POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Confieso, esta nota me ha costado unos días de reflexionar. Porque una opinión debe ser algo digerido, regurgitado, para que no exprese “calentura” o posicionamiento ideológico. La idea de opinar en libertad, equidistante de tal o cual posición, suele ser muy ingrata, por eso es necesario meditar antes de opinar.
Y me sorprendió el discurso del presidente, Javier Milei, en Estados Unidos, donde este sujeto que ha probado ya de manera suficiente que su IQ no va más allá del de un niño con retraso madurativo, decir alegremente “Estamos ganando la guerra”, en clara referencia al conflicto entre Estados Unidos e Israel con Irán.
¿Qué guerra estamos ganando los argentinos? ¿Con quién tenemos un conflicto armado en este momento? ¿Con Bolivia, con Chile, con Brasil? Por suerte con ninguno porque nuestras Fuerzas Armadas no soportarían más de 12 horas con poder de fuego. Y creo que estoy dando muchas horas todavía.
¡Ah, estamos en guerra con Irán! Me advierte un colaborador. Me sorprendí porque una declaración de guerra debe ser avalada por el Congreso Nacional, y allí, solo hemos visto últimamente espectáculos payasescos, conatos de pugilato, gatos arañándose, mujeres desvariadas desconectando micrófonos, bataclanas de poca monta jugando al carnaval tirándose agua, y hasta un “presidente” insultando como un barra brava a los contrarios y denostando a su propia vicepresidente. Pero un asunto tan serio como declarar una guerra, jamás.
En estas horas de meditación, no he visto ninguna expresión de un político de fuste que advierta que la frase del presidente Milei, además de desafortunada es altamente peligrosa y nos convida, a mí, a Usted, amable lector y a todos, a ser soldados de una causa que ni conocemos, que no es nuestra y que al que no llega a fin de mes porque “el costo lo paga la casta”, y ahora se entera que es casta, ni le interesa.
He tenido la oportunidad de conocer personalmente a TODOS los presidentes, desde Isabel Perón, hasta Menem. La fortuna me ha librado de conocer a los Kirchner, gracias a Dios. Almorcé dos veces con Alberto Fernández, cuando era jefe de gabinete de la rea CFK, y confieso, me sorprendió el inútil que resultó como presidente. Ese no era el tipo con el cual conversé. Aquellos hombres, los militares incluso, tenían conocimiento, estaban muy bien formados. Destaco a Fernando de la Rúa, como el de mayor ilustración de todos, por eso no me explico todavía su lamentable desempeño. Raúl Alfonsín, era un líder en todo el sentido de la palabra, aunque no supo responderme por qué el destrato a los Veteranos de Guerra de Malvinas: «No podía hacer otra cosa», me respondió.
Felizmente, no conozco personalmente a Milei, y a pesar de haberlo votado, y a esta altura ni me interesa, porque compruebo que es un individuo de escasa formación cultural e histórica. Esto lo comprobé cuando le hizo decir a Juan Bautista Alberdi, cosas que el ilustre tucumano jamás pensó siquiera.
La Doctrina Drago: soberanía y respeto entre las naciones
Milei, como mediocre intelectualmente que es, seguramente desconoces la llamada “Doctrina Drago”, formulada por Luis María Drago, formulada en 1902 por el entonces canciller argentino durante la presidencia de Julio Argentino Roca.
Ocurrió cuando Inglaterra, Alemania e Italia bloquearon militarmente a Venezuela para obligarla a pagar deudas externas. Ante esa situación, Drago envió una nota diplomática al gobierno de Estados Unidos estableciendo un principio que luego se volvería célebre: ninguna nación extranjera tiene derecho a usar la fuerza militar para cobrar deudas públicas a un Estado soberano.
El fundamento era profundamente político y moral: las naciones débiles no podían quedar sometidas a la coerción armada de las potencias por cuestiones financieras. Drago sostenía que las deudas podían discutirse, renegociarse o arbitrarse, pero nunca cobrarse con cañoneras.
Con el tiempo, este principio fue incorporado parcialmente al derecho internacional en la Hague Convention II of 1907, que limitó el uso de la fuerza para el cobro de deudas soberanas.
Yrigoyen y la tradición argentina de neutralidad
Algunas décadas después, esa visión de respeto entre las naciones encontraría continuidad en la política exterior impulsada por Hipólito Yrigoyen, quien sostuvo durante la Primera Guerra Mundial una política de neutralidad, pese a las presiones diplomáticas y económicas que buscaban alinear al país con alguno de los bandos en conflicto.
La posición de Yrigoyen no fue simple pasividad. Respondía a una concepción doctrinaria según la cual
las naciones debían respetar la soberanía de los pueblos: “Los hombres deben ser sagrados para los hombres y los pueblos deben ser sagrados para los pueblos”.
Esa posición histórica hoy recuerda algo que los ignorantes no saben: que hubo un tiempo en que la Argentina no sólo participaba del sistema internacional, sino que aportaba ideas para civilizarlo.
Un chico caprichoso
Un sujeto que declara orgulloso ser “el presidente más sionista del mundo”, es casi un terrorista. Y este individuo nos ha puesto en guerra con el estado islámico más fanatizado y terrorista del mundo, que ya nos golpeó con graves atentados. Ningún argentino cree en Alá ni tiene vocación de mártir para ir a retozar con las 72 uríes al paraíso con Mahoma.
Porque conviene recordar algo elemental que la tradición diplomática argentina había entendido con claridad: las guerras no se declaran en discursos altisonantes ni en giras internacionales donde un presidente busca aplausos fáciles. Las guerras se declaran cuando un país decide sacrificar la vida de sus hijos en nombre de un interés nacional concreto.
Y ese interés nacional -hasta donde sabemos- no pasa por Teherán, ni por Jerusalén, ni por las fantasías geopolíticas de un líder que confunde la política exterior con una tribuna ideológica.
Durante más de un siglo la Argentina sostuvo una línea de conducta que, con matices, fue respetada en el mundo: la defensa del derecho internacional, la prudencia diplomática y la neutralidad frente a conflictos que no nos pertenecían. Esa tradición no nació de la cobardía sino de la inteligencia política.
Hoy, en cambio, asistimos a un espectáculo inquietante: un presidente que habla de guerras ajenas como si fueran propias, que compromete simbólicamente a la Nación en conflictos que ni el Congreso ha debatido ni el pueblo argentino ha decidido asumir.
La pregunta entonces vuelve a imponerse con una sencillez brutal: ¿Cuál guerra estamos ganando?
Porque si algún día la Argentina tuviera que pelear una guerra verdadera -Dios no lo quiera- no lo hará por un eslogan pronunciado en el extranjero ni por las extravagancias ideológicas de un gobernante circunstancial.
La guerra de los argentinos, desde hace décadas, es otra: la de sobrevivir a sus propios dirigentes. Y esa, lamentablemente, todavía no la estamos ganando. –
© – Ernesto Bisceglia
Ernesto Bisceglia es periodista, escritor y docente. Autor de una extensa producción ensayística y narrativa sobre historia argentina, pensamiento político y cultura cívica, cuenta con más de treinta obras reconocidas con premios nacionales e internacionales. Como columnista y conferencista, aborda el presente desde una perspectiva histórica orientada a comprender las transformaciones del poder y la identidad argentina. Dirige www.ernestobisceglia.com.
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