POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Salta: entre el bronce y la realidad.
Dice Fray Honorato Pistoia en su libro “El pensamiento político de Güemes” que “Güemes no sólo fue un gran estratega militar sino además, un reformador social”. Este último es el aspecto menos estudiado del Prócer salteño. El verso vernáculo güemesiano lo ha descrito siempre como ese Rodrigo Díaz de Vivar (Cid Campeador) a la criolla. Pero a Güemes, hoy, hay que estudiarlo no como bronce ni como estampita escolar, sino como arquitecto político del Norte.
Güemes no pensó una provincia decorativa: pensó una provincia-frontera, social y soberana. La pregunta no es histórica: es actual. ¿Qué quedó de esa Salta que se creía imprescindible para la Patria?
Si los gobernantes estudiaran a Güemes desde su razonamiento social y fueran fieles a ese legado, hoy Salta sería una potencia entre sus pares y realmente la cabecera natural de la Región. Pero la política jamás se compadece con la historia, a pesar de aquella sentencia de Tulio Marco Cicerón: “Historia, magistra vitae, est”.
Menos todavía la política ha pensado que administra la provincia donde nació la Patria argentina, donde se fraguó la libertad de las Provincias Unidas del Río de la Plata y de otras naciones vecinas. Fue el sacrificio de salto-jujeños y altoperuanos lo que permitió que Buenos Aires sobreviviera y el país se organizara.
Tenemos una deuda interna enorme, no sólo social sino además histórica. Porque siendo Salta la cuna de uno de los tres Padres de la Patria, en su propia tierra casi nadie sabe nada de Güemes, a pesar de los cientos de millones dilapidados, ya por dos gobiernos, en poner placas y descubrir bustos. La piedra y el bronce no hacen pedagogía. Y Salta le debe a su prócer una pedagogía güemesiana.
Se utiliza el Monumento, el rostro y el poncho como emblemas políticos, pero no se estudia qué políticas de gobierno pensó y aplicó el General Güemes.
La primera política, y apropiada al presente momento, es la “Guerra de Recursos”. Como ahora, entonces Buenos Aires le negaba fondos a la Intendencia de Salta para sufragar los gastos de guerra. Güemes aplicó esa estrategia así llamada, que representaba agudizar la imaginación para vencer a la logística.
Claro que sin los capitanes que lo secundaban y sin el apoyo irrestricto del Pueblo, Güemes no podría haber hecho muchas cosas. Quizás nada. Primera lección política: Güemes pensó en tener el mejor equipo.
La segunda lección fue ganar el favor popular; el entonces gobernador aplicó -en lo que fue una de las primeras experiencias políticas modernas de nuestra historia- una serie de medidas que hoy llamaríamos “políticas públicas”, vinculadas con la inclusión, la equidad y la construcción de un relato común para todos: esto se llama Patria y se defiende.
Largo sería abundar sobre la herencia de una pirámide social de tono virreinal donde había dos sectores: el de los privilegios y el de “la chusma”, los sin derechos, sin tierra, sin nada. A estos últimos, Güemes les dio estatus de ciudadanos. Hoy, el ciudadano paga ese derecho con impuestos (cuando los paga); aquellos pagaron ese derecho con su sangre.
Decía Güemes: “Lo único que tienen es su caballo y lo ponen al servicio de la guerra”.
Otra inclusión revolucionaria para la época fue la mujer; mejor dicho, las mujeres, a quienes encargó nada menos que la misión de la inteligencia militar. También la atención de las tropas. Fueron enfermeras, cocineras y hasta combatientes.
Por fin, a esos derechos dados de hecho, los legalizó con el “Fuero Gaucho”, idea que 150 años más tarde tomaría Juan Domingo Perón para sancionar la primera ley social del país: el Estatuto del Peón Rural.
Vemos de esta manera a un Martín Miguel de Güemes distinto. Aplicado militar, pero además estadista. Porque no pensó en “su” gobierno sino en la provincia que debía gobernar, cuyos límites alcanzaban las estribaciones de la posterior Bolivia y el norte de Chile, que era protectorado de su autoridad. Es decir: Salta tenía salida al Pacífico.
No vendría mal que los dirigentes -sobre todo los jóvenes que se inician- aprendieran sobre estos temas, a fin de consolidar principios patrióticos y ciudadanos.
No podemos negar entonces que Güemes efectivamente pensó la provincia que quería.
La pregunta entonces, es otra. ¿Estamos pensando provincia nosotros? ¿O apenas administrando la provincia que nos dejaron?
Porque una provincia que no se piensa, tarde o temprano se resigna. Y una provincia resignada deja de ser Patria para convertirse en simple territorio.
© – Ernesto Bisceglia
Ernesto Bisceglia es periodista, escritor y docente. Autor de una extensa obra ensayística y narrativa sobre historia argentina, política, religión y cultura cívica, con más de treinta libros y ensayos con premios nacionales e internacionales. Columnista en diversos medios y conferencista, desarrolla una mirada crítica e histórica sobre el poder, la democracia y la identidad argentina. Dirige www.ernestobisceglia.com.

