POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

Si continuamos mirando sólo el árbol, nos quedaremos sin bosque. La motosierra está talando el país desde las raíces y, mientras sigamos creyendo que votar a los libertarios es una cruzada épica contra los “kukas”, terminaremos pagando los platos rotos de una boda celebrada en las alturas, allí donde nadie imagina —o no quiere imaginar— qué acuerdos se sellan a espaldas de la sociedad.
¡Despertemos! La dicotomía política actual no es un revival de “Braden o Perón”. Hoy no es “Milei o los K”, ni siquiera “Milei o el peronismo”. ¿Acaso no advertimos que el peronismo ya no existe como factor real de poder? ¿O somos tan ingenuos —o tan funcionales— como para no ver que en la Argentina ya no hay fuerzas políticas capaces de disputar proyectos de país?
Basta observar que ni siquiera las alianzas de gobernadores funcionan a favor de sus propios pueblos. Todo parece un gran embudo, una tolva donde se mezcla y se decanta todo para producir algo que nadie comprende del todo, pero que tiene una finalidad precisa: convertir a la Argentina en un pedazo más de territorio sin bandera, sin valores, sin política. Ya no un país, sino una factoría destinada a proveer al llamado Nuevo Orden Mundial de las materias primas necesarias para sostener su dominación hegemónica.
Frente a este escenario, la pregunta es inevitable y legítima: ¿hasta qué punto el estado actual de las cosas no es el resultado de un gran pacto, oscuro y obsceno, entre quienes hoy se exhiben como enemigos irreconciliables? Tal vez la respuesta empiece a aparecer cuando levantamos la mirada del ombligo local y observamos el tablero internacional, cuando leemos la prensa extranjera. Aquí, en cambio, sólo consumimos lo que nos ofrece una prensa rentada, domesticada y funcional al poder de turno.
Para quienes aún no lo saben, una de las estrategias clásicas de las operaciones mediáticas consiste en atacar —con límites bien acordados— incluso a quien financia a los medios. “Pegame hasta acá”, se dice, porque total nadie entiende nada (Esto es moneda corriente en Salta incluso desde hace largo tiempo). En los niveles más altos del sistema de medios circulan sobres de todos los colores. Nosotros, los ciudadanos, apenas somos el pato de la boda.
En su libro Los ingenieros del caos (2019), Giuliano Da Empoli se pregunta: “¿Estamos todos locos o todo esto está planeado?”. Su respuesta es inquietante: nada de esto es espontáneo. Detrás de la marea de memes, fake news y un presidente que profiere barbaridades desde el poder, operan personajes siniestros, mentes peligrosas que tomaron la política, la metieron en una licuadora y, mediante el uso de big data, redes sociales y manipulación mediática, fabricaron candidatos que ayer provocaban risa y hoy gobiernan países.

¿Nadie se pregunta cómo, de pronto, el Congreso nacional se llenó de oportunistas, bataclanas de poca monta, levantamanos seriales, personajes sin trayectoria ni representación real? Y están en todos los espacios. ¿Cómo es posible que quienes decían defender la educación pública, a los jubilados y a los trabajadores hayan votado un presupuesto que hunde al país en la ignorancia y la precarización laboral? ¿A quién reclamarle, si no responden a ningún partido ni a ningún proyecto colectivo, sino a acuerdos de cúpula? No llegaron por el voto consciente del ciudadano: llegaron por el sistema. Eso quedó brutalmente expuesto en la última votación del Senado.
Los romanos aseguraban su dominación con “panem et circenses”. Hoy ya ni siquiera hay pan. Las estadísticas muestran que esta última Navidad se vendió hasta un 40 % menos. Mientras tanto, el presidente Javier Milei agasaja a su gabinete con un asado y les regala un libro titulado Defendiendo lo indefendible, de Walter Block, teórico de la escuela austríaca, donde —entre otras “maravillas”— se sostiene que el problema no son los narcotraficantes, sino el Estado que los persigue, porque al hacerlo eleva el precio de la droga. Un compendio ideológico que también justifica la explotación infantil y otras aberraciones que merecerán, sin dudas, una nota aparte. No se trata de una excentricidad académica: es el marco moral del ajuste y del saqueo.

Ciertamente, si no despertamos, si no leemos, si no pensamos seriamente lo que está ocurriendo, continuaremos desbarrancándonos colectivamente hacia un Pozo de Ayrón, un agujero negro donde la República Argentina —forjada con sangre, sacrificio y pobreza digna— quedará reducida a una anécdota. Ni siquiera a historia, porque las generaciones más jóvenes ya casi no saben qué es la historia.
La llamada “batalla cultural” no es una discusión de ideas: es una operación de demolición. No busca convencernos, busca agotarnos, embrutecernos, aislarnos, convertirnos en consumidores de odio y no en ciudadanos con memoria. Cuando la política deja de representar y la economía deja de producir dignidad, lo que queda no es libertad: es intemperie.
La pregunta ya no es quién gobierna, sino para quién se gobierna y contra quién. Y si seguimos aceptando esta farsa como un espectáculo inevitable, no nos quedará siquiera el derecho a indignarnos. Sólo habremos cumplido el último objetivo del plan: dejar de ser pueblo para convertirnos en material descartable.
La dicotomía ya no es “Milei o los kukas”. La verdadera antinomia es ser ciudadanos o apenas un pedazo de carne con ojos. –