No repitamos la historia: “Ante una opción violenta, responderemos con otra más violenta” (Perón)

ERNESTOBISCEGLIA.COM.AR – POR ERNESTO BISCEGLIA. – Era la jornada del 31 de agosto de 1955, el régimen peronista se tambaleaba. Apenas, un poco más de dos meses antes, un conjunto de facciosos fanáticos y mesiánicos, con sus aviones pintados con la consigna “Cristo Vence”, habían masacrado a más 300 argentinos bombardeando la Plaza de Mayo. Una acción demencial e incalificable.

Ante tamaña barbaridad, Perón, buscó, sin embargo, apaciguar los ánimos, pero el ADN autocrático pudo más y la presión de la conspiración en marcha llevó a Perón a pronunciar el que sería su último discurso desde el mítico balcón. Dos semanas más tarde, otros violentos, deshonrando el uniforme del Ejército Argentino y mancillando la Constitución Nacional, derrocarían al régimen peronista iniciando una espiral de violencia cuya inercia se desbarrancaría en la década del setenta.

En aquella jornada, Perón, arengó a la multitud incitando a matar a cualquiera “Que en cualquier lugar intente alterar el orden en contra de las autoridades constituidas o en contra de la ley o la Constitución, puede ser muerto por cualquier argentino.” Y en un éxtasis verborrágico, agregó: “Y por cada uno de nosotros que caiga, caerán cinco de ellos”. Sería la famosa consigna “5×1°, que los grupos radicalizados pintarían en mayo de 1973 en las paredes de la Casa Rosada, el día en que Héctor J. Cámpora, asumió la presidencia.

El ejemplo nos ilustra sobre el peligro que representa que un presidente maneje una dialéctica violenta, porque las consecuencias pueden resultar inimaginables.

Aquella frase de Juan Domingo Perón resuena hoy con una fuerza inesperada en un contexto de creciente violencia política y social en Argentina. La agresividad en el discurso del gobierno nacional, encabezado por Javier Milei, ha contribuido a un clima de tensión que, lejos de pacificar el país, lo sumerge en una espiral de violencia peligrosa. La confrontación permanente no es una estrategia de gobierno sostenible; es una receta para el caos.

El presidente Milei y su entorno han optado por un lenguaje belicoso, descalificando a opositores, periodistas y ciudadanos que disienten. Los ministros replican este estilo, al igual que los legisladores oficialistas y operadores en redes sociales, como el conocido «Gordo Dan», cuya tarea pareciera ser la difamación constante y la formación de grupos de choque de neto corte fascista como la “Guardia pretoriana de Milei”. Una estupidez de alto calibre. Este tipo de comunicación sólo profundiza la grieta y alimenta la hostilidad en las calles.

Esto resulta así porque el reclamo se desnaturaliza y los carroñeros que medran a la sombra del anonimato aprovechan la oportunidad para sembrar el caos y buscar el muerto, ese muerto, que sirva como pretexto para intentar derrocar al gobierno. Ahora, se ha iniciado un proceso de protesta callejera que puede ir “in crescendo” en la medida en que el gobierno no afloje la tensión. Los violentos celebran las actitudes autocráticas del gobierno porque les proporcionan las oportunidades para desatar más violencia.

No es el mejor momento para la soberbia cuando justamente hasta la economía sufre un golpe complejo de encaminar.

Toda protesta es siempre legítima, hasta que es utilizada por los fogoneros del caos. Pensar en la caída del gobierno es un despropósito, sencillamente porque no hay nadie en enfrente que surja como una opción mejor. Lo recomendable es la moderación, el diálogo y el consenso para salir de esta situación.

Uno de los errores más graves del gobierno es su intransigencia en decisiones que afectan a los sectores más vulnerables. La situación de los jubilados, por ejemplo, no es un tema de ideología sino de justicia social. Perón, en su doctrina, estableció la obligación del Estado de garantizar el bienestar de los más necesitados. Milei, en su cruzada contra lo que llama «socialismo», ignora que la protección de los jubilados es una responsabilidad básica de cualquier gobierno que se precie de ser justo.

Si el gobierno no reduce la violencia verbal y no adopta una actitud más conciliadora, el clima social podría volverse incontrolable.

La historia ha demostrado que la violencia institucional y la desatención de las necesidades populares sólo conducen a respuestas cada vez más drásticas.

Es hora de que el oficialismo comprenda que gobernar no es destruir, sino construir; no es dividir, sino unir; y no es imponer, sino dialogar.