Memoria viva de una guerra que nunca se rinde

POR: RODOLFO CEBALLOS – ESCRITOR, CRITICO TEATRAL

La obra teatral A por la Tercera, de Guillermo Diéguez, escrita desde la memoria histórica contemporánea, pertenece al «teatro dialéctico», y también representa traer al aquí y ahora las desventuras humanas de la Guerra Civil española.  

Diéguez comunicó que está en pleno rodaje de la versión filmada de A por la Tercera, con guion cinematográfico y dirección de fotografía de Alejandro Arroz y la participación del grupo teatral La Morisqueta que dirige Cristina Idiarte. La dirección general y producción están a cargo del propio Diéguez.

La acción de los personajes en la pieza teatral es dialéctica, en el sentido filosófico: la realidad y el pensamiento buscan alcanzar la verdad absoluta. Diéguez en su dramaturgia quiere captar el momento de la certeza histórica. Toma a los derrotados de la guerra civil y los muestra en su mismísima existencia; en una suerte de paso del tiempo en los cuerpos de los personajes y en la elaboración de los recuerdos.

En la vejez de las personas y que llega inexorablemente. Diéguez demostró con su teatro que puede dividir el tiempo de la historia en capas, como lo quería el recordado teatrólogo Hans-Thies Lehmann (1944–2022).  Imaginar a un grupo de españoles de posguerra conversando animadamente, en un lugar inespecífico, sobre un acontecimiento ocurrido hace 87 años y que aún vivencian. Esa reconstrucción, mezcla de ficción y realismo histórico, es un quehacer para la alta dramaturgia sobre la guerra tan cruel.  

La obra maneja perfectamente la atemporalidad de una guerra y el tiempo personal de sus protagonistas. Hay diálogos intensos y filosóficos. Las capas de tiempo elegidas para desplegar la política, la psicología, la sociología y el «ethos» de los españoles fueron puestas para nombrar al pasado, el presente y el futuro; coexisten simultáneamente. Entre diálogo y diálogo, los excombatientes, muy adultos y de impecables recuerdos, construyen su espacio físico e íntimo cargado de significados.  Diéguez entrega así un espacio de posibilidades de la trama donde ocurre el encuentro físico, el clima necesario entre el actor y el espectador.

Cuando termina la representación, no se duda de que los españoles, puestos a contar sus cuitas y desilusiones, crearon una «experiencia compartida» en tiempo real. Supieron hacer que toda esa guerra sea una inmersión en el teatro épico-existencial. Con la cuestión de la vejez como telón de fondo. ¿Sabrá Diéguez que sigue lo mejor de la teatróloga Erika Fischer-Lichte? Ella insiste en que el espacio no es solo un decorado y trama, se necesita un impulso vital que se debe vivir en la escena. Si se llega a eso, el arte dramático podrá ir más allá del texto escrito y llegar a generar un acontecimiento vivo.

La obra lo consigue.  Se nos evoca lo fatal de la guerra civil española con la voz y el cuerpo de los españoles puestos a contarla, pero no como relato dramático, sino dialécticamente: con la tensión necesaria de los recuerdos, los traumas y el giro de sus vidas después de la derrota en la batalla. La alemana Erika Fischer-Lichte propone el bucle del espacio; esto es lo que ocurre en la construcción de la escena en el teatro de Diéguez. No muestra esa historia bélica como una escena cerrada de trayecto lineal; deja que el público la haga flotar en su propia imaginación simbólica y deduzca un mensaje abierto a la significación.

Los personajes son del lenguaje directo. Proponen que en la vida no hay que rendirse e insistir en los sueños e ideales. Todo lo positivo puede entrar en la consigna de los derrotados. Esta obra teatral con el manejo del tiempo a lo Lehmann y el dominio del espacio a lo FischerLichte, es la marca que tiene A por la Tercera. La simbiosis entre el tiempo y el espacio, o sea, la historia situada en suelo español y vivida en las personas de los veteranos de guerra, produce la representación de la vivencia de una resistencia. Ningún personaje se resigna a dar por perdida la causa por la que lucharon en su juventud. El acontecimiento principal se sitúa en la frontera del teatro documental y la performance política. Y así transcurre el tiempo del duelo de los personajes por lo perdido en la contienda.

Hay una superación del conflicto subjetivo, a través de la persistencia de los viejos ideales. Dieguez, al traer un hecho político-militar del siglo pasado a nuestros años, borra el tiempo cronológico y recurre al tiempo de la memoria, al siempre presente del deseo humano, aun en la adversidad.

La pieza teatral tiene múltiples mensajes. Uno es la oda a la vejez optimista y siempre fresca ante las iniciativas de la vida. Otro, más profundo y existencial: el enfrentamiento entre la visión tradicional de la vejez como “fin” y la propuesta de verla como un nuevo comienzo.  

La voz filosófica del autor se la escucha en todo momento. Se anima a que sus personajes hablen sobre el tiempo, la memoria y la dignidad. Al final, el tema de la guerra civil no queda esfumado, se transforma en metáfora de la lucha cotidiana. Del tema militar, por la magia del teatro, se pasa al simbolismo de la otra batalla, la del estigma frente a la vejez. En la novela La guerra del cerdo de Bioy Casares está desnudada la crueldad cultural contra la vejez que da lugar al exterminio simbólico y físico de los adultos mayores.

Contra esa cultura del descarte, Diéguez en A por la Tercera rompe con los prejuicios sociales que reducen esa edad a pasividad, marginalidad y, a veces, al asesinato. El personaje Pocas Leches, antes de que finalice la obra, dice: “¡Mírate, Joaquín! Que de viejo tienes los trapos y la lengua”. Expresión que denota que se puede envejecer en lo superficial y en lo verbal, pero no necesariamente en lo profundo o sabio. Diéguez y Bioy Casares –dos escrituras distintas de la misma moneda- saben del rechazo que hay a la vejez. Entonces, ponen a la tercera edad en el campo de batalla simbólico donde se juega la dignidad humana.  

Salta, 27 de enero de 2026