas de las personas. En una sociedad destruida económicamente, embrutecida intelectualmente, sin partidos políticos, sin liderazgos claros y sin horizonte común, fijarse en con quién se acuesta alguien es una canallada, una herejía social.

Hace falta, como Diógenes de Sinope, salir al mediodía con una lámpara a buscar un hombre bueno. En aldeas como la nuestra, necesitamos dejar de cubrir de poder al Evangelio y empezar, de una vez, a evangelizar el poder.

Buscamos hombres y mujeres honestos, puros de corazón —dice la Escritura—, con sentido de comunidad y de bien común. Personas solidarias en la función pública, a quienes les importe más la cosa pública que la cosa púbica.

Es una quimera, lo sé. Pero quizá cada uno de nosotros debería, a imagen de ese Jesús al que dicen venerar tres días al año, no al Cristo muerto sino al Jesús resucitado, animarse a decir como Él: “Vengan todos a mí”. Los humildes, los decentes, los que puedan retirarse de la función pública con los bolsillos flacos y con patriotismo, como pedía Leandro N. Alem.

En pueblos como el nuestro no faltan pecadores: faltan hombres y mujeres buenos. Y mientras sigamos usando la pureza ajena para tapar la corrupción propia, seguiremos confundiendo moral con poder. El Evangelio no vino a bendecir gobiernos: vino a incomodarlos. –