ERNESTOBISCEGLIA.COM.AR – POR ERNESTO BISCEGLIA. – Todo tiene una fecha en esta vida calendaria y comercial, incluso la mujer. Tuvo que ser la tragedia para que el mundo designara una fecha para homenajear a la Mujer. Paradójica motivación pro femenina en una sociedad que las degrada, que les esquiva su lugar y que las asesina. Pero que hoy, las celebra.
Al fin de cuentas, no parece ser sino el resumen de la historia trágica de la femineidad, esa constante discordancia entre el Ser y el Pensar. Porque la Mujer es la consumación humana del Ser que violenta las categorías machistas del pensar. Basta recorrer la historia para notar el alto precio que ha pagado siempre la Mujer por tentar ser la protagonista de sus días.
Desde Eva, la primera, que marcó el sino de la Mujer para los tiempos en un acto de valor haciendo uso de los dos dones del Creador, su Razón y Libertad, para desobedecerlo. ¡Y fue la Mujer la que le dijo NO a Dios! ¡Extraordinaria lección para los hombres! Tal vez, sin aquel temple de Eva, el hombre continuaría vagando por el Universo laxo en actitud contemplativa, dándole nombre a las creaturas del orbe. Gracias a Eva, a una Mujer, hoy el hombre sostiene el vértigo diario de la Vida.
Y por otra Mujer, la humanidad volvió a la redención. María, la Madre por excelencia, que saldó en lágrimas de sangre y desgarros en el alma el íntimo “Sí” que puso a la historia en el camino de la trascendencia. ¡ Y la Magdalena! Vituperada, señalada y condenada; sea acaso el resumen más íntegro de la situación social de la Mujer. Esa, que la maledicencia social marca, pero que resulta ejemplo de lealtad, de compromiso y sobre todo de lucha.
Cuando la palabra adquirió las formas del lenguaje poético, fueron los antiguos los primeros en celebrar la belleza de la Mujer. Desde los mitos griegos que exaltaron tanto su belleza física como su virtud; su carácter y su poder. Safo, dirá en los “Himnos a Afrodita”, que: “Con tu risa divina, / ven a mí y quita mi tristeza, / haz que mi alma se encienda.», celebrando la sensualidad y el poder del deseo.
Homero dirá de la belleza “casi divina” de Helena, cuyo poder de seducción desató la guerra de Troya. Y cantará a la virtud, inteligencia y fidelidad de Penélope, que esperó inmemorialmente el regreso de su esposo Ulises. Es además un ejemplo de dignidad y fortaleza ante adversidad. Y Tíbulo, Horacio, Ovidio y Sófocles, predicarán de la Mujer sus dones y capacidades.
¿Qué momento de la historia puede contarse sin el protagonismo de la Mujer? Desde Hipatía de Alejandría, filósofa, matemática y astrónoma, que terminara asesinada por una turba de fanáticos cristianos en un episodio que simboliza el conflicto entre el pensamiento racional y el dogmatismo religioso de la época. Desde Hipatía hasta Santa Juana de Arco, hallamos ejemplos trascedentes de mujeres que cambiaron el curso de la historia, pero siempre, pagaron caro, hasta con la vida, el precio de haber sido distintas.
No haremos el raconto exegético de los ejemplos destacados de valor y decisión femeninos porque demandaría tratados; simplemente, enarbolar en la fecha el homenaje sencillo que simples palabras pueden significar, para decir que este mundo tan convulsionado resucita a diario el caos de la desinteligencia que produce la competición codiciosa de hombres que piensan al destino en modo fálico. Y allí está el error; porque la historia aún demanda de la moderación del criterio intelectual -intuición- y de la dulzura del ánimo femenino.
La Tierra es Madre; desde la Gea griega hasta la Pacha nuestra. Ella nos alberga, nos abraza, nos nutre y nos consuela. Universal metáfora de la grandeza de lo femenino y de la necesidad que tenemos de cuidarla.
Hasta los grandes hombres, los malvados de la historia incluso, deben su destino a una Mujer. Ella está en los primeros vagidos del humano y en las últimas y desesperadas palabras del soldado herido: “¡Mamá!”.
No sea este el mezquino saludo a la Mujer en una fecha impuesta, sino tal vez, pretenciosamente, la semilla de una reflexión que nos lleve a superar la contingencia de los espíritus masculinos mediocres y soberbios de continuar pensando en que al destino propio, familiar y social lo trazan ellos. No hay grandes hombres sin grandes mujeres. Pero no detrás, sino a la par.
Cuando alguna vez, Barak Omaba le recordaba a su mujer, Michele, un novio del pasado, le dijo: ¿Qué habría pasado si tú te quedabas con él? Ella, sin inmutarse la respondió: “Él habría sido el presidente”.
¿Para qué decir más?