Los derechos humanos y la bioética

POR: Lic. LIZI MEJÍAS – www.ernestobisceglia.com.ar

Dentro del marco de los derechos humanos, debemos contemplar a la bioética, y a esta, desde la óptica del Magisterio de la Iglesia Católica, ya que ha contribuido de manera decisiva a la consolidación de una noción central del mundo contemporáneo: la dignidad humana. Buena parte del lenguaje con el que hoy se formulan los derechos humanos -la inviolabilidad de la persona, el valor de toda vida, el rechazo a la lógica del descarte- tiene raíces evidentes en la tradición cristiana. Sin embargo, este origen común no garantiza una convivencia armónica. Por el contrario, la relación entre bioética católica y derechos humanos está atravesada por tensiones que conviene no disimular.

Mientras el paradigma de los derechos humanos enfatiza la protección de los individuos frente al poder del Estado y de las instituciones, la bioética católica, en determinados contextos, aparece asociada a dispositivos normativos que limitan la autonomía personal en nombre de valores superiores. Allí donde unos reclaman garantías frente a la injerencia moral, otros invocan la defensa de la vida como límite infranqueable de toda decisión subjetiva.

Esta tensión no se resuelve eligiendo un polo y descartando el otro. No se trata de optar entre derechos humanos o bioética, sino de formular una pregunta más profunda: ¿cómo proteger la vida sin transformar esa protección en una forma de control moral que desconozca la pluralidad de experiencias humanas?

El problema se vuelve especialmente visible cuando la bioética se presenta como fundamento exclusivo de políticas públicas, sin espacio para el discernimiento contextual ni para el diálogo democrático. En esos casos, el riesgo es claro: la ética deja de ser una herramienta de cuidado y se convierte en un régimen normativo que impone respuestas únicas a situaciones complejas. Allí donde debería haber deliberación, aparece la orden moral; donde debería haber escucha, surge el mandato.

Uno de los conceptos más potentes de la tradición bioética cristiana es la prioridad del vulnerable. Sin embargo, incluso esta noción puede volverse ambivalente. La apelación constante a la vulnerabilidad puede funcionar como criterio ético de cuidado, pero también como justificación para restringir decisiones ajenas “por su propio bien”. El límite entre protección y tutela forzada es más frágil de lo que suele admitirse.

Cuando el vulnerable es concebido exclusivamente como objeto de protección y no como sujeto de experiencia, la ética se desliza hacia una forma de paternalismo estructural. El cuidado se ejerce sin escucha; la protección, sin participación. Se habla en nombre de quienes deberían poder hablar por sí mismos. Y esto último, es precisamente, una de las tentaciones del poder.

La ética del Sermón de la Montaña y la praxis paulina ofrecen aquí un correctivo decisivo. El vulnerable no es silenciado ni sustituido; es puesto en el centro como interlocutor moral. No es una excusa para el ejercicio del poder, sino un criterio para limitarlo. Toda bioética que invoque su nombre sin habilitar su voz corre el riesgo de traicionar su propia fuente.

Quizás la forma más peligrosa del poder sea aquella que se presenta como pura protección. Una bioética que se concibe exclusivamente como barrera frente al mal puede volverse ciega a su propio ejercicio de poder. Reconocer que la bioética también gobierna no implica renunciar a ella, sino someterla a su propio examen ético.

Porque la pregunta decisiva persiste, incómoda e inevitable: ¿quién paga el costo real de las decisiones tomadas en nombre de la vida? Mientras esa pregunta no tenga lugar en el debate público, la bioética corre el riesgo de dejar de ser defensa de la dignidad para convertirse, silenciosamente, en una nueva forma de dominación moral.