Miércoles de Ceniza: Hacia una teología del pito y el Diablo de la comparsa

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

“De noche, a veces…”, decía don César Fermín Perdiguero al iniciar su micro “Cochereando en el recuerdo” por la desaparecida LV9 Radio Salta. Y uno, inevitablemente, se pierde en la bruma del tiempo recordando aquellos días de olor a albahaca, cuando pasaba la comparsa, producto netamente regional. Los “indios” llevaban en la oreja un ramito verde que daba, precisamente, ese perfume inconfundible: el “olor a carnaval”, como dice la zamba.

Aquella comparsa resumía el sabor más criollo del carnaval salteño y contenía dos elementos litúrgicos inherentes a su ser. Dos columnas teológicas, por decirlo sin pudor académico: el pito y el Diablo.

Sin pito no había rito ni comunidad. Sin Diablo no había explicación.

Porque el Carnaval, en Salta, no es un entretenimiento: es un paréntesis social cuidadosamente administrado. Una institución moral paralela. Y como toda institución que se precie, requiere una autoridad y un culpable. El pito manda y el Diablo se hace cargo.

El pito -o pífano- no es un instrumento musical: es una autoridad sonora. Marca el paso, ordena el caos, disciplina a la comparsa y establece el compás de la pertenencia. Mientras el bombo emociona y el redoblante agita, el pito gobierna. Es el sacramento del Carnaval: el “Amén” que no se reza, se silba.

Por eso en el Norte, Dios no habla: silba. Y cuando el pito calla, el mundo vuelve a ser una simple suma de personas sin tribu, sin compás y sin permiso para pecar.

La comparsa es, en ese sentido, una liturgia profana. Tiene entrada, pasos, salida. Tiene jerarquías: caciques, jefes, gorros mayores, cajeros, tumbadoras ¡Y mujeres! No discrimina. Tiene dogma: el rito no se discute, se obedece. Y tiene algo que en la vida civil se ha perdido: continuidad y comunidad.

Porque lo que muchos desconocen -o fingen desconocer- es que la comparsa, más allá de su representación teatral, es una comunidad cerrada, solidaria e inclusiva. Su actividad no termina con la bomba de estruendo que anuncia el final del último corso. La comparsa sigue durante el año su vida comunitaria en la villa: el cacique ayuda, consigue trabajo, busca medicinas, acompaña en la enfermedad y en la muerte. Y cuando cae un comparsero, ese lugar lo ocupa su hijo o su hija, como si el rito fuera también una herencia.

La comparsa es una hermandad. Una fraternidad laica. Una comunidad organizada antes de que Perón la hiciera eslogan, y mucho antes de que los progresistas la convirtieran en categoría sociológica.

Y, como toda comunidad, necesita su demonología.

El Diablo como figura pastoral

En ese imaginario colectivo, el Diablo cumple una función social impecable: es el administrador oficial de la culpa. Un ministro sin cartera y sin renuncia. Un funcionario perfecto. No cobra sueldo, no pide viáticos y siempre se presenta puntual cuando hay que explicar lo inexplicable.

El Diablo no aparece sólo como personaje folclórico: aparece como mecanismo cultural. Legitima el exceso sexual y alcohólico porque permite el desborde y luego carga con la culpa. Es el chivo expiatorio, el culpable útil, la coartada teológica del escándalo doméstico.

Por eso, en Salta, el Diablo no tienta: firma actas de nacimiento.

Y aquí se revela el detalle más sabio -y más cruel- de esta teología norteña: nueve meses después, el Diablo vuelve a aparecer.

En una cultura donde el honor ha sido siempre más importante que la verdad, y donde la moral pública suele ser más estricta que la moral privada, el Carnaval funciona como un paréntesis autorizado. Es el momento en que se suspende el código civil de las apariencias. Y cuando el resultado de ese paréntesis se manifiesta con la puntualidad biológica de la especie. Surge entonces la explicación perfecta, repetida como una absolución doméstica:

“Ha sido el Diablo de la comparsa.”

No hay ADN: hay folclore. Puro folclore. Y el folclore, a diferencia de la justicia, no pregunta.

El Carnaval como política profunda

La modernidad cree que todo se explica con estadísticas, con sociología, con economía. Pero el Norte -que sabe más de la condición humana que muchos doctorados- inventó un sistema más eficaz: cuando la realidad incomoda, se la deposita en el mito. Y el mito no discute. El mito no pregunta. El mito protege.

Así, el Carnaval se vuelve un fenómeno mucho más serio de lo que admiten los moralistas de escritorio o los progresistas de café. Es una pedagogía colectiva. Una válvula institucional. Un acuerdo tácito de la comunidad para permitir el desborde sin destruir el orden. Una república clandestina, donde el poder no se ejerce con decretos sino con música y alegría. Con desborde.

La comparsa es, entonces, la república real: manda el pito, gobierna el Diablo, y el pueblo baila como si fuera libre.

Porque si algo enseña esta teología del pito y el Diablo es que toda sociedad necesita símbolos para sobrevivir. Algunos tienen constituciones. Otros tienen parlamentos. Salta, que siempre fue más barroca y más «honesta», se arregló con un silbato y un demonio entreverado entre plumas, albahaca y barro.

El pito ordena. El Diablo explica. Y el pueblo obedece a la única autoridad que nunca pierde elecciones: el mito cuando adquiere ritmo de caja y tumbadora.

Y acaso allí esté la verdad más incómoda, esa que ningún discurso oficial se atreve a decir: lo último serio que nos queda en Salta no es la política ni la fe, sino el Carnaval, porque al menos el Carnaval todavía entiende lo esencial.

Que la culpa siempre necesita un culpable. Que el deseo siempre encuentra su excusa. Y que cuando la moral se queda sin argumentos, el Diablo -generoso y puntual- vuelve a firmar nacimientos.

Y después Salta se persigna el miércoles de ceniza. Se indigna. Señala. Se hace la decente. Pero en el fondo todos saben la verdad: el Diablo no existe. Lo inventaron para no decir nombres, para no asumir deseos, para no manchar apellidos.

En esta provincia el pecado no se comete: se terceriza. Y el Carnaval, que parece fiesta, es apenas el único momento del año en que la hipocresía se permite respirar.

© Ernesto Bisceglia

Ernesto Bisceglia es periodista, escritor y docente. Autor de una extensa obra ensayística y narrativa sobre historia argentina, política, religión y cultura cívica, con más de treinta libros y ensayos con premios nacionales e internacionales. Columnista en diversos medios y conferencista, desarrolla una mirada crítica e histórica sobre el poder, la democracia y la identidad argentina. Dirige www.ernestobisceglia.com.