POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Podríamos, quizás, haber titulado la nota “Michelo: de Salta for export”. Además de algunos vinos y otras especies, parece que lo más significativo que ha exportado Salta al exterior en el último tiempo ha sido este extravagante personaje autotitulado “Michelo”. Un producto típico de esta era de dispersión mental donde cualquier mentecato produce contenidos para capturar la atención de los elementales y cobra fama.
Lo peligroso es que este tipo de «modelos», hasta pueden llegar a la presidencia de un país…
Así ocurrió con este sujeto que saltó a la fama “petardeando” al gobierno local y denunciando siempre persecuciones y abusos dictatoriales para terminar, paradójicamente, defendiendo a la dictadura más execrable de Sudamérica, la de Nicolás Maduro.
En el camino, recordemos, intentó posicionarse como “renovación” del peronismo salteño, gritando desaforadamente en un supuesto mitin donde junto a otro emergente reunieron a una cantidad de desprevenidos para gritar consignas contra “el sistema”. Fue un “acting” típico del lenguaje de redes sazonado con cierta épica juvenil de esas que prometen cambios, pero sin ningún contenido. La experiencia fue azas breve como fallida. No logró ningún anclaje territorial, ni respaldo orgánico, ni traducción electoral. Hasta allí, nada extraordinario porque en Salta el terreno político está totalmente destruido.
Lo singular ocurre después.
Ante el ocaso local, Michelo no recalculó: mudó de patria discursiva. Se instaló en Venezuela y pasó a ocupar el rol de influencer oficioso -anche personal- del dictador, Nicolás Maduro. En buen criollo diríamos que se juntaron “el hambre y las ganas de comer”.
Desde allí construyó un relato antiimperialista de manual, con estética de barricada digital y consignas calcadas del repertorio bolivariano, pero con un agregado inquietante: el ataque explícito a la Argentina, su país de origen, y a su gobierno democrático. De paso, también a Salta, su tierra de origen.
La cuestión de fondo y lo que preocupa, es que estos personajes calan con sus discursos aveloriados en la conciencia de una juventud que tiene sólo pelos en la cabeza y el lugar donde deberían funcionar neuronas ahora manda el algoritmo.
Luego, este tipo de discursos superan una adhesión ideológica -que hasta podría ser legítima- sino que ingresan en el terreno de una operación simbólica de desplazamiento: Argentina aparece como enemiga; Venezuela, como refugio moral; Maduro, como figura tutelar. El influencer deja de ser comentarista para convertirse en actor de propaganda. Reíte de Goebbels.
Según algunos videos que circulan, Michelo enfrentaría denuncias judiciales en Argentina, lo que le impediría regresar al país. No corresponde aquí afirmarlo como hecho cerrado, pero sí señalar el contexto: su permanencia en Venezuela ya no sería solo política o ideológica, sino también funcional.
La pregunta que nos acomete entonces es: ¿Es esto traición a la Patria? La gravedad del término que hasta tiene rango constitucional obliga a la cautela. Si bien no pesan aquí, armas ni secretos de Estado, aparece un nuevo tipo propio de esta era: la traición simbólica, la del ciudadano que, ante el fracaso interno, se reinventa como operador externo contra su propio país, usando la visibilidad digital como arma blanda.
Desde un punto de vista sociológico el fenómeno no deja de ser interesante porque este Michelo no es un dirigente de nada, tampoco un diplomático. Menos todavía un exiliado, sino un producto de este nuevo ecosistema donde el “influencer”, esa entidad sui generis, es algo y a la vez nada.
Ya ni siquiera es un individuo, está despersonalizado porque la gran mayoría ni siquiera sabe cuál es el nombre de pila de “Michelo”; su identidad es portátil y la lealtad a su pueblo, a sus valores, se negocia en likes, pauta y refugio político. En ese sentido, su caso es muy particular porque no inaugura una revolución, pero sí expone una patología contemporánea: la de los descebrados del Tik Tok.
Cuando la política se vuelve espectáculo y la Patria, un decorado intercambiable, aparecen estas figuras: militantes sin territorio, revolucionarios sin pueblo, exiliados sin persecución.
No hacen historia, pero la deforman. Y conviene mirarlos de cerca, no por lo que valen, sino por lo que anuncian para saber de qué protegernos. –
