POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Los verdaderos liberales —no los libertarios de ocasión— entendemos que lo primero que debe gobernar al individuo es la libertad de espíritu. Luego, la libertad de pensamiento; es decir, la posibilidad de adherir —y también de abandonar— cualquier doctrina cuando el criterio indica que ha fracasado o agotado sus expectativas. Finalmente, y como consecuencia de ambas, la libertad de expresión: decir, opinar y disentir, siempre dentro del respeto al otro.
Desde esa perspectiva, decimos que toda forma de dogma -político o religioso- merece desconfianza. Allí comienza el camino del fanatismo. Y el fanático, conviene decirlo sin rodeos, es un individuo disminuido: no ejerce plenamente ni su razón ni su libertad, dones esenciales de la condición humana.
Por eso resulta prudente mantener distancia de toda enseñanza religiosa oficializada. No por rechazo a la fe -que es, en esencia, un acto íntimo- sino por el riesgo permanente del adoctrinamiento. La religión pertenece al ámbito del hogar, que es su espacio natural. La escuela pública, en cambio, instruye: no forma conciencias.
El principio liminar de la democracia es claro: un Estado laico y tolerante con todos los cultos. Así lo establecía Juan Bautista Alberdi en sus Bases, al consagrar la libertad de culto como garantía esencial del ciudadano.
La historia, por su parte, es implacable: el funcionario atravesado por el fanatismo rara vez se limita a regirse a sí mismo. Tarde o temprano, pretende medir a los demás con su propia vara. Y en ese gesto -aparentemente moral- anida la semilla de la discriminación.
De allí que todo hombre público deba ejercer una prudente reserva respecto de sus devociones religiosas, especialmente en los ámbitos institucionales, donde nadie es mejor que nadie por creer en tal o cual cosa. A veces, ocurre exactamente lo contrario.
La fe exige recato. Cuando se vuelve exhibición, se degrada.
Basta un ejercicio simple: ¿qué nos provocaría un funcionario que ostentara en su banca el Corán, la Torá o cualquier otro símbolo religioso como argumento político? La respuesta es inmediata. Y la incomodidad, también.
El problema no es la religión. Es su utilización.
Porque cuando la fe se convierte en herramienta de posicionamiento público, deja de ser fe para convertirse en espectáculo. Y todo espectáculo, tarde o temprano, trivializa aquello que pretende exaltar.
No es casual que las grandes tragedias de la historia hayan tenido, muchas veces, un componente de fervor mal entendido. El fanatismo no ilumina: oscurece.
Quien conoce verdaderamente su fe no necesita exhibirla. La vive.
Se predica con el ejemplo. Quien escribe estas líneas ha heredado un rosario de oro que la tradición familiar asigna al uso del primogénito. Y, sin embargo, ha elegido no usarlo. No por desprecio, sino por convicción: la ostentación contradice la humildad evangélica.
El propio Jesús lo advirtió con claridad meridiana en el Evangelio de Mateo (6, 16–18) durante el Sermón del Monte:
“Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas… para mostrar a los hombres que ayunan.
Tú, en cambio, cuando ayunes… para que no sepa la gente, sino tu Padre, que está en lo secreto.”
No se trata de una objeción al ayuno, sino a la exhibición de la virtud.
Es, en definitiva, una advertencia contra toda moral convertida en espectáculo. Porque cuando la conducta se teatraliza, pierde su sentido… y, peor aún, pierde su Verdad.-
© – Ernesto Bisceglia
Ernesto Bisceglia es periodista, escritor y docente. Autor de una extensa producción ensayística y narrativa sobre historia argentina, pensamiento político y cultura cívica, cuenta con más de treinta obras reconocidas con premios nacionales e internacionales. Como columnista y conferencista, aborda el presente desde una perspectiva histórica orientada a comprender las transformaciones del poder y la identidad argentina. Dirige www.ernestobisceglia.com.
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